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GLOBALIZAR
LOS TÁBANOS
El mundo
globalizado tiene ya un norte y un sur, un este y un oeste, que lo
hacen perfectamente definible y delimitable, como a toda unidad que
se precie de tal. “La
fraternidad
es el camino de retroceso a la barbarie. Dios creó al hombre
desigual en facultades. Eso no tiene remedio. Hay que respetar y
perfeccionar la obra de Dios. La desigualdad como motor de lucha y
de ascenso” (ed. española de 1982, p. 242) Nótense
las identificaciones: fraternidad = barbarie. Progreso =
desigualdad. Y además, ambas ecuaciones son asimiladas a la obra de
Dios y al cumplimiento de Su Voluntad. “Nosotros
los miembros de Naciones Unidas, habiendo convocado un período
extraordinario... para estudiar... y considerar las dificultades
económicas más importantes con que se enfrenta la comunidad
internacional, teniendo presente el espíritu, los propósitos y los
principios de la carta de N. U. de promover el progreso económico y
social de todos los pueblos, proclamamos solemnemente nuestra
determinación común de trabajar con urgencia por el
establecimiento de un nuevo orden internacional basado en la
equidad, la igualdad soberana, la interdependencia, el interés común
y la cooperación de todos los estados, cualesquiera que sean sus
sistemas económicos y sociales, que permitan corregir las
desigualdades y reparar las injusticias actuales, eliminar las
disparidades entre los países desarrollados, y garantizar a las
generaciones presentes y futuras un desarrollo económico y social
que vaya acelerándose en la paz y la justicia” No cabe
pedir más. Lo que sí cabe es preguntar. ¿en qué ha quedado
semejante declaración? ¿Cómo es que el mundo globalizado mantiene
un “orden” basado en la desigualdad, el interés de las grandes
potencias económicas, el esclavizamiento de otros estados y la
falta de justicia y de paz? Y la
respuesta es bien simple: los 6 países que votaron en contra
fueron: Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania (Occidental), Bélgica,
Dinamarca y Luxemburgo. Los que se abstuvieron eran: Austria, Canadá,
España, Francia, Holanda, Irlanda, Israel, Italia, Japón y
Noruega. O sea: ningún país del Sur estuvo en contra o al margen
de aquella Declaración: sólo países del Norte. Pero: en el mundo
se hace lo que los poderosos quieren, no lo que las mayorías dicen.
¿Hace falta más explicación? Este es
nuestro mundo visto desde el norte y desde el sur. Completemos los
puntos cardinales con el comentario que estas dos referencias
mundiales sugieren por la izquierda y por la derecha (por el oeste y
por el este). 3- Desde
el Oeste se puede comentar que esa es la democracia de la que tanto
nos vanagloriamos: el triunfo de la mayoría cuando estamos nosotros
en ella; y el boicot de parte de la minoría cuando nosotros
pertenecemos a ella. Somos tan demócratas que ni siquiera
necesitamos la fuerza de las armas para imponernos: podemos hacerlo
con la fuerza educada y arrolladora de los dólares. Por eso
aceptamos y defendemos una democracia al interior de nuestros países,
donde sólo una minoría de votantes cuestiona al sistema.. Pero
nadie espere que vayamos a aceptar una democracia en el ámbito
mundial, o en los verdaderos poderes de hoy, que ya no son los políticos,
sino los mediáticos y económicos. Si está tan claro que no somos
hermanos ¿cómo van a pedirnos que seamos “primos”? A lo
mejor, los países que no votaron la Declaración de Naciones
Unidas, nos quieren explicar ahora que ese orden nuevo es el que
ellos querían conseguir mediante los acuerdos de la Organización
Mundial del Comercio en Seattle. Y que fueron los otros los que no
les dejaron. Sin embargo, los otros 120 ya les han respondido que
ellos no están contra los acuerdos; pero que un acuerdo que no sea
entre iguales no es un acuerdo, sino imposición de los pocos
poderosos a los muchos impotentes. Y que ellos prefieren ser
asesinados en nombre de la falta de ley, que en nombre de una ley
“democrática”. Porque al menos, lo primero deja en evidencia al
asesino. 4.- Y por
el Este la reducción del hombre a la naturaleza. No entendamos
ahora esta palabra en el sentido de los ecologistas, sino en el
sentido de lo que está por debajo del hombre. No significa ahora
aquella “hermana, madre tierra” franciscana, sino aquello a que
alude Hegel cuando escribe: “lo humano es que el hombre deje de
ser natural” y, si lo queréis más claro, que deje de ser un
animal. Ahora no: resulta que la fraternidad (y con ella la calidad
humana) es un camino contrario al progreso. Y la animalidad es el
motor del ascenso y del progreso. *
* * El otro
pequeño problema puede ser el mensaje cristiano, al que no hay
manera de desactivar, a pesar de la excelente ayuda de algunas
jerarquías eclesiásticas. Ese mensaje que pretende hacer de las
diversidades humanas, en lugar de un argumento a favor de las
diferencias, una razón para la armonía. Para una fraternidad
semejante a la que reina en el cuerpo humano, donde los miembros más
débiles son los más cuidados, y donde no sufre un miembro sin que
se duela todo el cuerpo. Todo aquello que ya explicaba san Pablo en
el siglo I, en dos de sus cartas, y que se fundamenta en que todos
tenemos el mismo Espíritu de Dios, que nos hace llamar a Dios
Padre, y hermano al hombre más lejano. Y he aquí
que eso sigue resonando todavía hoy. Y molesta al sistema. ¿Cómo
no iba a molestarle? Es verdad que no lo cambia (al menos hoy por
hoy). Pero le incordia. Como dice Vázquez Montalbán: “son unos
ruidos que perturban la armonía del sistema”... Y conviene
que –ya desde el comienzo del milenio- esos ruidos sigan
inacallables, en todas partes. Que su música siga sonando terca,
como el vuelo de un tábano, o de un zancudo, o de una avispa, los
cuales (además de la amenaza de un posible picotazo) no dejan
dormir en paz ni comer tranquilo. Y eso
sigue siendo posible hoy, cuando parece que ya nada es posible, y a
pesar de los muchos insecticidas que inventa el sistema. Eso sería
“globalizar los tábanos”, cuando ellos globalizan la pobreza...
El santo apostolado del incordio, aun con el riesgo de que nos
eliminen de un manotazo. |