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Lectura
del libro del Eclesiastés 1,2; 2,21-23.
Vaciedad
sin sentido, dice el Predicador, vaciedad sin sentido; todo es
vaciedad. Hay quien trabaja con destreza, con habilidad y acierto,
y tiene que legarle su porción al que no la ha trabajado.
También esto es vaciedad y gran desgracia. ¿Qué
saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja
bajo el sol? De día dolores, penas y fatigas; de noche
no descansa el corazón. También esto es vaciedad.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 94,1-2. 6-7: 8-9
R/. Escucharemos tú voz, Señor.
Venid,
aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
'vitoreándolo al son de instrumentos. R/.
Entrad,
postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.
Ojalá
escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto,
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras. R/.
Lectura
de la carta del Apóstol San Pablo a los Colosenses 3,1-5.9-11.
Hermanos:
Ya
que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de
allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha
de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.
Porque
habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida
en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también
vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.
Dad
muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación,
la impureza, la pasión, la codicia, y la avaricia, que
es una idolatría.
No
sigáis engañándoos unos a otros.
Despojaos
de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos
de la nueva condición, que se va renovando como imagen
de su creador, hasta llegar a conocerlo.
En
este orden nuevo no hay distinción entre judíos
y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas,
esclavos y libres; porque Cristo es la síntesis de todo
y está en todos.
Palabra
de Dios.
+ Lectura del santo Evangelio según
San Lucas 12,13-21.
En
aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:
-Maestro,
dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.
El
le contestó:
-Hombre,
¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre
vosotros?
Y
dijo a la gente:
-Mirad:
guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado,
su vida no depende de sus bienes.
Y
les propuso una parábola:
-Un
hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos:
¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.
Y
se dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros
y construiré otros más grandes, y almacenaré
allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces
me diré a mí mismo: «Hombre, tienes bienes
acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe,
y date buena vida.
Pero
Dios le dijo: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que
has acumulado ¿de quién será?
Así
será el que amasa riquezas para sí y no es rico
ante Dios.
Palabra del Señor. |
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| HOMILÍAS:
"¿SER
... O TENER?" |
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En
el grupo de discípulos había muchos que seguían
a Jesús pero no lo comprendían. Estaban completamente
envueltos en las preocupaciones cotidianas y veían al Maestro
como un buen mediador para dirimir conflictos familiares. Su deseo
no era aceptar la buena nueva sino alcanzar metas personales:
la acumulación de riquezas como objetivo último
de la vida.
Alguien
de entre la multitud llama a Jesús para que le solucione
un problema. Su interés es simplemente resolver sus preocupaciones
individuales. Jesús con sinceridad y sin rodeos le hace
caer en cuenta que su petición está fuera de lugar.
Jesús no se siente hombre-orquesta para ir arreglando problemas
en todo lado. Además, le hace caer en la cuenta de que
su problema no es un asunto de justicia, sino de simple ambición
personal. El hombre no veía en Jesús otra cosa que
una buena oportunidad para obtener mayor porción en la
herencia familiar.
Esta
situación es una buena ocasión para instruir a los
discípulos acerca del valor de la vida y el valor de las
riquezas. La vida es mucho más que una progresiva acumulación
de dinero, propiedades, conocimientos y placeres. La búsqueda
incesante de seguridades sólo lleva a vivir en un estado
de agitación y de angustia existencial. El esfuerzo que
es necesario realizar para alcanzar lo que la sociedad nos propone
como ideales de vida, generalmente no es proporcional a las satisfacciones.
La dinámica de vivir tras las riquezas, el poder y el prestigio
termina por convertir la existencia de los seres humanos en una
interminable preocupación que nunca se resuelve.
La
parábola que Jesús les propone para comprender a
fondo esta situación humana recoge una experiencia de la
vida cotidiana. Los seres humanos están dispuestos a amontonar
riquezas, a transformar la realidad para preservarlas, para sentirse
seguros y satisfechos con ellas. Sin embargo, no aprecian el valor
de la vida misma. Sus apegos no les dejan ver otra cosa que sus
propias ambiciones.
Alguien
ha dicho que «todos los hombres somos espontáneamente
capitalistas». Lo cierto es que la sed de poseer sin límites
no es exclusiva de una época ni de un sistema social, sino
que descansa en el mismo hombre, cualquiera que sea el sector
social al que pertenezca. El sistema capitalista lo que hace es
desarrollar esta tendencia innoble del hombre en lugar de combatirla
y favorecer una convivencia más solidaria y fraterna. Lo
estamos viendo todos los días. El móvil que guía
a la empresa capitalista es crear la mayor diferencia posible
entre el precio de venta del producto y el costo de producción.
Pero es que este móvil guía la conducta de casi
toda la sociedad. El máximo beneficio posible y la acumulación
indefinida de riqueza son algo aceptado por la mayoría
de los cristianos como principio indiscutible que orienta su comportamiento
práctico en la vida diaria.
Se
pretende llenar el vacío interior con la posesión
de cosas. La codicia y el afán de poder son «drogas
aprobadas socialmente».
Nosotros
experimentamos intensamente esta situación. El capitalismo,
en su versión neoliberal, lleva a los seres humanos a convertirse
en desaforados acumuladores de cosas y en maniáticos del
trabajo lucrativo y la eficiencia comercial. En esta sociedad
ya no hay espacio para valorar el ser humano como persona. Unicamente
existen «clientes», mercado, compraventa, jefes, «hombres
de éxito», la gente rica. La demás gente no
cuenta...
Por
esto, hoy se necesita con mayor urgencia proclamar las palabras
de Jesús: «la vida no está en los bienes».
La vida tiene valor en sí misma. Es un Don al que todos
los seres humanos tienen derecho. Nuestro trabajo no puede ser
únicamente la acumulación inconsciente e innecesaria
de cosas, de dinero, de placeres. Nuestro trabajo debe ser humanizado.
No puede estar en función del éxito comercial sino
del crecimiento como personas. No puede ser sólo un mecanismo
de sobrevivencia, sino, ante todo, un lugar de realización
de un proyecto de vida orientado completamente a alcanzar la plenitud
del ser humano a los ojos de Dios.
En
el fondo, la situación que vivimos hoy no es de hoy. El
capitalismo triunfante lleva ya cinco siglos. Dice Comblin que
el cristianismo no ha logrado ponerle freno, y que quien se lo
va a poner va a ser la naturaleza, los límites de la naturaleza:
la dinámica expansiva, engullidora de recursos humanos,
a la macroescala actual, hace ya previsible el agotamiento de
los recursos, la desaparición de los bosques, la contaminación
de la atmósfera, el agujero de la capa de ozono, la desaparición
de las especies biológicas... Llega un momento en que el
«tirar abajo los graneros para construir otros más
grandes» ya no es viable: se topa con «los límites
del crecimiento». La parábola de Jesús, lamentablemente,
resulta hoy aplicable no sólo a la desmedida codicia de
algunos poderosos que gobiernan de facto nuestro mundo, sino al
sistema mismo. ¿Quién pondrá el freno, la
naturaleza (sus límites) o la historia (nuestra utopía)?
.
.......................
Hoy
escuchamos la voz profética del Maestro: tenemos que hacer
lugar a Dios en nuestra vida. Lo que contará al final son
las buenas obras que hayamos hecho, no el dinero que hemos logrado
almacenar. Sería una lástima si se pudiera decir
que nuestra única riqueza es el dinero. ¿De qué
nos valdrá eso, al final de nuestro camino, cuando nos
presentemos ante Dios? ¿No sería llegar con las
manos vacías al momento culminante de nuestra vida? Mereceríamos
que Jesús nos dijera también a nosotros esa palabra
tan fuerte, «¡necios!», si desterramos a Dios
de nuestra vida, si no nos preocupamos de los demás, si
nos llenamos de nosotros mismos y ponemos la seguridad en las
cosas de este mundo, si nos dejamos llevar por la codicia y el
afán inmoderado de dinero, de éxito, de placer,
de poder. Seríamos estúpidos, como el granjero del
evangelio, porque almacenamos cosas caducas, que nos pueden ser
quitadas hoy mismo, e irán a parar a otros: mientras que
nos hemos quedado pobres delante de Dios.
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Nexo
entre las lecturas
Los
textos litúrgicos de este domingo nos proponen dos modos
de vivir y estar en el mundo. Está el modo de vivir del
hombre viejo y está el propio del hombre nuevo (segunda
lectura), existe el hombre que busca las cosas de la tierra y
el que busca las cosas del cielo (segunda lectura), aquel para
quien todas las cosas son vanidad y para quien todo es providencia
de Dios (primera lectura). El Evangelio, por su parte, opone la
vida de quien cifra todo en el tener, y atesora riquezas para
sí, y la vida de quien funda su existencia en el ser, y
atesora riquezas delante de Dios.
Mensaje doctrinal
1.
Vivir para sí. Es un modo de estar en el mundo, de realizar
la existencia en el arco de años entre el nacimiento y
la muerte. Es un modo de pensar, de actuar, de relacionarse con
los hombres y con las cosas. El punto de referencia de todo es
el yo. El saber, el trabajo, el esfuerzo con sus buenos resultados
aparecen, ante el yo, caducos y vanos. Si el hombre es un ser
abocado a morir, ¿a qué le sirve su saber, su trabajo,
si no puede vencer su destino mortal, su immersión en la
nada? Todo es vanidad, humo que se lleva el viento. Cuando el
yo es el centro de la vida, tenemos al hombre viejo, incapaz por
sí mismo de salir de la tiniebla de su hermetismo, cada
vez más sumergido en el fondo del vicio y del pecado, con
la mirada cada vez más puesta en las cosas de la tierra
sin la posibilidad de alzarla hacia las alturas. Hombre viejo,
porque en cierta manera repite en su vida la historia antiquísima
del primer Adán, del gusto del pecado y de la caída
original. Por otra parte, el yo es sumamente pobre dejado en sus
propias manos, porque privilegia el tener y el aparecer. ¿Hay
algo más efímero y lábil que esas dos realidades?
¿Cómo se puede fundar una existencia sobre algo
que hoy es y mañana desaparece? ¿Cómo se
puede mirar de frente a la muerte, cuando los grandes valores
que han regido la vida han sido los bienes materiales y las apariencias,
a quienes está prohibido pasar el umbral del más
allá? Con razón se puede aplicar a quien vive para
sí las palabras de Jesús en la parábola del
texto evangélico: "¡Insensato! Esta misma noche
te reclamarán el alma. Las cosas que has acumulado, ¿para
quién serán?". Así es quien atesora
riquezas para sí, quien centra en sí su propio vivir
y actuar entre los hombres.
2.
Vivir delante de Dios. Dios no es, a decir verdad, el antagonista
del yo, de la realización personal. ¡De ninguna manera!
Pero la sabiduría eterna nos enseña que la propia
realización consiste y se lleva a cabo por el camino del
vivir para Dios, de vivir a los ojos de Dios. El trabajo y el
saber, a los ojos de Dios, tienen un sentido y un destino providenciales,
más allá de los límites de la esfera mundana.
Todo lo que uno hace por Dios en este mundo lo trasciende y habita,
purificado y elevado, en la eterna morada de Dios. Vive ante Dios
y para Dios el hombre nuevo, que ha sido rehecho por Cristo mediante
el bautismo a su imagen y semejanza, que ha sido circuncidado
no en su carne sino en su corazón, y viviendo delante de
Dios vive sin miedo a la muerte, que considera, más que
un final absurdo y sin sentido, una puerta a una existencia nueva
de la que ya se participa, aunque sea de modo muy pobre y elemental.
Por eso, el hombre nuevo tiene los pies bien puestos en la tierra
y en los quehaceres de este mundo, pero su mirada y su corazón
están puestos arriba, en el cielo, hacia donde camina con
confianza y esperanza. Quien vive para Dios no se enajena del
mundo, no lo desprecia ni lo odia, porque es la casa que el Padre
le ha dado para que en ella habite. Trabaja como todos los demás,
gasta sus fuerzas para producir riqueza, pero tiene un corazón
puro y desprendido y sabe muy bien que los bienes de este mundo
tienen un destino universal, y no pueden ser injustamente acaparados
en pocas manos. En vez de decirse a sí mismo: "Descansa,
come, bebe, banquetea", piensa más bien en cómo
ayudar para que los hombres todos, sobre todo quienes están
más cerca de su vida, tengan su oportuno descanso, dispongan
de alimentos y puedan sanamente disfrutar de lo necesario para
un banquete de fiesta.
Sugerencias pastorales
1.
El homo oeconomicus no tiene futuro. Solemos con frecuencia clasificar
al hombre según algún aspecto que lo caracteriza.
"sí, por ejemplo, se habla de "homo faber"
para subrayar su capacidad manual, u "homo cogitans"
para resaltar su vocación de pensador. Con la expresión
"homo oeconomicus" se pone de relieve el tipo de hombre
centrado en el dinero y en el bienestar. Pues bien, hemos de afirmar
que este hombre carece de futuro. Hay gente que dice: "Con
el dinero puedes hacer todo lo que quieras; abre todas las puertas".
No es verdad. Con dinero no puedes comprar la felicidad, aunque
a ratos te pueda hacer feliz. Con dinero no puedes comprar el
amor, a lo más una noche de pasión o un amorío
efímero y frustrante. El dinero no te hace virtuoso, más
bien abre con no poca frecuencia la puerta al antro del vicio.
Lo reconozcamos o no, todos pretendemos un futuro más feliz,
pero ese futuro no lo encontrarás en una cuenta bancaria
boyante. Lo encontrarás dentro de ti, en el sagrario de
tu conciencia, en la paz interior ante ti mismo y ante Dios. Sobre
todo, no tiene futuro, porque el "homo oeconomicus"
no es ciudadano del cielo, le falta el pasaporte y ante la muerte
y el juicio de Dios la cuenta bancaria no cuenta para nada. ¿Por
qué no cambiar el "homo oeconomicus" en "homo
pneumaticus", en hombre iluminado, guiado y configurado por
la acción del Espíritu Santo?
No es fácil, pero es posible, deseable. Son muchos quienes
lo han hecho. Inténtalo, si no lo has hecho todavía.
Invita a otros a intentarlo.
2.
¿Tiene sentido cambiar de sentido? Los dos modos de vivir
de que hemos hablado son como una autopista, con las dos vías
separadas, sin posibilidad de maniobra para cambiar de dirección
cuando uno quiera. Unos carriles van sólo en una dirección
y otros en la dirección contraria. Esto da mucha mayor
seguridad a los conductores, hace más fácil y menos
cansado el conducir, se puede ir a mayor velocidad...se viaja
a gusto en general, aunque habrá que tener cuidado en las
curvas, no excederse en la velocidad, no dejarse vencer por la
fatiga. Avanzo, progreso hacia Babilonia, veo que no voy sólo
sino que muchos van por la misma dirección que yo. Pienso
que he elegido bien la ciudad de mis sueños y que será
una gozada vivir en ella, con gente per bene. De vez en cuando
observo que hay un letrero en el que está escrito: "cambio
de sentido". He visto que alguno que otro ha dejado la pista
y ha buscado cambiar de dirección. Mi primera reacción
ha sido: Ah... ¡pero qué tonto! ¿Tiene sentido
cambiar de sentido?", y he seguido adelante. Luego, ante
otros letreros iguales, o en momentos inesperados, me ha venido
la imagen de quienes salían de la autopista. ¿Por
qué lo harán? ¿Será gente rara? ¿Pensarán
que se han equivocado de dirección? ¿Habrán
comprendido que Babilonia no es una isla de felicidad? La verdad
es que la espinita de la duda se me ha clavado dentro. ¿Qué
hacer? Te animo a cambiar de dirección, a tomar el carril
que se dirige a Jerusalén; a hacerlo en el próximo
cambio de sentido, sin esperar al último... No creas que
son pocos los que van en esa dirección. Al cambiar de sentido,
te darás cuenta de que el tráfico es también
intenso. ¡Jerusalén, la ciudad del gran Dios! ¡Jerusalén,
la ciudad en que Jesucristo dio su vida por nosotros! ¡Jerusalén,
la ciudad de los hijos de Dios! ¡Jerusalén, símbolo
de verdad y de justicia, símbolo de amor y solidaridad!
¡Jerusalén, la ciudad fundada por Dios para que tú
habites en ella!
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