|
|
Cuando inicié mi viaje hacia tierras
argentinas vinieron a mi mente los Apóstoles; yo, al igual que
ellos, tuve el privilegio de poder ir a
otros lugares, con otras gentes, para realizar el trabajo que Jesús nos
asignó: ayudar a los más necesitados.
Al principio sentí un poco de miedo... ¿Sabría estar a la altura de las
circunstancias? ¿Sabría entregar a
la gente lo que verdaderamente se esperaba de mí? Las dudas se
disiparon apenas pisé tierras argentinas... ¡Qué dulzura de gente! ¡Qué amor y entrega sin condiciones!
Mi trabajo fue, principalmente, ayudar en la escuela
"San Agustín" de El Divisadero (a 8
kilómetros de Cafayate), dando clases de música e informática a todos
los niños y preparando la fiesta de San Agustín.
Ahora es cuando verdaderamente entiendo lo que
Jesús nos decía:
"Dad y se os dará".
Yo fui
dispuesta a dar lo mejor de mí misma..., a entregarme de pleno al trabajo
que hiciese falta..., a dar a la gente aquello que, dentro
de mis posibilidades, yo les pudiese dar..., y cual no sería mi sorpresa,
que vengo repleta de cosas que aquella gente, desde su humildad, me han
dado.
Como decía la Hna. Lola: "Es la manera que tienen los del
tercer mundo de agradecer la ayuda que reciben de los misioneros".
Compromiso, cariño y, por supuesto, valorar lo que tenemos, lo que nos
rodea, es una de las múltiples cosas que he aprendido...
Una sonrisa
llega a adquirir su pleno significado, es agradecimiento, es respeto,
es, en definitiva, una muestra de cariño sincero que te agradecen como
el mejor de los regalos.
Al regresar de aquellas tierras es realmente
cuando te das cuenta del egoísmo que reside en nosotros..., los del primer
mundo; no nos damos cuenta de lo afortunados que somos, de las gracias
constantes que tendríamos que darle a Dios por habernos dado el
privilegio de tener todo lo necesario para una vida digna...
Allá he dejado parte de mi corazón..., con
aquella gente que tanto cariño me ha dado, que tantos valores
verdaderos, sin condiciones, me han enseñado.
Espero que algún día
pueda volver para seguir ayudándoles, para poder agradecerles, de
alguna forma, todo lo que inconscientemente me han enseñado, todo el
amor con que han henchido mi corazón.
Desde aquí, desde estas humildes letras, que
quieren ser un reflejo de lo que ha quedado marcado en mi interior,
quiero agradecer a aquella gente todo lo que son y, por supuesto, a las
Hermanas Agustinas Misioneras, mi mayor respeto y admiración por la
gran labor que están haciendo y, en especial, a la Hna. Lola que me
ha enseñado que la desesperanza no sirve..., y que el trabajo hecho con
amor y con tesón..., tarde o temprano da sus frutos...
¡GRACIAS!
María Esther Fernández Rodríguez
(Agosto de
2000)
|