|
Hoy
la Palabra de Dios nos invita a ir preguntándonos ¿cuál
es la nota característica y única de la comunidad
cristiana y que la distingue de cualquier otra?
¿Cuál
es el aporte original de la fe cristiana al mundo de hoy?
Cuando
Marcos escribe su evangelio, la comunidad cristiana, acababa de
tomar conciencia de que el cristianismo no era una simple modificación
del judaísmo o una forma más perfecta
de vivirlo, sino que con Jesús se había introducido
un cambio radical. Toda la Antigua Alianza preparaba
la venida de Jesús, y a eso apuntaban sus instituciones
y sus ritos. Cuando el Mesías llega, cuando está
entre ellos, esas instituciones y ritos antiguos, pierden su sentido
original.
¿Qué
importancia tiene esto para nosotros hoy?
Si
bien nosotros no tenemos las prácticas del pueblo judío,
también muchas veces vivimos un cierto tipo de religiosidad,
-que si bien tiene otro nombre- sigue sosteniendo el estilo religioso
que Cristo vino a superar totalmente.
Lo
que hoy nos dice Marcos es un buen ejemplo, porque nos habla del
ayuno, una institución que existe y existió
en todas las religiones y que tuvo especial importancia en el
judaísmo. También perduró en la Iglesia y
se la practica hasta nuestros días.
¿Cuál
es el sentido de esta práctica dentro de la Iglesia? ¿Porqué
Jesús se opone al ayuno al modo de los fariseos y de los
discípulos de Juan el Bautista?
Según
la Ley, los judíos solamente estaban obligados a ayunar
un día al año, el día de la reconciliación,
y en algunas ocasiones muy especiales como en caso de epidemias,
guerra o grandes pecados públicos.
Pero...,
la gente piadosa, solía ayunar además,
dos veces por semana.
Eso
es lo que reprochan los fariseos a Jesús. Si bien no estaba
mandado, ese ayuno dos veces por semana, era una forma
de decirle a Dios hasta qué punto llegaba su devoción
hacia él.
Para
comprender mejor todo este pasaje, vale la pena explicar que en
el mundo bíblico, el ayuno el acto de no comer durante
todo un día- tenía el sentido, de renunciar al alimento
que es un don de Dios y es necesario para la vida física-,
expresando así a Dios que se estaba a su total disposición
y que, incluso se era capaz de renunciar a los alimentos porque
Dios era el alimento vital del creyente.
Por
ese motivo, cuando una persona se disponía a realizar un
acto importante en nombre de Dios como, por ejemplo, iniciar
una predicación profética-, solía pasar un
día o varios (hasta cuarenta), en ayuno como manifestación
externa de un vaciamiento interior para dejarse penetrar totalmente
por el alimento divino de la Palabra.
Es
por este motivo por el que el ayuno iba acompañado de la
oración y de actos de caridad hacia el prójimo con
el fin de purificar al máximo la actitud interna del corazón.
Como
se ve, el ayuno supone una espera del Señor,
del Señor que aún no ha llegado y que nos pide preparar
el camino con la pobreza del corazón, cuya manifestación
era el ayuno. El renunciar a los alimentos era un signo de que
la renuncia interior era auténtica.
Entonces,
el ayuno tiene un sentido auténticamente religioso. Pero
también puede ser deformado cuando se lo realiza como una
manifestación pública de piedad que nos señala
ante los demás como hombres religiosos, descuidando su
sentido de pobreza interior.
Y
ésta, fue la deformación en la que cayeron
muchos fariseos, que hicieron del ayuno un fin en sí mismo,
un rito cerrado que era presentado a Dios como exigencia
de otros bienes divinos.
Ahora
estamos en condiciones de entender mejor la respuesta de Jesús.
Está
bien ayunar cuando se espera al Señor, para que Él
encuentre un corazón vacío del egoísmo, así
como el cuerpo se vacía de alimentos.
Pero,
¿cómo pedir a sus discípulos que ayunen si
ya no tienen por qué esperar al Señor, porque Él
ya ha llegado?
Alguien
podría preguntarse ahora, por qué en la Iglesia
se continuó con la práctica del ayuno, durante el
tiempo de Adviento y Cuaresma, si ya el Señor ha llegado
y permanece en ella.
Si
bien Jesús ha llegado históricamente, la Iglesia
espera, su segunda venida, la Parusía.
En
ese momento finalizará el tiempo de espera y finalizará
el tiempo de ayuno.
La
comunidad cristiana se diferencia de la judaica, no tanto por
las cosas o prácticas que realice, sino por el sentido
con que lo hace. El cristiano vive una experiencia de Dios encarnado
en la historia; vive gozando una nueva vida.
Quien
más insistió en esta idea fue san Pablo, que tanto
tuvo que luchar contra los cristianos judaizantes.
Escribe
en la segunda lectura de la Misa de hoy, en la segunda carta a
los Corintios:
Evidentemente
ustedes son una carta que Cristo escribió por intermedio
nuestro, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente,
no en tablas de piedra, sino de carne, es decir, en los corazones.
El nos ha capacitado para que seamos los ministros de una Nueva
Alianza, que no reside en la letra, sino en el Espíritu;
porque la letra mata, pero el Espíritu da vida.
Desde
esta perspectiva, podemos entrever cómo el evangelio de
hoy tiene vigencia aún para nosotros: no son las
prácticas y los ritos lo importante de la religión
cristiana, sino la unión con el Espíritu
de Cristo.
Los
cristianos hoy corremos el riesgo de creer que la fe consiste
en ejecutar el mayor número de actos religiosos, o piadosos.
La
fe cristiana es un don de Dios, es un regalo
que debe sumergirnos en la alegría, en el amor,
en el servicio fraterno, en la libertad de espíritu.
Con
cierta frecuencia los cristianos hemos caído en la tentación
de convertir en fin de sí mismos a ciertos actos, rezos
o prácticas que no deben tener otro objetivo que el de
revelar a Cristo.
Suele
suceder, en cambio, que velamos a Cristo y nos quedemos en un
sinnúmero de cosas llamadas religiosas, pero que no tienen
sentido si no nos llevan a comprender mejor la Palabra de Dios
y a vivirla al modo de Cristo.
Basta
observar como practicamos el ayuno en esta sociedad de consumo
que vivimos. Es una verdadera caricatura...
¿Qué
cambia en nosotros el dejar de comer un poco un día o dos
al año?
Si
el ayuno es tan sólo un símbolo, ¿cuál
es la realidad profunda que se exterioriza en él?
La
fe cristiana no consiste en comer unos gramos de más o
de menos. El texto de Oseas nos dice algo muy distinto: "tenemos
que unirnos a Dios en el derecho y en la justicia, en la misericordia
y en la compasión".
Vivir
así es lo que nos exige realmente una gran renuncia de
corazón. Ése es nuestro principal ayuno.
Pidámosle
hoy al Señor que seamos un odre nuevo, una
comunidad nueva, capaz de contener ese vino
nuevo que es Cristo y anunciarlo al mundo con nuestro testimonio.
|