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Treinta
años sirviendo, mejor dicho, viviendo en amistad..., porque..., “a
vosotros ya no os llamaré siervos”..., cumpliendo la voluntad de
Aquel a quien hemos profesado amar..., no parecen tantos...
Y sin
embargo son treinta...
En
Cafayate un año (70-71), nueve en Molinos (72-81), siete en Salta
(81-88), cinco en Santa María (88-93) y desde entonces otra vez en
Salta..., hasta hoy...
Me vienen a la mente aquellos primeros años...,
“el primer amor”..., que engendra fácilmente la ilusión...,
que te hace volar libre sin temor a las tormentas...
Hace poco me comentaba un
joven misionero laico que..., no se animaba a firmar “un contrato de
trabajo fijo” como misionero..., porque le daba miedo... No es
miedo..., hermano..., tal vez sea falta de amor y entrega..., tal vez
necesites experimentar las bienaventuranzas..., el Evangelio..., la
Buena Noticia...
Yo
también sentí miedo al arrojarme en los brazos Dios...
Ahora
después de 30 años..., miro por el espejo retrovisor y veo
perfectamente que me faltaba confianza en Él... Quizás no le conocía
bien..., o le conocía mal... Era el dios del Sinaí..., el dios de la
Capilla Sixtina de Miguel Ángel...
Y
fue, precisamente, tratando de anunciar la Buena Noticia a mis
hermanos..., dónde me
hicieron entender, ellos y Dios..., que El vino a salvar no a
condenar..., vino a darnos Vida y Vida en abundancia..., que Él era
ante todo y sobre todo y a pesar de todo..., un Padre...
Y
entonces desapareció el miedo..., y afloró la confianza..., la
“libertad de los Hijos de Dios”... Entendí aquello de “venid a
mí los que estáis agobiados y cansados”...
Cada
vez comprendo con mayor claridad que
la Vocación a la vida consagrada es un regalo de Dios... Algo que no se
merece..., que te dan..., quedando con la “obligación” de
agradecerlo... Y no se lo dio a todos, sino que “llamó a los que
el quiso, para que estuvieran con Él”, como nos dice S. Marcos...
A
veces nos pasamos la vida buscando un buen trabajo y un mejor patrón...,
que nos dé un buen sueldo y una mejor jubilación..., y nos olvidamos
de ese Patrón..., que nos prometió el ciento por uno y después la “Jubilación
eterna”...
Naturalmente
que hay sinsabores y dificultades..., pero..., ¿dónde no las hay?.
Yo..., como todo humano..., las he tenido... No tantas como S. Pablo, ¡no
te vayas a creer!..., pero como él...,
de todas ellas me ha librado la Gracia del Señor..., la cual
pido todos los días...
Recuerdo
una vez..., yendo con el “rezador", el médico y una Hermana Agustina,
a misionar a Antofálla..., en un Jeep, modelo 54..., que me quedé sin
frenos en una bajada... Allí experimenté esa “manita” que el
“Patroncíto” me dio...
Seguro
que..., lo que más “enojará” a Dios..., y así nos lo mostrará
cuando le veamos cara a cara..., es el haberle tenido miedo... A un
Padre no se le puede tener miedo... Si le tienes miedo..., es que no le
conoces...
Pídele
como hizo San Agustín, que te dé la Gracia de “conocerle a Él y
conocerte a ti”.
Ahí
te va esta breve reflexión de un misionero enamorado de su vocación...,
tal vez te ayude a esclarecer la tuya...
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