|
"No
hay mayor amor que dar la vida por los amigos"...
Monición
de entrada para la Eucaristía celebrada el 13 de junio de 2001 en
Valladolid.
Esta
vez me lo has puesto difícil Isabel. Hacerte una monición por tu
repentina muerte me resulta a la vez increíble y doloroso.
En
la misma Iglesia en la que en 1988 juntas profesamos nuestro sí
incondicional a Dios celebramos hoy tu encuentro con El.
Podría
señalar en este momento cantidad de anécdotas, acontecimientos,
recuerdos,... que desde que tuve la noticia se mueven en mi interior.
Así estamos todas, tus hermanas Agustinas Misioneras,...
sorprendidas.
Se
vive un silencio especial estos días en la comunidad, un silencio que
nos une a ti a través de Dios. De ese Dios al que en el año 1984
decidiste entregarle su vida. Cuatro años en la casa de formación te
ayudaron a valorar y reafirmar tu fe. Siete años en nuestro Colegio
en el que nos diste la oportunidad de conocerte a muchos de los que
estamos aquí presentes (niños, profesores, monitores, padres,
amigos); y 6 años en África dando con sencillez aquello que tu eres:
alegría, espontaneidad, colaboración, compromiso...
En
los diferentes ámbitos en los que te has movido has ido dejando una
huella de entrega generosa, de compañerismo y fraternidad.
Recuerdo
que desde que eras postulante conmigo manifestabas con insistencia tu
ideal misionero,... era tu ilusión entregarte a aquellos que menos
tenían.
Ese
ideal se ha cumplido Isabel, y nos alegramos contigo porque “no hay
mayor amor que dar la vida por los amigos” y tu, así lo has hecho a
lo largo de tus 41 años.
Con
la muerte nos has enseñado a todos que la vida hay que vivirla en
plenitud. Que hay que exprimir cada día, cada hora, cada minuto, y
sacarle todo el jugo a la vida teniendo siempre como centro a Aquel
que es el centro de nuestro existir. Tú has sabido hacerlo y por
ello, te damos gracias a ti y a Dios.
Todos
los que estamos aquí te queremos y rezamos por ti. Rezamos por la
Isabel que conocimos y por la Isabel que hoy, y
a partir de hoy, estará siempre presente en nosotros.
Tu
encuentro con el Padre habrá sido emocionante, estoy segura. Aquí
nos queda tu recuerdo y con él tu alegría.
Por
eso queremos que esta Eucaristía sea algo alegre, tú no querrías
que fuera triste. Con ella damos gracias a Dios por tu vida y por todo
lo bueno que nos has dejado. Gracias Isabel.
Hna.
Encarna González-Campos A.M.
|