Así, creyéndose
ella misma gallina, el águila se pasó la vida
actuando como éstas. Rascaba la tierra en busca de
semillas e insectos con los cuales alimentarse. Cacareaba
y cloqueaba. Al volar, batía levemente las alas y agitaba
escasamente su plumaje, de modo que apenas se elevaba un metro
sobre el suelo. No le parecía anormal; así era
como volaban las demás gallinas.
Un día
vio que un ave majestuosa planeaba por el cielo despejado.
Volaba sin casi
batir sus resplandecientes alas dejándose llevar gallardamente
por las corrientes de aire.
-¡Qué
hermosa ave! -le dijo a la gallina que se hallaba a su lado.
¿Cuál es su nombre?
-Aguila, la reina
de las aves - le contesto ésta. Pero no te hagas ilusiones:
nunca serás como ella.
El águila
vieja dejó, en efecto, de prestarle atención.