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HOMILÍA
- MENSAJE DEL OBISPO DE QUILMES, JORGE NOVAK,
Y LOS SACERDOTES DE LA
DIÓCESIS,
PARA EL TE DEUM DEL 25 DE MAYO
DE 2001
(DÍA DE LA PATRIA ARGENTINA)
Lecturas bíblicas del día:
Hch 18,9-18; Sal 46,2-7; Jn 16,20-23
Queridos hermanos:
Los cristianos somos
varones y mujeres de esperanza. Como la mujer del relato bíblico,
sabemos que el dolor engendra vida. Y ésta no esconde el dolor y la
tristeza de la mujer hasta que no ha llegado. La angustia de la que
habla el evangelio, presentándola como "llanto",
"lamento", "tristeza", "dolor"
tiene la contracara de la alegría, el gozo, y el surgimiento de la
vida. Contracara que ahora no se ve, porque todavía no ha llegado la
hora, pero que estamos seguros de su venida porque Jesús se ha
comprometido en nuestra historia revelándonos que la tristeza ya no será
recordada, el dolor será olvidado por la vida nueva.
Como Pablo, en la primera
lectura, sabemos que aun en la persecución y la incomprensión, Dios
está del lado de la vida y su palabra siembra vida y engendra un
pueblo. Por más grave que sea la angustia, aunque sea comparable a
terremotos y cataclismos, la presencia compañera del Señor de la vida
nos conduce en la confianza a no temer porque es nuestro refugio
(Salmo), y saber –confiados- darle gracias.
Pero -por otra parte- ese
dolor y angustia de los seguidores de Jesús contrasta con la alegría
del mundo, que en Juan es figura de los enemigos del Señor. Mundo que
tiene un príncipe, que es a su vez padre de la mentira y homicida desde
el principio, mundo que tiene un pecado que Jesús vino a quitar, y a
vencer, mundo en el que los cristianos están sin pertenecer a él,
mundo que Dios ha amado hasta el punto de enviarle a su Hijo, pero que
no lo ha recibido porque prefirió las tinieblas a la luz.
En el día de la Patria,
que nuevamente parece que "muere de tristeza", nos
dirigimos a Nuestro Señor. A Aquel que nos garantiza el consuelo, la
alegría y la vida en abundancia final, queremos darle gracias y
también pedirle que escuche el clamor de su pueblo.
-
Escucha, Señor, el
clamor de los desocupados de nuestra diócesis que caminan sin
esperanza en búsqueda de un trabajo que nadie les ofrece, y que a
lo sumo se les da como limosna;
-
Escucha, Señor, el
clamor y el dolor de los que hacen interminables colas en los
hospitales que no pueden brindarles ni siquiera lo necesario para
conservar su vida, o dar a luz dignamente;
-
Escucha, Señor, el
clamor de los jubilados que después de haber aportado una vida
entera reciben en cuotas y mezquinamente lo que les corresponde en
justicia;
-
Escucha, Señor, el
clamor de los chicos, que van a la escuela cuando pueden, y
mirando la educación como poco importante, porque sólo esperan
un plato de comida;
-
Escucha, Señor, el
clamor de los jóvenes, tentados diariamente con la violencia, la
droga y la evasión;
-
Escucha, Señor, el
clamor de la tierra de nuestros padres depredada, lastimada y
contaminada con el riesgo inminente de no poder engendrar ya más
vida;
-
Escucha,
Señor, el clamor de las víctimas de este modelo económico que
nos han impuesto, y que rapiña los frutos de nuestros trabajos, y
alimenta el despilfarro de unos pocos con los sudores, lágrimas y
vida de la inmensa mayoría.
Por eso te pedimos también,
Señor, que escuches nuestra tristeza y desconcierto
-
al ver una clase
dirigente cada vez más ajena a la vida y muerte de su pueblo;
-
al ver el saqueo voraz
que sufrieron y siguen sufriendo nuestros bienes y nuestras
esperanzas;
-
al ver una cultura económica
que ha olvidado y hasta matado al hombre que es el que le da su razón
de ser;
-
al ver una deuda
externa inmoral, injusta, que además de suficientemente pagada, se
lleva los recursos necesarios para una vida digna;
-
al ver que no hay víctimas
sin victimarios, que no conformes con lo que han logrado siguen
revoloteando sobre los despojos del pueblo;
-
al ver el
enriquecimiento de unos pocos, empresarios, políticos, dirigentes
sindicales, mientras crece abismalmente, y diariamente, la brecha
que los separa de los pobres que son "cada vez más
pobres";
-
al ver la insistencia
en la aplicación de un modelo perverso, idólatra, y cruelmente
genocida que no sólo ha demostrado ya suficientemente su
inmoralidad e ineficacia para ayudar a "los pobres de la
tierra", sino que se ha revelado como el responsable de la
creciente injusticia en la distribución, la preocupante desocupación
y en el imperio de la muerte que reina por la dictadura del dios
dinero.
Pero sabemos que Dios se ha
comprometido personalmente en el triunfo de la vida y la alegría, por
eso vemos con gozo y esperanza y le damos gracias por:
-
la siempre presente
solidaridad y generosidad que el pueblo se manifiesta,
especialmente en las crisis y el dolor;
-
la confianza en Dios
y la Virgen como compañeros en el camino, sabiendo con fe
verdadera que Dios no quiere que vivan víctimas del dolor, la
injusticia y la "muerte antes de tiempo";
-
las ansias de crecer,
formarse y vivir como personas plenas, como podemos ver a diario
en nuestros numerosos centros diocesanos de formación.
En este día de la Patria,
por todo esto deseamos:
Que todos los Argentinos, y
quienes habitan nuestro suelo,
-
sepamos que Jesús se
ha comprometido, y nos ha comprometido a todos los cristianos, en
trabajar para que en el mundo se acabe la tristeza y el dolor
mientras reine la alegría y la vida;
-
aprendamos a mirar la
realidad actual como un desafío, según las posibilidades de cada
uno, para crear espacios donde la vida tenga lugar y se olvide la
tristeza;
-
que no olvidemos
nuestra vocación profética que nos ayude a señalar con claridad
todo lo que se opone al proyecto de fraternidad y solidaridad que
Dios nos propone en su Palabra.
-
que no temamos recordar
que "la raíz de todos los males es el amor al dinero" (1
Tim 6,10), y que una nueva cultura de la austeridad, la solidaridad
y la vida compartida es posible, y mucho más coherente con el
proyecto de Jesús que este modelo actual.
Recordar la fiesta de la
Patria, la tierra de los padres, de nuestras raíces y memoria, de un
pueblo desorientado que "quiere saber de qué se trata", esta
celebración también es recordar nuestro compromiso con ella, y por lo
tanto pedirle a Dios lo que estamos nosotros dispuestos a dar. Y porque
sabemos que esa es la voluntad de Dios, le damos gracias, y le
pedimos su cercanía:
-
Que Dios bendiga a
nuestro país, y especialmente bendiga a los pobres de la Patria,
-
Que Dios bendiga a los
gobernantes, y les conceda la conversión diaria para poner su
responsabilidad y su vida al servicio de los pobres y las víctimas,
-
Que Dios bendiga a los
empresarios, abriéndoles el corazón para que multipliquen las
fuentes de trabajo digno y salarios justos,
-
Que Dios bendiga a los
dirigentes, para que siempre cercanos al pueblo y sus necesidades
busquen y se esfuercen por el beneficio de la gente, y no el propio;
-
Que Dios bendiga a los
responsables de administrar justicia, para que esta llegue a los más
desprotegidos, y no permita la impunidad de los poderosos;
-
Que Dios nos ilumine a
nosotros, pastores, para saber decir siempre una palabra profética
y de esperanza en medio de tanta muerte
-
Que Dios bendiga a
nuestras comunidades para que sean siempre signo visible de
fraternidad
-
Que Dios bendiga a los
jóvenes, y les conceda fuerzas y claridad para trabajar "por
un mundo mejor que el que les hemos dejado sus mayores";
-
Que Dios bendiga a las
mujeres, especialmente a las discriminadas, golpeadas, abusadas,
para que en el reconocimiento de su dignidad puedan aportar a
nuestra sociedad una mirada siempre nueva y necesaria;
-
Que Dios bendiga a los
niños, para que su infancia sea un feliz tiempo de crecimiento y
maduración que les permita vivir sin violencia ni odio,
-
Que Dios bendiga a
nuestro país, y que por ello nos conceda a todos y cada uno
trabajar por edificarlo según Su voluntad de justicia, de
fraternidad y de paz.
Quilmes (R. Argentina),
25 de mayo 2001
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