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Lectura
del Profesta Isaías, 52, 13 - 53, 12
Mirad,
mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá
mucho. Como muchos se espantaron de él, porque desfigurado
no parecía hombre, ni tenía aspecto humano; así
asombrará a muchos pueblos: ante El los reyes cerrarán
la boca, al ver algo inenarrable y contemplar algo inaudito. ¿Quién
creyó nuestro anuncio? ¿A quién se reveló
el brazo del Señor?
Creció en su presencia como un brote, como raíz
en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin
aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como
un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual
se ocultan los rostros; despreciado y desestimado. Él soportó
nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros
lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por
nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro
castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron.
Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino,
y el Señor cargó sobre él todos nuestros
crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no
abría la boca; como un cordero llevado al matadero, como
oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la
boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron. ¿Quién
meditó en su destino?
Lo
arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo
lo hirieron. Le dieron sepultura con los malhechores; porque murió
con los malvados, aunque no había cometido crímenes,
ni hubo engaño en su boca. El Señor quiso triturarlo
con el sufrimiento. Cuando entregue su vida como expiación,
verá su descendencia, prolongará sus años;
lo que el Señor quiere prosperará por sus manos.
A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará;
con lo aprendido, mi Siervo justificará a muchos, cargando
con los crímenes de ellos.
Por
eso le daré una parte entre los grandes, con los poderosos
tendrá parte en los despojos; porque expuso su vida a la
muerte y fue contado entre los pecadores, y él tomó
el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 30, 2 y 6. 12-13. 15-16. 17 y 25 (R.: Lc
23, 46)
R. Padre,a tus manos encomiendo mi espíritu.
A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú que eres justo, ponme a salvo.
A
tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás. R.
Soy
la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos;
me ven por la calle y escapan de mí.
Me
han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil. R.
Pero yo confío en ti, Señor,
te digo: «Tú eres mi Dios.»
En tu mano están mis azares;
líbrame de los enemigos que me persiguen.R.
Haz
brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sed fuertes y valientes de corazón,
los que esperáis en el Señor.R.
Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16;
5, 7-9
Hermanos:
Tenemos un Sumo Sacerdote que penetró los cielos -Jesús
el Hijo de Dios-. Mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues
no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras
flaquezas, sino probado en todo, igual que nosotros, excepto en
el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono
de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para
ser socorridos en el tiempo oportuno.
Cristo,
en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas,
presentó oraciones y súplicas al que podía
salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su actitud reverente.
El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer.
Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos
los que obedecen en autor de salvación eterna.
Palabra de Dios.
x
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según
san Juan 18, 1-19, 42
C.
En aquel tiempo Jesús salió con sus discípulos
al otro lado del torrente Cedrón, donde había un
huerto, y entraron allí él y sus discípulos.
Judas, el traidor, conocía también el sitio, porque
Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos.
Judas entonces, tomando la patrulla y unos guardias de los sumos
sacerdotes y de los fariseos entró allá con faroles,
antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía
sobre él, se adelantó y les dijo:
+ -¿A quién buscáis?
C. Le contestaron:
S. -A Jesús el Nazareno.
C. Les dijo Jesús:
+ -Yo soy.
C. Estaba también con ellos
Judas el traidor. Al decirles «Yo soy», retrocedieron
y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+.
-¿A quién buscáis?
C.
Ellos dijeron:
S. -A Jesús el Nazareno.
C. Jesús contestó:
+. -Os he dicho que soy yo. Si me
buscáis a mí, dejad marchar a éstos.
C.
Y así se cumplió lo que había dicho: «No
he perdido a ninguno de los que me diste.»
Entonces
Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió
al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha.
Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+. -Mete la espada en la vaina. El
cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?
C. La patrulla, el tribuno y los
guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron
y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás,
sumo sacerdote aquel año, el que había dado a los
judíos este consejo: «Conviene que muera un solo
hombre por el pueblo.»
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús.
Ese discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró
con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro
se quedó fuera, a la puerta. Salió el otro discípulo,
el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo
entrar a Pedro. La portera dijo entonces a Pedro:
S. -¿No eres tú también
de los discípulos de ese hombre?
C. El dijo:
S. -No lo soy.
C. Los criados y los guardias habían
encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban.
También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus
discípulos y de la doctrina.
Jesús le contestó:
+. -Yo he hablado abiertamente al
mundo: yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en
el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no
he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas
a mí? Interroga a los que me han oído, de qué
les he hablado. Ellos saben lo que he dicho yo.
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias
que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. -¿Así contestas
al sumo sacerdote?
C. Jesús respondió:
-Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero
si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?
C. Entonces Anás lo envió
a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba de
pie, calentándose, y le dijeron:
S. -¿No eres tú también
de sus discípulos?
C. Ello negó diciendo:
S. -No lo soy.
C. Uno de los criados del sumo sacerdote,
pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. -¿No te he visto yo con
él en el huerto?
C. Pedro volvió a negar, y
en seguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de casa
de Caifás al Pretorio. Era el amanecer y ellos no entraron
en el Pretorio para no incurrir en impureza y poder así
comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos
y dijo:
S. -¿Qué acusación
presentáis contra este hombre?
C. Le contestaron:
S. -Si éste no fuera un malhechor,
no te lo entregaríamos.
C. Pilato les dijo:
S. -Lleváoslo vosotros y juzgadlo
según vuestra ley.
C. Los judíos le dijeron:
S. -No estamos autorizados para dar
muerte a nadie.
C. Y así se cumplió
lo que había dicho Jesús, indicando de qué
muerte iba a morir.
Entró otra vez Pilato en el Pretorio, llamó a Jesús
y le dijo:
S. -¿Eres tú el rey
de los judíos?
C. Jesús le contestó:
+. -¿Dices eso por tu cuenta
o te lo han dicho otros de mí?
C. Pilato replicó:
S. -¿Acaso soy yo judío?
Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí;
¿qué has hecho?
C. Jesús le contestó:
+. -Mi reino no es de este mundo.
Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado
para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino
no es de aquí.
C. Pilato le dijo:
S. -Conque, ¿tú eres
rey?
C. Jesús le contestó:
+. -Tú lo dices: Soy rey.
Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser
testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi
voz.
C. Pilato le dijo:
S. -Y, ¿qué es la verdad?
C. Dicho esto, salió otra
vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. -Yo no encuentro en él
ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga
a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey
de los judíos?
C. Volvieron a gritar:
S. -A ése no, a Barrabás.
Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar.
Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron
en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura;
y, acercándose a él, le decían:
S. -¡Salve, rey de los judíos!
C. Y le daban bofetadas.
Pilato salió otra vez afuera y les dijo:
S. -Mirad, os lo saco afuera, para
que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa.
C. Y salió Jesús afuera,
llevando la corona de espinas y el manto color púrpura.
Pilato les dijo:
S. -Aquí lo tenéis.
C. Cuando lo vieron los sacerdotes
y los guardias gritaron:
S. -¡Crucifícalo, crucifícalo!
C. Pilato les dijo:
S. -Lleváoslo vosotros y crucificadlo,
porque yo no encuentro culpa en él.
C. Los judíos le contestaron:
S. -Nosotros tenemos una ley, y según
esa ley tiene que morir, porque se ha declarado Hijo de Dios.
C. Cuando Pilato oyó estas
palabras, se asustó aún más y, entrando otra
vez en el Pretorio, dijo a Jesús:
S. -¿De dónde eres
tú?
C. Pero Jesús no le dio respuesta.
Y Pilato le dijo:
S. -¿A mí no me hablas?
¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad
para crucificarte?
C. Jesús le contestó:
+. -No tendrías ninguna autoridad
sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso
el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor.
C. Desde este momento Pilato trataba
de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. -Si sueltas a ése, no eres
amigo del César. Todo el que se declara rey está
contra el César.
C. Pilato entonces, al oír
estas palabras, sacó afuera a Jesús y lo sentó
en el tribunal en el sitio que llaman «El Enlosado»
(en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación
de la Pascua, hacia el mediodía.
Y dijo Pilato a los judíos:
S. -Aquí tenéis a vuestro
Rey.
C. Ellos gritaron:
S. -¡Fuera, fuera; crucifícalo!
C. Pilato les dijo:
S. -¿A vuestro rey voy a crucificar?
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. -No tenemos más rey que
al César.
C. Entonces se lo entregó
para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y él,
cargando con la cruz, salió al sitio llamado «de
la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde
lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado,
y en medio Jesús. Y Pilato escribió un letrero y
lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: JESUS
EL NAZARENO, EL REY DE LOS JUDIOS.
Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el
lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo,
latín y griego.
Entonces los sumos sacerdotes de los judíos le dijeron
a Pilato:
S. -No escribas «El rey de
los judíos», sino «Este ha dicho: Soy rey de
los judíos.
C. Pilato les contestó:
S. -Lo escrito, escrito está.
C. Los soldados, cuando crucificaron
a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una
para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica
sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. -No la rasguemos, sino echemos
a suertes a ver a quién le toca.
C. Así se cumplió la
Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte
mi túnica.»
Esto hicieron los soldados.
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de
su madre María la de Cleofás, y María la
Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo
que tanto quería, dijo a su madre:
+. -Mujer, ahí tienes a tu
hijo.
C. Luego dijo al discípulo:
+. -Ahí tienes a tu madre.
C. Y desde aquella hora, el discípulo
la recibió en su casa.
Después de esto, sabiendo Jesús que todo había
llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura
dijo:
+. -Tengo sed.
C. Había allí un jarro
lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre
a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús,
cuando tomó el vinagre dijo:
+. -Está cumplido.
C.
E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Los
judíos entonces, como era el día de la Preparacion,
para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado,
porque aquel sábado era un día solemne, pidieron
a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron
los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro
que habían crucificado con él; pero al llegar a
Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron
las piernas, sino que uno de los soldados con la lanza le traspasó
el costado y al punto salió sangre y agua. El que lo vio
da testimonio y su testimonio es verdadero y él sabe que
dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto
ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le
quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura
dice: «Mirarán al que atravesaron.»
Después
de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino
de Jesús por miedo a los judíos, pidió a
Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato
lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el
cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había
ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura
de mirra y áloe.
Tomaron
el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas,
según se acostumbra a enterrar entre los judíos.
Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en
el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado
todavía. Y como para las judíos era el día
de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron
allí a Jesús.
Palabra
del Señor.
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| MEDITACIÓN:
"POR
AMOR MURIÓ EL SEÑOR" |
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Hoy,
Viernes Santo, hágamos el próposito de vivir con
la mayor devoción y amor, el día de la muerte de
Jesús, Nuestro Redentor.
En un día como hoy, hace dos mil años, Jesús
fue clavado en la Cruz.
Toda su vida estuvo dirigida a este momento supremo.
Ahora apenas logra llegar, exhausto, a la cima del Calvario. En
seguida lo tienden sobre el suelo y comienzan a clavarlo en el
madero. Introducen los hierros, primero en las manos, con desgarro
de nervios y carne. Luego es izado hasta quedar erguido sobre
el palo vertical que está fijo en el suelo. Entonces le
clavan los pies. María, su Madre, contempla toda la escena.
El Señor está firmemente clavado en la cruz. Había
esperado en ella muchos años y aquel día se iba
a cumplir su deseo de redimir a los hombres. La cruz, que hasta
ese momento había sido un instrumento infame y deshonroso,
se convertía en árbol de la vida y escalera de gloria.
Una honda alegría le llenaba al extender los brazos sobre
la cruz, para que supieran todos que así de abiertos tendría
siempre los brazos para los pecadores que se acercaran a El.
Jesús está clavado en la cruz. A su alrededor hay
un espectáculo desolador. Algunos pasan y le injurian.
Los príncipes de los sacerdotes, más hirientes,
se burlan,. Y otros, indiferentes, miran el acontecimiento. Muchos
de los que lo rodean, lo habían visto hacer milagros.
No hay reproches en los ojos de Jesús. Solo piedad y compasión.
Le ofrecen vino con mirra. Jesús lo probó por gratitud
al que se lo daba, pero no quiso beberlo para apurar el cáliz
del dolor.
Se pregunta y responde San Agustín: ¿Porque tanto
padecimiento? Todo lo que padeció es el precio de nuestro
rescate. No se contentó con sufrir un poco: quiso agotar
el cáliz, sin reservarse nada para que aprendiéramos
la grandeza de su amor.
La crucifixión era la ejecución más cruel
y degradante que se conocía en la antigüedad. Un ciudadano
romano no podía ser crucificado. La muerte sobrevenía
después de una larga agonía.
Desde los tiempos de los apóstoles hasta nuestros días
muchos son los que se niegan a aceptar a un Dios hecho hombre
que muere en un madero para salvarnos: el drama de la Cruz sigue
siendo motivo de escándalo para los judíos y locura
para los gentiles. Desde siempre, y ahora también, ha existido
la tentación de desvirtuar el sentido de la Cruz.
El amor de cada cristiano al Señor necesita del conocimiento
completo de su vida, y también de este capítulo
de la Cruz. En ella se consuma nuestra Redención. En ella
encuentra sentido el dolor humano. En ella conocemos la malicia
del pecado y el amor de Dios por cada hombre. No quedemos nunca
indiferentes ante un Crucifijo
Los frutos de la Cruz no se hicieron esperar. Uno de los ladrones,
después de reconocer sus pecados, se dirige a Jesús:
Señor, acuérdate de mí cuando estés
en tu Reino. Le habla con la confianza de ser compañero
de suplicio. Para convertirse en discípulo de Cristo este
ladrón no ha necesitado ningún milagro. Le bastó
contemplar de cerca el sufrimiento del Señor. Son muchos
los convertidos al meditar los hechos de la Pasión recogidos
en los Evangelios.
Escuchó el Señor aquella voz que le reconocía
como Dios: Yo te aseguro que hoy mismo estarás conmigo
en el Paraíso
Muy cerca de Jesús está su Madre. También
está allí Juan, el más joven de los Apóstoles.
Jesús viendo a su Madre y al discípulo a quien
amaba, que estaba allí, dijo a su madre: Mujer, he ahí
a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu
madre. Y desde aquel momento el discípulo la recibió
en su casa.
Jesús, después de darse a sí mismo en la
Última Cena, nos da ahora lo que más quiere en la
tierra, lo más preciado que le queda. Le han despojado
de todo. Y El nos dá a María como Madre nuestra.
.... Se apaga la luminaria del cielo, y la tierra queda sumida
en tinieblas. Son cerca de las tres, cuando Jesús exclama:
Elí, Elí, lamma sabachtani?! Esto es: Dios
mío, Dios mío, ¿porque me has abandonado?
Después, sabiendo que todas las cosas están a punto
de ser consumadas, para que se cumpla la Escritura, dice:
Tengo sed
Los soldados empapan en vinagre una esponja, y poniéndola
en una caña de hisopo se la acercan a la boca. Jesús
sorbe el vinagre, y exclama:
Todo está cumplido
El velo del templo se rasga, y tiembla la tierra, cuando clama
el Señor con una gran voz:
Padre, en tus manos encomiendo mí espíritu
Y expira.
.... Ahora ha pasado todo. Se ha cumplido la obra de nuestra Redención.
Ya somos hijos de Dios, porque Jesús ha muerto por nosotros,
y su muerte nos ha rescatado.
... Pidamos a María, ella que permaneció junto a
Jesús durante la Crucifixión, que nos ayude a no
separarnos nunca de su Hijo y a amarlo cada día más.
Otras homilias
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Nexo
entre las lecturas
Las
lecturas de la liturgia de este viernes santo se centran en el
misterio de la Cruz. Misterio que no alcanzamos a agotar o a comprender
plenamente, por más que reverentemente nos acerquemos a
él. Sin embargo, en las lecturas de la celebración
de la Pasión hay un elemento común, como bien anota
Hans Urs von Balthasar : todo lo que aquí tiene lugar es
propter nos, a favor nuestro. Todo lo
que tiene lugar es expresión del maravilloso designio de
salvación de Dios que ha hecho cosas grandes en favor de
los hombres. El siervo de Yahveh de la primera lectura, prefiguración
de Cristo, sufre de forma vicaria por su pueblo. El castigo
que nos trae la paz cayó sobre él y por sus llagas
hemos sido curados. El sumo sacerdote de la carta a los
Hebreos, en la segunda lectura, se ofrece en medio de lágrimas
y angustias y se convierte así en autor de nuestra salvación.
El Rey de los judíos que nos muestra la pasión de
san Juan cumple en favor de los hombres todo lo que estaba
de él escrito en la Sagrada Escritura.
Mensaje
doctrinal
1.
Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre. En
el cuarto cántico del siervo de Yahveh leemos: Maltratado,
voluntariamente se humillaba y no abría la boca.
Queda patente pues la libre decisión del siervo de ofrecerse
en rescate por sus hermanos. Jesús, prefigurado en el cántico,
acepta de modo libre y voluntario la misión que le ha correspondido
en la salvación de los hombres. Podemos decir que hay un
perfecto acuerdo entre el amor del Padre y su designio
redentor, y el amor de Cristo y su plena disponibilidad al sacrificio.
Jesús,
al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia
los hombres, "los amó hasta el extremo" (Jn 13,
1) porque "Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por
sus amigos" (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en
la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto
de su amor divino que quiere la salvación de los hombres
(cf. Hb 2, 10. 17_18; 4, 15; 5, 7_9). En efecto, aceptó
libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y
a los hombres que el Padre quiere salvar: "Nadie me quita
la vida; yo la doy voluntariamente" (Jn 10, 18). De aquí
la soberana libertad del Hijo de Dios cuando él mismo se
encamina hacia la muerte (cf. Jn 18, 4_6; Mt 26, 53). (Cfr. Catecismo
de la Iglesia Católica 609).
El
cristiano está invitado a aceptar libremente la voluntad
de Dios sobre él como un camino de redención y salvación.
Es necesario mirar a Cristo y ver su hoja de ruta, su ejecutoria,
para darse cuenta que la voluntad de Dios no es fácil de
comprender, ni de vivir con fidelidad; sin embargo, no cabe duda
que es una voluntad salvífica. Dios quiere que todos
los hombres se salven. Cuando nos resistimos a aceptar la
voluntad de Dios, sobre todo cuando ésta supone sacrificio,
dolor y muerte, nos resistimos también a aceptar su amor.
Cristo nos enseña que en la humilde, pero gozosa y fiel
sumisión a la voluntad del Padre, se encuentra el camino
del amor. Cristo mismo experimentó la sensación
de abandono por parte del Padre en la cruz, Dios mío, Dios
mío , ¿Por qué me has abandonado?
El
grito de Jesús en la cruz, queridos hermanos y hermanas
nos dice Juan Pablo II-, no delata la angustia de un desesperado,
sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en
el amor para la salvación de todos. Mientras se identifica
con nuestro pecado, « abandonado » por el Padre, él
se « abandona » en las manos del Padre. Fija sus ojos
en el Padre. Precisamente por el conocimiento y la experiencia
que sólo él tiene de Dios, incluso en este momento
de oscuridad ve límpidamente la gravedad del pecado y sufre
por esto. Sólo él, que ve al Padre y lo goza plenamente,
valora profundamente qué significa resistir con el pecado
a su amor. Antes aun, y mucho más que en el cuerpo, su
pasión es sufrimiento atroz del alma. La tradición
teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús
pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre,
fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía
hasta el grito de abandono. La copresencia de estas dos dimensiones
aparentemente inconciliables está arraigada realmente en
la profundidad insondable de la unión hipostática.
Novo Millennio Ineunte 26
2. Jesús es entregado según el preciso designio
de Dios. Es un misterio el designio preciso de Dios por el que
Jesús es entregado al sufrimiento y a la muerte. La
muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar, en una
desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al
misterio del designio de Dios, como lo explica S. Pedro a los
judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de
Pentecostés: "fue entregado según el determinado
designio y previo conocimiento de Dios" (Hch 2, 23). Este
lenguaje bíblico no significa que los que han "entregado
a Jesús" (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos
de un drama escrito de antemano por Dios. (Catecismo de
la Iglesia Católica 599).
Jesús
es entregado según el designio de Dios, pero Jesús,
al mismo tiempo hace oblación de sí mismo. Nadie
le quita la vida, él la da por sí mismo. He aquí
el acuerdo pleno de voluntades: la voluntad del Padre,
la voluntad del Hijo.
Es
preciso que cada cristiano descubra en su propia vida el designio
preciso de Dios, que lo medite en su corazón, que
se adentre en la voluntad salvífica del Padre y que, como
Cristo, preste su pleno consentimiento a la misión que
se le encomienda. Cada uno tiene su tarea en la vida, tiene su
misión que debe cumplir. Misión ardua, pero que
si se realiza mirando a Cristo e imitándolo, se convierte
en misión fecunda y plena de satisfacciones. No temamos
la cruz que el Señor nos regala, pues es una cruz de amor.
No temamos los golpes de Dios, pues son golpes de amor.
Sugerencias pastorales
1.
El cumplimiento de la propia misión en el amor. La contemplación
de Cristo muerto en cruz nos confunde, pero al mismo tiempo nos
adentra en el amor y en el sentido de la propia existencia. Mi
vida vale el cuerpo y la sangre del Hijo de Dios; mi vida ha sido
objeto del increíble amor del Padre de las misericordias.
Por eso, mi vida tiene un valor en la historia de la salvación.
Como cristiano he sido injertado en el misterio de Cristo y voy
reproduciendo día a día los misterios de Cristo,
como diría san Juan Eudes:
El
Hijo de Dios quiere llevar a término en nosotros los misterios
de su encarnación, de su nacimiento, de su vida oculta,
formándose en nosotros y volviendo a nacer en nuestras
almas por los santos sacramentos del bautismo y de la sagrada
eucaristía, y haciendo que llevemos una vida espiritual
e interior, oculta con él en Dios. Quiere completar en
nosotros el misterio de su pasión, muerte y resurrección,
haciendo que suframos, muramos y resucitemos con él y en
él.
Así
pues, injertados en Cristo, por el bautismo, vamos reproduciendo
con nuestra vida su misterio, vamos completando en nosotros lo
que falta a la pasión de Cristo. ¡Que nadie se sienta
excluido! ¡Que todos hoy perciban el valor de su vida cristiana
escondida con Cristo en Dios! La contemplación de la cruz
debe ponernos nuevamente en pie y por los caminos de la misión.
Cristo en cruz me ha asociado a su misterio de cruz y a su gloriosa
resurrección.
2. El abandono en la voluntad de Dios. Este día nos ofrece
la ocasión de renovar nuestra incondicional adhesión
a la voluntad de Dios, aunque esta voluntad me exija desprendimiento
y sacrificio. George Bernanos en una página célebre
de su diálogo de las carmelitas hace exclamar
a la madre María de la Encarnación:
Una
sola cosa importa,
y es que valientes o cobardes,
nos hallemos, siempre, en donde Dios nos quiere,
fiándonos del Él para el resto.
Sí, no hay otro remedio para el miedo
que arrojarse ciegamente en la voluntad de Dios,
a la manera que un ciervo perseguido por los perros,
se arroja en el agua fresca y negra.
(Madre
María de la Encarnación a Sor Blanca).
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