Es una de esas situaciones limite con las que estás conviviendo diariamente y no te das cuenta. Lo casero y lo cotidiano, a fuerza de repetirse, no nos impresiona. Como si las pulgas, al abundar en tu casa, ya no te molestaran. Y entonces, ante lo habitual, se pierde la capacidad de asombro y escándalo.

Pero un día, como si despertaras de un sueño, caen las escamas de los ojos y te das cuenta de que el enemigo lo tienes dentro de casa.

Una cosa es hablar lindamente de los derechos humanos delante de un computadora, acariciados por un ventilador si es en verano o calentados por una estufa si es invierno, chupando un caramelo, y otra cosa es ver, constatar demasiado repetidamente, que a tu lado hay gente que duerme en el suelo. (¡Duermen en el suelo los chanchos y los perros!). Se supone que los hijos de Dios tienen derecho a otra postura más digna y a estar más protegidos de los microbios.

Bien entendido que tan hijo de Dios (y con los mismos derechos) es el Príncipe de Gales como el más alejado que vive en los más distantes cerros.

Y uno se pregunta, como extrañado: ¿Porqué en la Carta de la ONU no existe un artículo que diga: "Toda persona tiene derecho a una cuna digna"? Porque de eso se trata. Y, con dolor, doy testimonio de la realidad en que vivo.

Molinos, pequeño Departamento de Salta (Argentina), la parroquia más septentrional de la Prelatura de Cafayate: 3.600 Km. cuadrados y 5.100 habitantes. Sólo 1.000 en el, pueblo; los demás hay que ir a buscarlos diseminados por los "cerros", hasta 4.000 metros de altura.

Pero, vamos a lo concreto: constatando algunos casos, la parroquia quiso saber, a punto cierto, cuántas personas en todo el ámbito del Departamento duermen en el suelo.

Los resultados fueron sorprendentes, dolorosamente sorprendentes, casi dramáticos. Sobre una población de 5.100 personas, 296, o sea, 6% duermen hoy, tal vez sobre viejo colchón, pero sobre el duro, antihigiénico y húmedo suelo.

Una brasa habíamos puesto en las manos y una espina en el cuello. Desde entonces, es prioritario en la parroquia la solución de este problema, en lo que atañe a la pastoral social.
 
Al comentarlo no han faltado razones de perogrullo que minimicen el hecho y que yo no entiendo: "Eso viene de generaciones", "el colchón duro es bueno para la salud", "tal vez lo prefieran así"... A mí siempre me ha parecido perverso este razonamiento.
 
¿Es que hay personas que no tienen derecho a mejorar su nivel de vida? ¿Cómo un ser humano puede no dormir como un ser humano?. Y por decirlo con coraje: ¿quién desea ese modo de dormir para su madre, para uno mismo o para su hermano? Pues el o ella también son seres humanos y son hermanos. Son otros Cristos que esta noche dormirán en el suelo. Y esto no sólo me causa pena, duele, sino que me da la sensación de pecado. ¡A veintiún siglos de habernos dicho Cristo que somos hermanos! En el suelo dormían los esclavos; o más cerca de nosotros, en los campos de concentración.

No sé ni cómo ni de qué manera, pero esto es insostenible, infrahumano. No contamos con recursos significativos (esperamos que lleguen de algún lado), pero no queremos que termine el año 2000 sin haber dado una respuesta comprometida, un miserable catre a estos hermanos.

Hipólito Martinez 
Parroquia de Molinos 
Salta (Argentina)

 

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