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La Orden Agustiniana, que en su tradición plurisecular ha respondido a la llamada de la Iglesia para ser continuación y prolongación en el tiempo de la misión evangelizadora de Cristo, desea verificar a la luz del Evangelio y del testimonio pastoralmente fecundo y coherente de Agustín, que la ha acogido, vivido y comunicado con gozo, la fidelidad a la Palabra que es Cristo.

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II. Misión y evangelización

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Misión y evangelización para nosotros agustinos

            12. El deber esencial de la Orden es la evangelización, en virtud del mandato divino dirigido a toda la Iglesia. La consagración religiosa, en cuanto llamada y don de Dios, nos ha dedicado por sí misma a la vida y a la misión evangelizadora de la Iglesia. La vida religiosa es don del Espíritu en la Iglesia y para la Iglesia.

            También quienes, siguiendo una llamada particular del Señor, dedican su vida exclusivamente a la oración y al sacrificio, como nuestras hermanas de vida contemplativa, cumplen una misión eminentemente apostólica, en virtud de la comunión espiritual que existe entre los miembros del Pueblo de Dios.

            Las modalidades de la misión nos son concretamente indicadas por la mediación de la autoridad que nos hemos comprometido a aceptar con un voto corno expresión encarnada de la voluntad salvífica de Dios. Tal mediación es autentica cuando entre los que sirven en la autoridad y quienes se han comprometido a aceptarla existe el respeto reciproco que es alimentado por el diálogo. Y el diálogo no es otra cosa, en este caso, que la escucha atenta, por ambas partes, de Dios que se manifiesta a través de los hermanos y hermanas y a través de los signos de los tiempos. En una mediación de esta naturaleza es Dios sólo quien prevalece y manda: las dos partes no hacen otra cosa que obedecer a Dios; cada una según su propia función[6].

            De esta manera se constituye la verdadera comunidad vuelta hacia Dios, que se manifiesta concretamente en el amor reciproco. Y cuando se hace el diálogo escucha común de la voz de Dios, el servicio de la autoridad y la disponibilidad confirman la misión que Dios nos ha confiado.

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Evangelizar hoy

            18. Un mundo lleno de divisiones, alienado, tiene necesidad del anuncio de la Buena Nueva, de ser consciente de que Dios conoce a los hombres por el nombre, los ha elegido, los ama, está muy cerca de ellos[18]. Tiene necesidad de evidencias claras, de un mañana seguro, garantizado por el amor de Dios. Especialmente aquellos que son víctimas de sistemas despersonalizantes, de estructuras injustas, de opresiones sociales tienen necesidad de la proclamación de Cristo resucitado que combate toda forma de explotación y de instrumentalización humana[19].

            Evangelizados por el Señor en su Espíritu, somos enviados a llevar la Buena Nueva a todos los hermanos, especialmente a los pobres y a los marginados. El anuncio de la Buena Nueva debe traducirse en una denuncia profética de la injusticia y en una efectiva promoción del hombre.

            La opción preferencial por los pobres no debe ser marginal o periférica, sino central no simplemente a nivel social, sino también eclesial y agustiniana, para demostrar que el Reino de Dios, es decir la salvación, está ya presente entre nosotros.

            El pobre, que está en el centro del Evangelio, debe estar también en el centro de nuestra vida religiosa: para ser profetas de esperanza, que se funda en el Señor presente en medio de su pueblo, y de liberación de toda forma de miseria, debemos hacer una elección decisiva de vida con los pobres y por los pobres. Sólo así nuestra pobreza, aceptada y compartida como estado de vida y como libertad de las cosas, anunciará al Reino que viene, llevará a la comunión fraterna y se hará acción para construir un mundo más habitable y humano[20].

            Este compromiso de evangelización nos conduce a la plena conversión y comunión con Cristo en la Iglesia; impregnará nuestra cultura; nos llevará a la autentica promoción de nuestras comunidades y a una presencia critica y orientadora frente a las ideologías y políticas que condicionan la suerte de nuestras regiones[21].

 

Varias formas de evangelización

            19. El compromiso apostólico de los Agustinos se ha desarrollado a través de los siglos en múltiples campos. La experiencia de la conversión de Agustín, que fue experiencia profunda de liberación y que está en la raíz de la vida monástica agustiniana, los llama a dedicarse a la verdadera liberación del hombre en todos los niveles[22].

            Cualquier apostolado que se ejerce, bien dentro de la comunidad o bien al servicio del Pueblo de Dios, tiene valor en cuanto hace presente al Cristo del Evangelio corno verdadero liberador que perdona los pecados, que se ofrece en el pan eucarístico, que aconseja y consuela, que se dedica a los pobres, que no olvida tampoco las almas de los ricos[23], sino que se presta y ofrece siempre y en todas partes para regenerarlo todo y a todos con la Palabra y con la gracia.

            El anuncio de la salvación, que se renueva continuamente según las necesidades de la Iglesia y de las situaciones locales, estimula el servicio pastoral de nuestros religiosos.

            Una parte de nuestros hermanos está empeñada en la obra de reevangelización de los pueblos ‘cristianos’ de occidente; otros en la labor misionera de la primera evangelización de los pueblos aún no cristianos o en los cuales el Evangelio no ha puesto aún raíces profundas.

            Quienes se dedican al estudio y al apostolado de la pluma son evangelizadores en el sentido profundo de la palabra. Descubren las riquezas escondidas en las Escrituras, la teología, la espiritualidad, la historia, para enriquecimiento de todos.

            Los educadores tienen una gran importancia para el desarrollo del hombre y de la sociedad, porque abren las mentes de los hombres a los vastos horizontes de la cultura y de la ciencia, y, al mismo tiempo, al encanto y la fuerza del Evangelio para la verdadera liberación y exaltación de los hijos de Dios.

 

El ejemplo de San Agustín

            20. San Agustín puso a disposición su aguda inteligencia, su habilidad oratoria y su capacidad intuitiva, hablando o escribiendo, para difundir la Buena Nueva que él mismo, con la ayuda de la gracia, había descubierto[24].

            Al pueblo sencillo de Hipona predicaba en términos elocuentes y persuasivos, adaptados al mismo tiempo a su capacidad de comprensión, para convencerles de la palabra evangélica. Su auditorio habitual lo constituían gente humildes e indoctos y sin embargo supo introducirles en las profundidades del misterio de Cristo y supo inculcarles los conocimientos de la dignidad a la que habían sido elevadas para Ilegar a ser el templo[25] y el cuerpo[26] de Cristo.

            Por medio de cartas Agustín se comprometió con las cuestiones planteadas en su tiempo, respondiendo a las preguntas que le hacían. Desde su generosa disponibilidad se ofrecía no solamente a tratar las grandes cuestiones de su tiempo sino también a interesarse de los pequeños problemas cotidianos de sus interlocutores. Pero incluso en las respuestas a los pequeños problemas manifestaba su profundidad y, al mismo tiempo, su respeto por las personas que lo interpelaban. Por mostrar tan sólo un ejemplo, la especulación teológica y las muchas ocupaciones del episcopado no le impidieron contestar a una joven que le pedía consejos. Agustín le respondió que no podía ofrecerle mejor consejo que el de ayudarla a descubrir el Maestro interior que es Cristo[27].

            Con su ejemplo Agustín nos enseña que una evangelización auténtica requiere, además de la fidelidad a la Palabra, la fidelidad a las personas a las cuales debemos transmitir esta Palabra viva e intacta.

            Bajo el ejemplo de san Agustín somos llamados a andar al encuentro del hombre concreto en su situación real. Este hombre tiene necesidad de la Palabra que libera, tiene necesidad de darse cuenta que Cristo está presente dentro de él, en su indigencia[28].

            La llamada agustiniana a la interioridad, “donde se saborean las riquezas imperecederas de la Verdad y del Amor”[29], desvela el misterio del hombre y favorece su reflexión.

            Cristo que ‘se encarna’ en la situación real del hombre de hoy nos interpela. Nos exige que lo hagamos emerger de un modo autentico y comprensible. Ha venido a liberar al hombre de todo aquello que lo disminuye y a denunciar todo aquello que lo oprime, lo mantiene esclavo o le limita la posibilidad o la libertad. Es nuestra tarea, con la gracia del Espíritu, hacerlo nacer y creer en el corazón y en la vida de los hombres hasta que todos lleguemos a la plena madurez de Cristo mismo[30].

 

Evangelización y vocaciones

            21. Un indicio, aunque no exclusivo, para verificar la eficacia de la influencia de nuestra vida en el Pueblo de Dios lo constituye el número de vocaciones que atraemos y la perseverancia entusiasmada de quienes se acercan a nosotros para compartir su vida. La regla agustiniana que conforma nuestro estilo de vida es profundamente simple; en grandes líneas propone el estilo de vida que eligió Agustín y que él mismo vivió, una vez descubierto el encanto y la fuerza de Dios en su vida.

            Es un estilo de vida que huye de las exageraciones, equilibrado, atento a las personas y preocupado de fomentar el amor que crea comunidad en Dios. Es una participación de la felicidad para quienes se sienten llamados. Felicidad que se comunica a los demás, y de la que tiene tanta necesidad nuestro mundo de hoy. Si nuestra vida religiosa no atrae, no es porque le falten contenido y significado. Puede ofrecer, sin duda, hoy aquel ambiente sencillo y familiar que Agustín, basándose en la experiencia de la primitiva comunidad cristiana, creó y propuso para realizar plenamente los valores del Evangelio.

            La ausencia de Dios no es verdadera ausencia, dice san Agustín[31]. Las dificultades de hoy no dependen del hecho que el estilo agustiniano de vida esté superado ya o sea poco actual; mas bien son signos con los cuales Dios nos está desafiando a descubrirlo mejor y a manifestarlo a los demás. El quiere hacerse visible a través de nuestra vida para ofrecerse al mundo de hoy como Buena Nueva de gozo y de salvación, como fuerza para quien cree en la Palabra[32].

            El escaso número de vocaciones en diversas partes del mundo nos compromete a hacer una evaluación critica de nuestro modo de vivir la regla:

            ¿Aparece en él, ante el mundo, la belleza del ideal que la regla propone?

            ¿Cómo podemos mejorar y hacer más sencilla nuestra vida común para que aparezca claramente en ella la presencia de Cristo?

 

Compromiso del Pueblo de Dios

            22. Por otra parte el problema vocacional nos estimula a la inventiva para crear nuevos estilos y nuevos modos de participación del Pueblo de Dios en nuestra vida y en nuestro trabajo de evangelización. El Señor nos está llamando a nuevas e inesperadas soluciones. Por ejemplo, podríamos ensayar el modo de acoger entre nosotros a quienes quisieran comprometerse por un cierto período de tiempo; asociar a nuestro quehacer a parejas, jóvenes, y familias que desean dedicarse plenamente por un período de tiempo a la evangelización; renovar las Fraternidades Seculares Agustinianas y ensanchar y profundizar los lazos de vida y de trabajo con otros grupos que están conectados con nosotros y que colaboran con nosotros. Dios no dejará de sorprendernos si somos capaces de abrirnos a las novedades inesperadas de la gracia.

            Nuestra continua búsqueda de significado y nuestro esfuerzo de adecuación a las exigencias actuales del Pueblo de Dios están cada vez más ligadas a la comunión y a la colaboración con los laicos, cuyo papel en la Iglesia es hoy reconocido y valorado. Este comportamiento no consiste sólo en una búsqueda de una colaboración práctica en el apostolado, sino que tiene profundas raíces teológicas. Compartimos con los laicos las esperanzas y angustias de toda la humanidad[33] y junto a ellos constituimos ese campo que Cristo vino a cultivar y a redimir[34].

            Sólo en estrecha comunión, nosotros con ellos, y ellos con nosotros, podemos abrirnos hacia un porvenir de esperanza, con la garantía del Espíritu que nos viene dado por Cristo resucitado.

 

Conclusión

            23. El Capítulo General Intermedio del Año de la Conversión se dirige a toda la Orden para hacerle una invitación y un desafío.

            La invitación es la del Evangelio: acoger la gracia de la metanoia que nos es ofrecida permanentemente por Dios. Somos llamados cada día a vivir una vida nueva, más abundante, más fraterna, una vida en la cual la comunión íntima con Dios y la amistad en la comunidad sean, por la fuerza de su testimonio claro y sencillo, evangelización.

            ¿Qué sucede hoy con esa potente energía de la Buena Nueva, capaz de herir profundamente la conciencia del hombre?

            ¿Hasta qué punto y cómo esta fuerza evangélica es capaz de transformar verdaderamente al hombre de este siglo?[35]

            Verifiquemos nuestro modo de vivir juntos y nuestros apostolados a la luz de la Palabra que es “viva, eficaz, y más penetrante que una espada de doble filo; ella penetra hasta las fronteras del alma y del espíritu, hasta las junturas y médulas, y escruta los sentimientos .y pensamientos del corazón”[36].

            La Palabra jamás constituye una amenaza, es siempre un desafío. Acoger el desafío, al tiempo que verifica los modos y las formas de apostolado a los que hoy nos dedicamos, crea también oportunidades formidables de supervivencia y de eficacia en el servicio del Señor. Ha llegado la hora del discernimiento y de la elección.

            24. El desafío es el de la Palabra de Dios que llega a nosotros en los signos de los tiempos. ¿Nuestra vida y nuestro trabajo inciden de veras en la vida de los hombres de hoy para hacerles más felices, para ofrecerle la libertad evangélica, y en toda la sociedad para darle valor, plenitud y sentido?

            ¿Estamos ciertamente comunicando a Cristo y su fuerza redentora de tal modo que la acojan los hombres de hoy y se dejen convertir para que puedan gozar también ellos la vida, el gozo, la libertad, la paz y finalmente la vida sin fin que es Cristo?

            ¿La distribución de nuestro personal en el mundo está de acuerdo con los intereses de Cristo necesitado?

            ¿El empleo de nuestras energías apostólicas ofrece frutos espirituales suficientes corno para justificar nuestra presencia en todos los lugares y puestos donde nos encontramos?

            ¿Nuestras actuales formas de. apostolado están inspiradas ciertamente por las necesidades de Cristo pobre o continuamos en ellas simplemente por rutina o por comodidad humana o económica?

            “Cada uno de vosotros espera recibir a Cristo sentado en el cielo. Prestadle atención a él, yacente en un portal; prestadle atención a él, que tiene hambre, pasa frío; a él pobre, peregrino. Hacedlo quienes soléis, hacedlo quienes acostumbráis. Crece el conocimiento de la palabra de Dios, crezcan también las obras buenas. Alabáis la semilla, mostrad la mies”[37].

            ¿Hay fuerzas ajenas al Evangelio que condicionan nuestro apostolado o nuestra vida? ¿Nos sentimos programados ciegamente por las fuerzas sociales, políticas o económicas, o somos verdaderos agustinos, flexibles y abiertos delante de Dios, iluminados por la luz del Evangelio, libres como personas que viven bajo la gracia en la búsqueda de la belleza espiritual?

            Es hora de leer atentamente los signos de los tiempos para descubrir las heridas abiertas de una humanidad que está buscando su identidad.

Cristo necesitado está llamando a nuestra puerta. Ahí nos espera también el futuro que Dios nos ha preparado. Es un futuro lleno de esperanza, garantizado por el Espíritu[38].

            Si acogemos la invitación de Cristo descubriremos su rostro y lo veremos nacer y crecer para la renovación del mundo allí donde nos invita confiándonos nuestro campo de evangelización. En nuestra vida una vez más se hará presente y transparente el Cristo Redentor, de quien somos el cuerpo y en quien, según el designio divino, serán recapituladas todas la cosas[39].

            Agustín, haciendo suyas las palabras de Cristo[40], nos dice que María, la Madre de Dios, fue mas bienaventurada por haber acogido y conservado la Palabra de Dios en el corazón por la fe que por haber dado a luz a Cristo en la carne. La vocación de María es también la nuestra: acoger a Cristo en la fe para comunicarlo al mundo[41].



[[6] Cfr. Evangelica Testificatio 25.
[18] Cfr. Ef 1,3.4.
[19] Cfr. Instrucción de la Congr. para la Doctrina de la Fe sobre la teología de la liberación, del 22-3-1986.
[20] Cfr. Capítulo General Intermedio México 1980, ACTA OSA 1980, 153 -155*.
[21] Puebla n. 164.
[22] Cfr. Carta Apostólica Augustinum Hipponensem II,4.
[23] Cfr. Mt 19,22s, Mc 10,17s; Lc 12,13s.
[24] Cfr. Posidio, Vita Augustini, 3.
[25] Sermo 272, passim.
[26] Sermo 15,1.
[27] Ep. 266,4.
[28] Cfr. De Civitate Dei XII, 1, 3.
[29] Ap. Augustinum Hipponensem Il,2.
[30] Cfr. Ef 4,10.
[31] Sermo 235,3.
[32] Cfr. Rom 1,16.
[33] GS 1.
[34] Sermo 356,13.
[35] EN 4.
[36] Heb 4,12.
[37] Sermo 25,8.
[38] Cfr. Ef 1,13-14; 4,30; 2 Cor 1,22; 5,5.
[39] Cfr. Ef 1,10-11.
[40] De s. virginitate 3,3; 5,5.
[41] Ib.

Texto completo: Servicio de Documentación O.S.A

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