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Lo
cierto es que cuando los formadores me comunicaron la actividad de
verano, la posibilidad de ir a Argentina a la misión que tienen los
agustinos allí, era algo difícil de creer. Con toda la ilusión del
mundo nos embarcamos en Barajas el P. Juan Carlos Martín, Luis Ángel,
Eduardo y un servidor, José Félix. La despedida fue impresionante,
estaba presente casi toda la comunidad del profesorio de Los
Negrales.
En el aeropuerto
nos encontramos con dos jóvenes de San Sebastián de los Reyes que se
unían a nuestro grupo, Marta y José Emilio.
Tras un viaje agitado en el que no faltaron algunas turbulencias,
llegamos al aeropuerto internacional de Buenos Aires, donde descubrimos
que mi maleta (valija la llaman allí) se había quedado en España.
Pero eso no empañó la recepción que nos ofreció el P. Alberto
Bochatey y algunos miembros de la casa de formación que la Orden tiene
en Argentina. Después de un pequeño descanso y tras un tiempo de
convivencia fraternal con la comunidad del colegio San Agustín,
partimos para Salta. Esta vez fue el P. Santos Díez el encargado de
darnos la bienvenida al Vicariato de Cafayate. Pernoctamos allí y al día
siguiente partimos en "El Indio" (el colectivo que allí
llaman o el autobús de línea) para Cafayate junto con el P. Santiago
Alcalde. El viaje aunque cansados nos permitió ir conociendo la tierra
donde los agustinos trabajan desde hace varias décadas.
La acogida de la comunidad fue ciertamente impresionante, Mons.
Cipriano, el P. Mariano Moreno, los PP. Alfredo y Adelino Martín Bravo,
todos ellos nos recibieron con
muestras de alegría y desde la fraternidad agustiniana.
La primera semana transcurrió conociendo el lugar junto con el
P. Santiago que nos mostró las diversas actividades que se realizaban
desde la parroquia, que no sólo se limitaban al ámbito de la pastoral,
sino también al social. Visitamos los distintos comedores que hay en
Cafayate, en ellos se da de comer a niños y a ancianos, muchos de estos
sufren de desnutrición. También visitamos la guardería, el colegio
que dirigen las agustinas misioneras y la residencia de ancianos. Nos
insertamos en el trabajo en estas distintas áreas colaborando en los
comedores, en la residencia, dando clases de apoyo escolar, preparando e
impartiendo cursos a catequistas y animadores y las catequesis
prebautismales para padres y padrinos.
El P. Juan Carlos desarrolló una amplia tarea pastoral en los
pueblos de San Carlos, Molinos, Seclantás, sustituyendo a los párrocos
en aquellos lugares donde por distintas causas no podían acudir con la
frecuencia que los fieles solicitaban. Los profesos y los jóvenes de
“Sanse” le acompañábamos en estas tareas.
Merece especial mención un curso que impartimos, a iniciativa
del P. Pablo Hernando, para catequistas y animadores en la zona de
Luracatao. Un lugar de gente extremadamente sencilla, campesinos y
pastores, que está dentro de la finca de un terrateniente y cuya
extensión se podría comparar con la de alguna de las provincias españolas.
Dentro de ella había varios pueblos y, dado que la comunidad religiosa
más cercana está a varias horas de allí, se la visita en contadas
ocasiones al año. Por ello los animadores y catequistas son el alma de
la fe de esos pueblos, con ellos compartimos no sólo el curso, sino la
comida y la fiesta.
También gracias al P. Pablo, el P. Juan Carlos, Luis Ángel y yo
tuvimos la oportunidad de ir cuatro días a trabajar a Antofagasta de la
Sierra, parroquia situada a más de 4.300 m. de altura, a siete horas y
algún que otro pinchazo de Cafayate. Allí conocimos a alguien que creo
merece la pena citar, D. Mercedes, el animador de la comunidad que
llevaba más de 30 años en este servicio a la Iglesia. Visitamos a
todas las familias, casa por casa, siendo acogidos maravillosamente en
todas ellas, invitándoles a unirse con nosotros a la celebración de la
eucaristía.
No quiero dejar en el tintero la maravillosa labor de las
agustinas misioneras en diferentes comunidades de la zona, Cafayate,
Molinos, Santa María. Estas religiosas se multiplicaban en el servicio
y atención de todos, su labor no se limitaba a la enseñanza, sino que
desarrollaban una extensa pastoral, atendían ancianos, chicas jóvenes…etc.
También recordar al P. Walter y al P. Claudio, sacerdotes de la
Prelatura con los que compartimos alguna que otra experiencia.
Nuestro agradecimiento también a las distintas comunidades del
Vicariato con las que tuvimos oportunidad de compartir y echar una mano,
como son las de Cafayate, Molinos, San Carlos (que mientras se
remodelaba su casa vivían en Cafayate), Santa María y Salta. En todas
ellas nos sentimos como en casa y nos hicieron vivir el hecho de que
nuestra vida no se limita sólo a los colegios y parroquias, sino que
también es importante para un agustino la misión. El mandato de Jesús
de “ir por todo el mundo y proclamar el evangelio” se encarna en la
labor diaria de estos agustinos, agustinas, religiosos/as, catequistas y
animadores.
Tras dejar Cafayate con hondo pesar de nuestra parte nos
dirigimos a Mendoza, ya en la Viceprovincia. Fueron tres días de
compartir con la comunidad y con algunos de los jóvenes de la parroquia
(Adrián y Máxi), que estuvieron a nuestra disposición todo el tiempo.
De allí volamos a Buenos Aires. Tres días de descanso y turismo en los
que conocimos a las comunidades del Colegio San Agustín (donde
residimos), del Colegio San Martín de Tours y la comunidad de Formación.
Con esta última visitamos el Santuario de Nuestra Sra. de Luján y
tuvimos la oportunidad de compartir nuestras experiencias. El momento más
emotivo fue la ceremonia de entrada al postulantado de tres de los
aspirantes de la Casa.
La víspera del día de San Agustín y tras dos meses fuera de
Los Negrales regresamos a España, dejábamos atrás una experiencia que
ha calado en nuestros corazones y a un grupo de personas maravillosas.
¿Qué nos queda de Cafayate? Es algo que me cuestiona en muchas
ocasiones. Creo que he recibido más de lo que he podido dar. He
aprendido junto con esa gente a vivir una fe más sencilla (pues Dios
reside en los más pobres), me han enseñado a relativizar muchas cosas
a las que daba demasiada importancia. Las comunidades de allí me han
formado, sin ellos pretenderlo, en la disponibilidad y el servicio sin
miramientos, a valorar a mi comunidad y a los que me rodean por lo que
son, no por lo que tienen. En definitiva una experiencia que es de Dios
y habla de Dios. Por ello sinceramente y desde el corazón, quiero,
junto con los que allí estuvimos, enviaros a los hermanos que trabajáis
en Argentina nuestro GRACIAS, con mayúsculas.
Hacéis que el evangelio de Jesús sea algo palpable a un mundo
que necesita de Él, gracias.
Fr.
José Félix Urbina
Los
Negrales - Madrid
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