|
|
CAPÍTULO
GENERAL INTERMEDIO, 1980 (Méjico)
2. Colaboración y compromiso con los laicos[1]
1. El Capítulo General
Intermedio siente la urgencia de hacer una llamada a todos los
miembros de nuestra Orden sobre las relaciones y actitudes que hemos
de ofrecer a los laicos, es decir, a “los
fieles cristianos que por estar incorporados a Cristo mediante el
bautismo, constituidos en pueblo de Dios y hechos partícipes a su
manera de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo,
ejercen, por su parte, la misión de todo el pueblo cristiano en la
Iglesia y en el mundo”[2]. Todos condiscípulos - Todos sacerdotes: pensamiento de S. Agustín
2. Nuestras relaciones y
actitudes con los laicos se han de inspirar en la fraternidad,
respeto y confianza por exigírnoslo así el ejemplo y doctrina de
S. Agustín y la auténtica tradición de la Orden. San Agustín nos
enseña a no monopolizar la enseñanza del Evangelio, sino a desear
que Ilegue cuanto antes el día en que nadie tenga que ser enseñado
por otro, a fin de que seamos todos condiscípulos adoctrinados por
el único verdadero maestro, Dios[3].
Quiere que todo cristiano, clérigo o laico, predique y sirva a
Cristo, pues “así como
llamamos cristianos a todos los fieles en virtud de la unción mística,
igualmente los llamamos sacerdotes porque son miembros del único
sacerdote”, Cristo Jesús[4]. Promoción de la cooperación con los laicos: tradición de la Orden
3. La autentica tradición
de la Orden exige que nuestras “relaciones” y “actitudes”
con los laicos sean las de un hermano con otro hermano, llenas de
disponibilidad, servicio y sencillez, integrando a cuantos más
podamos en la misión de anunciar el mensaje de Cristo y de Ilevar a
nuestros prójimos a Dios[5]. El laico en la Iglesia de hoy
4. La Iglesia es
el Pueblo de Dios, cuya misión corresponde a todos los miembros.
Todos somos corresponsables en la reflexión y en la acción según
nuestra función dentro de la comunidad cristiana y de acuerdo con
los dones del Espíritu Santo.
5. Es necesario descubrir
los diferentes carismas y dones que existen en nuestras comunidades
eclesiales y organizarlos para hacer vivo y operante el oficio
ministerial del “Pueblo de Dios”. Por esto, se trata de que el
laicado se inserte en la actividad de la comunidad cristiana, no
porque hay crisis de vocaciones sacerdotales y religiosas, sino
porque así lo exige una clara visión de la misión de la Iglesia.
La presencia activa del laico en la vida y misión de la Iglesia es
exigencia de la tarea evangelizadora y no resultado de unas
oportunas concesiones de la Jerarquía o de una reivindicación del
laicado. Aportación del laico
6. La colaboración del
laico nos ayudará a crecer en el ser cristiano y a discernir mejor
los signos de los tiempos. El trato con el laico nos pone en
contacto más directo con las necesidades del mundo. Nos hace más
sensibles y abiertos a ellas. Por medio del laico la Iglesia ejerce
una presencia más peculiar y eficaz para consagrar el mundo a
Cristo en los campos sociales y políticos. Aportación al laico y Apostolado
7. Lo que San Agustín
aplicaba al obispo podemos aplicarlo a nuestra vida sacerdotal y
religiosa: para los laicos somos sacerdotes o religiosos: con ellos
somos cristianos. Esto, al mismo tiempo que nos declara a todos
iguales en Cristo, nos impone la tarea de servir y ayudar a los demás
para que realicen mejor la misión de su compromiso cristiano[6].
Hemos pues de comprometernos en incorporar a los laicos “en la acción pastoral cada vez con más activa participación, dándoles
el debido acompañamiento espiritual y doctrinal”[7];
pero teniendo mucha delicadeza y fina sensibilidad para “respetar, acoger, orientar y promover (... ) sus propias
iniciativas”, y “el
cuidado necesario para no extinguir el Espíritu, ni tener en poco
la profecía” (1 Tes. 5, 19)[8].
8. El carisma de la Orden
nos impulsa a poner su contenido a disposición del laico a través
de nuestras mismas personas, a través de nuestras mismas vidas. Es
la Iglesia la que nos ha alentado o pedido, desde el principio de la
Orden, que seamos comunidad evangelizadora, llena de dinamismo,
ardiente de celo apostólico, evangélicamente arriesgada, sin
perder el dinamismo interno de nuestra comunidad a la búsqueda de
Dios, sino aprovechándolo y promoviéndolo en favor de un
apostolado más de frontera. El tema del laicado está, pues,
estrechamente ligado a la encarnación histórica de nuestro ideal
religioso.
9. La vitalidad de una
comunidad, inclusive la de la Orden, se mide no sólo en base a la
intensidad y a la cualidad de la oración que se hace o en relación
a la autenticidad y profundidad de las relaciones interpersonales de
sus miembros, sino también a través de sus actitudes ante el
mundo, de su sensibilidad y atención a las necesidades espirituales
y materiales de las personas que nos circundan: a través. pues, de
la respuesta a las expectativas de los hombres.
10. Debemos intentar que
nuestras comunidades afronten los grandes problemas sociales y
adquieran el dinamismo necesario para convertirse en centros
animadores de grupos eclesiales, especialmente de una juventud
fuertemente comprometida. Debemos estar abiertos al Espíritu para
adaptarnos y promover los cambios sociales y culturales que nos
impone Dios a través de las razones vitales de la Historia. No
tengamos miedo de ponemos en contacto con la sociedad en su compleja
realidad. Debemos tratar de responder en todo a las necesidades de
la Iglesia.
11. La Orden y, por lo mismo,
cada Agustino hemos de ofrecer al laico sobre todo la experiencia y
doctrina agustiniana de la vida de comunidad, de la búsqueda
permanente, del principio de la libertad bajo la gracia y de la
eficacia del amor, valores de los que está tan necesitada la
humanidad para cumplir su misión en la construcción de una
sociedad mejor[9].
12. Nuestra contribución
para que los laicos se esfuercen en crear comunidades vivas de fe,
esperanza y amor, puede ser muy positiva, al prestarles el ejemplo
vivido por la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén, en la que
se inspiran las Comunidades Agustinianas, mostrándoles que no se
dará verdadera comunión de alma y corazón mientras no se
comprometan a colaborar eficientemente para que todos tengan los
bienes necesarios y convenientes para una vida digna.
13. El laico, que tiene la
responsabilidad de construir el reino de Dios a través de las
actividades temporales, está enfrentado muchas veces con el
problema de no saber cómo hacerlo. Por eso, para él es prioritaria
la apertura a los signos de los tiempos y la actitud de búsqueda
permanente. Cada comunidad agustina tiene la responsabilidad, en su
contacto con los laicos, de animarlos e inspirarlos en esa búsqueda
permanente, fiel a la norma expresada por San Agustín[10].
14. En un mundo en que la
libertad es negada, manipulada y deformada, el principio de la
“libertad bajo la gracia” podrá ser una valiosa aportación del
carisma agustiniano a todos aquellos que tienen la responsabilidad
de construir un orden de libertad en la justicia y el amor.
15. Es también importante el
aporte de la convicción en la fuerza del amor para quienes día a día
están bajo la tentación de recurrir a la violencia corno medio de
solución de los problemas sociales. Quienes quieran contribuir a la
construcción de una sociedad más participativa y fraterna
necesitan fortalecer su fe en
la eficacia del amor pues “la
virtud es el orden en el amor”[11].
16. Estos principios del
carisma agustiniano, mejor que con las palabras, serán comunicados
con la amistad que podamos ofrecer a los laicos. Nuestra amistad ha
de ser siempre signo de la Comunidad. Parroquias
17. Nuestras parroquias deberían
ser hogares de convivencia cristiana, donde los agustinos y el
laicado, además de realizar una participación viva en los
sacramentos, palabra de Dios y Liturgia en general, compartimos con
sentido de fraternidad y búsqueda constante las inquietudes
concretas de nuestra vida, y realizamos la evangelización
encarnados en los compromisos históricos de los seglares que con
nosotros forman el Pueblo de Dios.
18. Todas las parroquias
agustinianas deberían ser líderes en poner en práctica las enseñanzas
y recomendaciones del Concilio Vaticano II, reconociendo al laicado
sus derechos y obligaciones en todos los campos en que se
desenvuelven los ministerios parroquiales. La creación de los
Consejos Parroquiales debe ser una prioridad donde no existan[12]. Centros de Educación
19. Meta primordial es hacer
de nuestros centros educativos escuelas de la comunidad cristiana:
en ellos deben integrarse en forma participativa, y en ambiente de
amistad, los religiosos, el profesorado seglar, los padres de
familia, los alumnos y el personal auxiliar.
20. Reconocemos en el laicado
un amplio campo de conocimientos y de experiencias. Recomendamos que
esta inestimable contribución se acoja, en nuestros centros
educativos, a través de una estructura participativa que influya e
incluso determine los programas y el desarrollo general.
21. Los profesores laicos, en
nuestras escuelas, se han convertido en colaboradores prácticamente
indispensables en el apostolado educacional. Debemos hacer todo
esfuerzo para eliminar prácticas y costumbres que infravaloren la
participación de los laicos en nuestros centros educativos. Debemos
interesarnos también por su bienestar espiritual y material, e
invitarlos y animarlos a que crezcan en una espiritualidad
agustiniana apropiada a su estado de vida y profesión.
22. Los padres tienen una
responsabilidad continua en la educación de sus hijos. Se han de
promover organizaciones que provean no sólo un respaldo económico
en favor de los centros educativos, sino también un canal de
comunicación, mediante el cual los padres de familia sean
informados y puedan, a su vez, expresar su legítima preocupación y
sus sugerencias[13].
23. Impulsemos aquellos
programas que permitan que las facilidades y recursos de nuestras
escuelas se pongan al servicio de la Iglesia local y de la comunidad
cívica. Derechos humanos
24. Siguiendo el ejemplo de
Jesucristo, debemos preocuparnos de que nuestra atención pastoral
se extienda a todas las minorías existentes por razón de economía,
cultura, nacionalidad o raza; a los emigrantes y refugiados; a los
parados, a los privados de derechos y a cuantos se encuentran
marginados en la Iglesia o en la sociedad. Además queremos
comprometernos también a proteger los derechos de los aún no
nacidos. Debiéramos aprovechar las organizaciones que puedan apoyar
y facilitar nuestro trabajo apostólico, y no menospreciar los
valores de educación que, en centros apropiados, se dan para estos
ministerios especializados. Agustinos seculares
25. Se ha de considerar la
incorporación y la formación del laicado para Agustinos seculares
como un apostolado, puesto que a través de ellos podemos ayudar a
un desarrollo más responsable del laicado[14],
y mantenernos así mejor informados sobre sus necesidades y
posibilidades. Afiliados a la Orden
26. Conviene estrechar los
lazos de unión con nuestros afiliados: lo mismo con los padres de
nuestros profesos solemnes que con aquellos que han sido declarados
tales por su distinguida colaboración con la Orden. Esto puede
lograrse por medio de una comunicación periódica con ellos, por
ej., enviándoles boletines informativos e invitándoIes a reuniones
en tiempos oportunos. Participación de laicos en los Capítulos de la Orden
27. Con el fin de profundizar
nuestra concientización y de difundir más la espiritualidad
agustiniana en el mundo y en la Iglesia de hoy[15],
podríamos invitar a laicos a participar en los Capítulos de la
Orden. Realidad gozosa
28. Aunque nos falta mucho
por hacer, y esperamos que la presente “Declaración” ayude a
realizarlo, en nuestras reflexiones se ha constatado con gozo que en
no pocas partes la Orden tiene ya relaciones muy profundas con el
laicado y con él asume comunitariamente tareas de evangelización
en gran pluralidad de formas: misiones, centros educativos,
catequesis, liderazgos en comunidades rurales, parroquias,
institutos de promoción humana, etc... Es gozoso también constatar
que nuestras relaciones con el laicado no se realizan en planos
puramente estructurales y sí en el diálogo interpersonal propio de
la AMISTAD. III. A) Opción preferencial por los pobres[16]
1. Los miembros del Capítulo
General Intermedio, interpretando los signos de los tiempos
manifestados en las sugerencias y documentos enviados a este Capítulo
por las distintas comunidades de la Orden, y teniendo en cuenta las
recientes y apremiantes enseñanzas de la Iglesia y la doctrina
agustiniana, se pronuncian decididamente por lo que la III
Conferencia Episcopal Latinoamericana llama la “opción
preferencial por el pobre”.
2. Esa opción la
entendemos, fundamentalmente, como una conversión. El compromiso y
consiguiente servicio al más necesitado exige, de hecho, una
conversión y purificación constante en todos los cristianos y, a
fortiori, en los religiosos, para lograr una identificación cada día
más plena con Cristo pobre y con los pobres. Esta conversión se
manifiesta en una radical actitud de apertura al mundo confiada en
Dios y acompañada de una vida sencilla, alegre y laboriosa.
3. Es preferencial, porque,
en realidad, no es, ni debe ser exclusiva ni excluyente de otras
opciones, puesto que en cualquier contexto sociocultural hay espacio
y clima para el Evangelio y la Iglesia. Sin embargo, al ser
preferencial, quiere decir que toda nuestra labor evangelizadora
debe partir y desarrollarse desde la perspectiva de los pobres.
Trabajar y evangelizar desde esta perspectiva es proyectar en todas
nuestras acciones y actuaciones la liberación integral del hombre.
4. Siendo en la actualidad
entre los menos liberados el hombre que no puede Ilevar una vida
humanamente digna porque injustos mecanismos de opresión, explotación,
violencia o discriminación le impiden salir de un estado de pobreza
e, incluso, de miseria, nuestra preferente acción evangelizadora
debe dirigirse a la liberación de ese hombre y al cambio de las
estructuras sociales que lo generan.
5. La vivencia de la pobreza
evangélica, animada por el amor a Dios y al prójimo, desde la que
debe partir toda nuestra acción evangelizadora, ha de caracterizar
no sólo a la comunidad religiosa como tal, sino también a todos y
cada uno de los miembros que la integran. No olvidemos que, como
dice el documento de Dublín, “el
hombre de hoy nos pide una pobreza más allá de la pobreza jurídica,
que puede exigirnos defender sus derechos sociales y, a veces,
compartir la pobreza con el pobre”. Sólo así la vida y la
labor apostólica de nuestra Orden podrá constituirse en signo y
testimonio auténticos de solidaridad con los pobres en este mundo,
y contribuir a la construcción de un mundo más justo,
participativo y fraterno.
6. Dado que nuestros
hermanos viven y trabajan en situaciones y lugares muy distintos y
diversos, con sus propias y diferentes exigencias y respuestas, este
Capítulo no puede dar prescripciones concretas sobre las múltiples
y diversas formas de prestar ese servicio preferencial al pobre.
Con todo, constatando que, por una parte, ya es una realidad
el hecho de que no pocos hermanos nuestros viven y trabajan entre
los más necesitados; y, por otra, esperando que el resto de la
colectividad agustiniana sea consciente de esta opción
preferencial, este Capítulo:
a) Ve con esperanza y alegría a nuestros hermanos misioneros
y a cuantos están trabajando directamente con obras de promoción y
evangelización del pobre, agradeciéndoles su ejemplo de compromiso
evangélico.
b) Exhorta a todos los hermanos agustinos a que, cualquiera
que sea su circunstancia, su talento y su profesión, realicen su
acción evangelizadora desde la perspectiva de los pobres.
c) Pide que esa opción por ellos, en cualquier contexto
sociocultural en que fuere realizada, no sea el resultado de una
evasión, sino la consecuencia de una autentica conversión.
d) Recuerda que la opción por los pobres debe emprenderse
siempre desde nuestra identidad agustiniana corno acción
eminentemente evangelizadora, evitando que la proclamación del
Evangelio pueda interpretarse o confundirse con una mera empresa
sociopolítica de promoción humana, ya que nuestro objetivo no se
limita a llenar vacíos de pan y de cultura, sino, fundamentalmente,
de Dios.
7. Este Capítulo está
persuadido que esta opción por los pobres, si se vive en
profundidad, resultará enriquecedora para nuestra vida religiosa,
ya que muchos de estos pobres realizan en sus vidas los valores
evangélicos de solidaridad, servicio, sencillez y disponibilidad
para acoger el don de Dios. III.
B) Secretariado agustiniano de justicia y paz[17] ...
3. Las Funciones
del Secretariado son las siguientes: a) Promover el conocimiento, la atención y el interés
en la Orden respecto de este campo. b) Suministrar información acerca de personas o
proyectos de la Orden que estén directamente relacionados con el
manejo y evangelización del sector de los pobres. c) Servir como canal de ayuda material, indicando por
ejemplo, a qué Organización, a qué Provincia se puede recurrir en
relación con determinado caso. d) Mantener contacto y servir de unión con las
Organizaciones eclesiásticas, agustinianas u otras, en los asuntos
concernientes a Justicia y Paz. [1]
Texto original español en ACTA O. S. A., XXV, 1980, 147*-153*.
Texto completo: Servicio de Documentación O.S.A |