| Primera
meditación
Cuenta
Antony de Mello en uno de sus libros que una vez le preguntaron
a un hobre santo qué es lo que la Gracia le había dado. Y les
respondió que cuando se despertaba por las mañanas se sentía como
un hombre que no está seguro de vivir hasta la noche. Entonces,
le volvieron a responder: Pero eso, ¿no lo saben todos los hombres?
Y replico: Sí, lo saben, pero no todos los sienten.
La
historia acaba con una reflexión que decía que jamás se
ha emborrachado nadie a base de comprender intelectualmente la
palabra VINO.
¿Por
qué esta historia en este dia? Por lo siguiente. Imaginemos que
alguien nos hace la siguiente pregunta: ¿Dios te ama? Seguramente
todos responderíamos que sí, que Dios nos ama. Pero si nos preguntasen
si sentimos que Dios nos ama porque lo hemos experimentado, si
sólo al pensar que Dios nos ama cambia algo dentro de nosotros,
quizá responderíamos que no.
La
triste realidad es que esta experiencia del amor de Dios es una
experiencia que a muchos nos falta descubrir. Hemos aprendido
en los libros o de oídas esta idea, pero quizá muchos no hemos
dado el salto a la experiencia. Y es que:
- Es
muy difícil sentir que Dios me ama, cuando soy cristiano sólo
porque quiero salvarme al final de mi vida. Esto está muy
presente, sobre todo indirectamente cuando pensamos "luego
me confieso y ya está".
- Es
muy difícil sentir que Dios me ama cuando para mí ser cristiano
es cumplir únicamente con unos mandamientos pero me olvido
de que tan importante como eso es la persona de Jesús, el
encontrarme con él.
- Es
muy difícil sentir que Dios me ama, cuando no tenemos dentro
de nosotros esa necesidad por superarnos día a día, por ser
cada vez mejores personas.
En
esta linea, la parábola del hijo pródigo viene a recordarnos en
primer lugar precisamente esto: que Dios nos ama; y en segundo
lugar nos muestra la historia de nuestra vida.
En
primer lugar muestra el amor que Dios nos tiene bajo la figura
del Padre dentro de la parábola. Esto lo podemos ver en muchos
detalles aunque hay uno que resalta por encima de todos y es que
cómo el padre espera diariamente a su hijo y cómo cuando lo ve
venir de lejos va corriendo hacia él para darle un abrazo. Quizá
así dicho puedan parecer sólo palabras bonitas pero seguramente
aquellas familias que tienen hijos fuera de casa lo comprendan
mejor ya que también ellas experimentan ese deseo de que
lleguen las vacaciones para ver al hijo; o los que están
saliendo con un chico o una chica también cuando están
deseando verse cada día; cada uno puede buscar una historia parecida.
Lo
importante es que con ese mismo sentimiento nos ama Dios, sólo
que mucho más. Por un lado, por tanto nos habla de esto:
que Dios nos ama. Pero la parábola también nos muestra nuestra
propia historia. Y cual es nuestra historia: que en el fondo no
nos acabamos de creer que Dios es quien nos puede hacer felices
del todo y preferimos construir nuestra vida lejos de Dios. Pero
al final qué ocurre. Al final pueden ocurrir dos cosas: que sigamos
prefiriendo construir nuestra vida lejos de Dios o que entremos
dentro de nosotros mismos, pensemos en nuestra vida, cómo nos
va y empecemos a añorar y a recordar aquellos tiempos tan buenos
en los que eramos realmente felices cuando estabamos en la onda
de Dios. Es entonces cuando decidimos volver.
La
parábola acaba con un gesto muy bonito. El hijo empieza a idear
todo un discurso: Padre he pecado contra el cielo y contra ti,
ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros.
Se dirije a su Padre y cuándo éste lo ve de lejos se le echa al
cuello y empieza a besarlo. Es entonces cuando el hijo empieza
su discurso pero no le deja ni acabar. Cuando iba a decir que
le tratase como a uno de sus jornaleros, el Padre, que representa
a Dios, hace todo lo contrario, los viste con los mejores trajes
y celebra una fiesta. Esta es sin duda una imagen muy bonita que
muestra hasta qué punto ama Dios y hasta qué punto perdona. Esto
se expresa muy bien en una historia que cuenta que en un pueblo
había una mujer que decía que se le aparecía Dios y el cura, que
no la creía, para ponerla a prueba le dijo que le preguntase a
Dios que cuáles eran sus pecados. Al día siguiente vino la mujer
pero le dijo que Dios no se acordaba de sus pecados.
Segunda
meditación
Se ha dicho de esta
parábola que constituye un pequeño evangelio dentro del Evangelio.
Es exagerado porque no encierra en sí todas las riquezas de la
doctrina cristiana.
En todo caso, a través
de esta parábola nuestro Señor dirige una emotiva llamada a la
conversión, a recomenzar con un nuevo ardor en nuestra vida cristiana.
Arrepentirse, convertirse,
recomenzar: tres etapas necesarias y sucesivas en el itinerario
de nuestra vida espiritual.
Veamos, para poder estimular
nuestro arrepentimiento, lo que la parábola nos enseña, de la
desgracia del pecado y de la miseria del pecador.
Hay que reconocer que,
si esta parábola no tuviese un significado oculto –que vamos a
intentar descubrir-, sería la más inverosímil de las historias.
Comienza diciendo “Un
hombre tenía dos hijos” y podemos preguntarnos a cuál de los dos
hijos nos gustaría parecernos: uno no había sabido entregar su
alma; el otro no había sabido entregar su corazón. Ambos han entristecido
a su padre; ambos se han mostrado duros con él; ambos han ignorado
su bondad. Uno por su desobediencia y el otro “a pesar” de su
obediencia.
¿A cuál nos gustaría
parecernos? ¿Al dilapidador? ¿Al calculador?
No hay en la parábola
un tercer hijo al que pudiéramos referirnos y, por lo tanto, nos
vemos obligados a convenir en que somos el uno o el otro... o
tal vez el uno “y” el otro.
Se nos muestran dos hijos
muy singulares, pero también un padre singular, un padre al que
no preocupa su propia dignidad... Un padre que no hace nada para
oponerse al capricho insolente y estúpido de su hijo menor, sin
reprocharle nada.
Y el final de la historia
no es más edificante que el comienzo. Cuando el hijo mayor se
niega a tomar parte en el banquete, es el padre quien tiene que
molestarse en rogarle que entre.
¿Qué clase de casa es
ésa, en la que son los hijos los que mandan? ¿Cuándo se decidirá
de una vez ese padre a decir: “quiero”, “mando”?
Parece realmente que
este padre es un padre que no ha sabido educar a sus hijos.
Pero....,
no nos encontramos en una casa de la tierra. Ese padre que pide
en lugar de mandar, que da y no sabe decir no, que perdona en
lugar de castigar... Ese padre que no tiene igual aquí abajo:
es nuestro Padre el Cielo. Ese Padre de quien San Juan nos ha
dado a conocer el nombre: “Dios es amor”.
Es fácil reconocerlo
en la parábola. Ese Dios que calla y desaparece, ese Dios que
da y que perdona... nos ha puesto una sola ley: amarás.
El amor, es la única
ley en la casa del Padre.
Pero el amor tiene por
condición la libertad. No hay ser humano que pueda ser obligado
a amar. La libertad es condición del amor. Dios, que nos ama y
porque nos ama, y porque espera de nosotros amor y no quiere de
nosotros más que amor; ha corrido el gran riesgo del amor; y para
nosotros el gran riesgo de la libertad.
Tenemos –quizás por desgracia
-, ese prodigioso y triste poder de negarle o regatearle a Dios
nuestro amor. Es la historia de esos dos hijos de la parábola:
la historia del pecado. Nuestra propia historia.
El hijo menor abandonó
a su padre, no porque deseara llevar una vida disoluta, sino porque
no quería seguir obedeciendo a su padre; quería ocupar el puesto
de su padre.
Su pecado comenzó el
día en que dejó de amar a su padre por encima de todo y más que
a sí mismo. El pecado estuvo antes en su espíritu. Ahí es donde
siempre hay que descubrir el pecado. El pecado es la rebelión
del “yo” contra Dios.
Después del pecado del
rebelde, del infiel;... viene el pecado discreto, insospechado,
el pecado de la mayor parte de nosotros, el pecado del hijo mayor,
pues él era exteriormente el modelo de obediencia.
Ese hijo no ha desobedecido
nunca, justo al revés que el hijo menor. Se le podría citar como
ejemplo; y seguramente que los vecinos lo hicieron cuando buscaban
la manera de consolar al padre en su desgracia. Y no tendríamos
más que elogios para él... si no fuera por aquel incidente imprevisto
que iba a poner su corazón al desnudo.
Asimismo pasa con nosotros.
Quizás nos toman por mejores que los demás. Nosotros mismos pensamos
con naturalidad que, cuando se habla de pecadores, se trata de
los demás. Y he aquí que se presenta la ocasión, inesperada, sorprendente,
que nos convence de que también nosotros pertenecemos a la familia
de los pecadores.
Los santos, sabían muy
bien que eran pecadores y lo decían con frecuencia porque eran
conscientes de que así es.
Sin embargo, para que
los que nos cegamos con nuestros propios méritos, la Providencia
se complace en suscitar inopinadamente la ocasión de desengañarnos,
como le sucedió al hijo mayor.
Detrás de ese exterior
suyo virtuoso, se muestran de repente los malos sentimientos.
En un instante, ese modelo de obediencia va a revelarse como ambicioso,
envidioso, avaro, malvado, duro.
Todos
somos egoístas, todos somos pecadores. Habría motivos para desesperarse,
si nuestro Señor no hubiera venido a llamar a los pecadores y
no a los justos.
Por eso esta parábola,
que en lugar de llamarse “El hijo pródigo”, debería llamarse la
parábola del “Padre misericordioso”, nos deja una enseñanza y
es que nuestro Padre, siempre nos espera, la vuelta a Dios es
siempre posible, por disparatados que hayan sido nuestros caminos
en el pasado.
Pidamos al Señor hoy, la gracia de una sincera conversión
que nos haga capaces de volver a Dios, desde el lugar en que estemos
hoy. |