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Homilía
1
Si
tuviésemos que resaltar una palabra del evangelio de la transfiguración,
tal vez esa palabra sería "escuchad". Tal vez por eso,
me acordé de un chiste bastante gracioso que escuché hace tiempo
que contaba que un general llegó y le dijo al coronel: «Coronel,
mañana tendrá lugar un eclipse de sol. Por tanto, los soldados
deberán estar en formación en el patio del cuartel para ver este
extraño fenómeno que no acontece todos los días. Si llueve, cosa
poco probable, se quedarán dentro de la compañía»
El coronel fue a ver al capitán y le dijo: «Por orden del general,
mañana tendrá lugar un eclipse de sol. Si llueve, cosa poco probable,
los soldados se quedarán en el patio del cuartel para contemplar
este fenómeno que no ocurre todos los días. En caso contrario,
se quedarán dentro de la compañía.
El capitán fue al teniente y le dijo: «Mañana el general va a
eclipsarse en el patio del cuartel. Para ver este fenómeno tan
extraño que no acontece todos los días, los soldados formarán
dentro de la compañía. Si llueve, cosa poco frecuente, lo verán
desde el patio del cuartel»
El teniente dijo a los soldados: «Mañana todos los soldados tienen
que eclipsarse en el patio del cuartel, cosa que no acontece todos
los días. Para ver este fenómeno tan extraño el general ordenará
que llueva dentro de la compañía»
Después de escuchar esto, los soldados comentaron entre ellos
todo preocupados: «¡Eh! ¡Tenemos que hacer alguna cosa para
no eclipsarnos mañana! ¡Si no, el general va a mojase dentro de
la compañía!
Tal vez lo que nos ocurre a muchos cristianos es algo parecido
a lo que ocurrió a los personajes de este chiste. Escuchamos un
día la Buena Noticia de Jesús, pero después de tantos años quizá
deberíamos preguntarnos si el evangelio que hemos hecho propio
es el auténtico evangelio de Jesús. Esta pregunta está justificada
porque, de hecho, si escuchamos a varios cristianos hablar sobre
Dios, la Iglesia... resulta que salen versiones de lo más variopintas.
Y al final cabe preguntarse: ¿qué versión es la correcta? ¿Todas
o ninguna?
Cuando la voz del Padre se dejó oír aquel día y pronunció la
palabra: "Escuchad", es posible que lo que nos quería
decir es que nos dejásemos de interpretar el evangelio para salirnos
con la nuestras; que nos dejásemos de coger del evangelio lo que
nos interesa y dejas lo que nos incomoda; que dejásemos de vivir
una fe contruída desde nuestra ideas, en vez de vivir una fe como
Jesús predicó.
Esto no es fácil. Los mismos discípulos en muchas ocasiones oían
a Jesús una cosa y hacían otra: cuando Jesús decía que había que
ser humildes, que los últimos serían los primeros, ellos se preocupaban
en seguida por descubrir quién era el más importante; cuando les
hablaba de la cruz, ellos intentaba convencer al maestro de que
aquella idea era una locura...
También esto nos ocurre a nosotros. También nosotros, como los
protagonistas de la historia, escuchamos una cosa y después desvirtuamos
lo que hemos recibido. Por eso hoy la palabra "escuchad"
debe tener un sentido especial. Escucharle sólo a él. Porque,
desgraciadamente, no es sólo a él a quien escuchamos...
Homilía
2
En
este segundo domingo de Cuaresma la liturgia nos invita a meditar
el misterio de la Transfiguración de Jesús. En la
soledad del monte Tabor, presentes Pedro, Santiago y Juan, únicos
testigos privilegiados de ese acontecimiento, Jesús es
revestido, también exteriormente, de la gloria de Hijo
de Dios, que le pertenece. Su rostro se vuelve luminoso; sus vestidos,
brillantes. Aparecen Moisés y Elías, que conversan
con él sobre el cumplimiento de su misión terrena,
destinada a concluirse en Jerusalén con su muerte en la
cruz y con su resurrección. En la Transfiguración
se hace visible por un momento la luz divina que se revelará
plenamente en el misterio pascual.
La
transfiguración del Señor es un acontecimiento clave,
no sólo en la misión salvadora de Jesús que
el Padre le ha confiado, sino también por la experiencia
de fe de los discípulos, que caminan con él hacia
la misma meta, y de toda la comunidad de los creyentes que peregrinan
hacia la Pascua eterna.
Así, pues, Jesús está de camino hacia Jerusalén,
donde deberá "sufrir mucho y ser reprobado por los
ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser atado y resucitar
a los tres días" Allí se cumplirán las
antiguas profecías que habían anunciado la venida
del Mesías, no como poderoso dominador o agitador político,
sino como servidor de Dios y de los hombres, que sufrirá
la persecución, el dolor y la muerte.
Al
reflexionar sobre este misterio, el Papa Juan Pablo II nos dice
que Jesús tiene delante una meta difícil, hacia
la que lo impulsa la voluntad de Dios y lo orienta su vocación
de "Siervo", y predice su conclusión, que será
al mismo tiempo trágica y gloriosa. Su humanidad, para
superar la prueba, tiene que ser "confirmada" por el
amor poderoso del Padre y confortada por la solidaridad de los
discípulos que caminan a su lado.
Y
así guía a los apóstoles hacia la comprensión
de lo que está a punto de cumplirse, de manera que se conviertan
en sus "compañeros" en el camino que deberá
recorrer hasta sus últimas consecuencias.
En
este camino hacia la cruz hay una pausa. Jesús sube al
monte con sus discípulos más fieles: Pedro, Santiago
y Juan. Allí, durante breves instantes, les hace entrever
su destino final: la gloriosa resurrección. Pero les anticipa
igualmente que antes es necesario seguirlo a lo largo del camino
de la pasión y de la cruz.
El
Papa nos dice que la "palabra de la cruz" debe transformar
nuestras vidas, viviendo el tiempo favorable de la Cuaresma, como
momento intenso de ese camino de fe y renovación.
Es
muy importante que el itinerario espiritual caracterice de manera
imborrable la existencia de fe personal. Sólo si pasamos
a través de la muerte, podremos llegar al triunfo de la
resurrección.
No
cabe duda alguna de que el camino es arduo. Exige responsabilidad,
valor y renuncia para poder hacer de la propia vida, siguiendo
el ejemplo de Cristo, un "don" de amor al Padre y a
los hermanos. Sólo de esta manera uno puede llegar a ser
capaz, merced al poder de Espíritu, de anunciar el "evangelio
de la cruz" y de realizar la "nueva evangelización"
que tiene su centro y su marco en Cristo crucificado y resucitado.
El
anuncio que llevan los discípulos es exigente, difícil
de comprender y, sobre todo, de acoger y vivir. Pero ellos no
están solos; están en comunión entre sí
y con Cristo, que murió y resucitó y que ahora,
a la diestra del Padre, intercede por ellos.
¡Esta
certidumbre, fundada en la fe, nos consuela en medio de las dificultades,
al tiempo que nos impulsa, a esperar contra toda esperanza!
Precisamente
para que esta esperanza no desaparezca, sino que crezca día
tras día es indispensable subir con Jesús al monte
y permanecer en su compañía; esto es, estar más
atentos a la voz de Dios y dejarse envolver y transformar por
el Espíritu. En otras palabras, ¡es necesaria la
experiencia de la contemplación y de la oración!
"La oración es un sumo bien. Es una comunión
íntima con Dios. Así como los ojos del cuerpo al
ver la luz se iluminan, así también el alma que
tiende hacia Dios es iluminada por la luz inefable de la oración"
No
se trata de buscar la evasión frente a las dificultades
de la vida diaria, sino el goce de la familiaridad con Dios. De
esta forma, es posible volver después con renovado vigor
al camino fatigoso de la cruz, que conduce a la resurrección.
Pidamos
hoy al Señor que nos ayude a "transfigurarnos",...
a transformar y a mejorar vuestras vidas a luz de su gracia,...
a caminar juntos en presencia del Señor y ser fieles a
Cristo, no sólo en este tiempo de Cuaresma del año
del Jubileo, sino también durante toda vuestra vida.
Homilía
3
¿Has
tenido alguna vez en tus manos un diamante o una perla preciosa?
Brilla por todas las partes por donde la mires. Pues así
es el Evangelio de este domingo. Podríamos mirarlo desde
muchísimos ángulos y descubriríamos una belleza
y un brillo muy singular en cualquier dirección. Pero hoy
tenemos que contentarnos con una sola mirada.
La
semana pasada meditábamos en la realidad del desierto como
imagen y camino de la vida cristiana. Hoy, el Evangelio nos ofrece
un escenario distinto, pero que es como otro símbolo paradigmático
de nuestro itinerario cuaresmal: la montaña.
En
el lenguaje bíblico y espiritual, la montaña, al
igual que el desierto, es un lugar privilegiado para la oración
y para el encuentro personal con Dios. El Sinaí, el Horeb,
el Tabor son nombres de las montañas más sagradas
que nos recuerda la Biblia. En ellas tuvieron lugar acontecimientos
decisivos del diálogo de Dios con los hombres. Eventos
de alianza, de salvación, de revelación divina y
de redención.
En
el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel ofrecía sacrificios
a Yahvéh en la cima de las montañas: Abraham, en
la tierra de Moriáh, sube a un monte para ofrecer a Dios
en sacrificio a su hijo Isaac; el Horeb es el lugar elegido por
Dios para manifestarse a Moisés y luego también
a Elías; en el monte Garizín los israelitas solían
adorar y elevar oraciones al Señor. Los mismos paganos
preferían los picachos y las cumbres de los montes para
ofrecer allí el incienso a sus dioses. Y en nuestras culturas
americanas nos basta sólo recordar ciudades sagradas como
Machu-Pichu o Tajín, o las elevadas cumbres de las pirámides
para comprobar su predilección por los lugares altos para
sus sacrificios. Lo mismo sucede en la espiritualidad cristiana
oriental y occidental de todos los tiempos: sobre las montañas
se yerguen grandes monasterios, abadías, templos, ermitas
y santuarios: Subiaco, Montecassino, el monte Athos, el monte
Carmelo, el cerro del Cubilete, el Cristo del Corcovado y una
infinidad más de lugares santos.
Jesucristo
nuestro Señor también solía ir al monte a
orar, en donde pasaba noches enteras a solas con su Padre. Quiso
escoger un monte para anunciar la carta magna de su Evangelio:
las bienaventuranzas; en el monte de los Olivos sufrió
aquellas horas terribles de su agonía, y en la cima de
un pequeño montículo derramó la última
gota de su sangre para redimirnos: el Calvario. Y, una vez resucitado,
escogió también un monte, en Galilea, para despedirse
de sus discípulos antes de ascender al cielo.
La
montaña, al igual que el desierto, es un lugar de silencio,
de soledad, de apartamiento del mundo y de las cosas de la tierra.
Exige un esfuerzo fatigoso de subida hacia Dios. Allí
arriba se está más cerca del cielo. Quizá
por eso nuestro Señor quiso escoger también una
montaña para realizar los eventos maravillosos de su transfiguración:
el Tabor.
Jesús
sube con Pedro, Santiago y Juan a la cima de la montaña.
Y allí nos dice el Evangelio se transfiguró
delante de ellos. ¡Quién pudiera haber estado
en ese momento con Cristo! ¿Qué fue lo que vieron,
lo que experimentaron, lo que oyeron esos tres discípulos
predilectos en esos momentos dichosos? ¡Fueron testigos
presenciales de la gloria de Dios! Sí. Vieron a Cristo
en todo el resplandor y en la belleza de su divinidad. Por unos
instantes Jesús dejó brillar toda la pureza y hermosura
de su condición de Hijo de Dios. Como hombre, siempre mantuvo
oculta su divinidad. Ahora es como si dejara explotar
toda su gloria de Dios por unos segundos. No hay palabras para
expresarlo. Era mucho más que un éxtasis o cualquier
otra revelación. Era un arrebato momentáneo al cielo.
Era... ¡el paraíso en la tierra! Por eso Pedro no
se contiene y, extasiado: Maestro exclama ¡qué
bien se está aquí!. Y quiere de pronto hacer
tres tiendas, para quedarse para siempre en ese lugar bienaventurado.
Y
enseguida se les aparecieron Moisés y Elías conversando
con Jesús. Los representantes máximos de la
Ley y los Profetas se presentan al lado de Cristo, en quien toda
la revelación divina llega a su culmen y a su perfección.
Ellos, los más grandes del pueblo elegido, vienen a rendir
veneración a Cristo y a dar testimonio de Él como
Mesías e Hijo de Dios.
Pero,
¿sabemos de qué hablaban? Sí. De la muerte
de Cristo, que tendría lugar en Jerusalén. En medio
de su gloria, habla Cristo de su muerte en la cruz. Ésa
sería su glorificación. ¡Paradojas
divinas! Y en medio de la visión se deja oír la
voz del Padre: Éste es mi Hijo amado; escúchenlo.
Imposible
comentar en espacio tan escaso algo tan sublime. Pero al menos
quedémonos con este mensaje: en esta Cuaresma Jesús
nos invita a subir con Él a la montaña para encontrarnos
a solas con Él y para descubrirnos los secretos inefables
del misterio y de la gloria de su divinidad. Pero se necesita
hacer silencio en el alma para entrar en oración y escuchar
la voz de Dios. Y necesitamos también subir
y dejar abajo las cosas de la tierra: el egoísmo, la vanidad,
la sensualidad, nuestros propios vicios y pasiones; en una palabra,
todo aquello que nos estorba para ir hacia Dios. Todo esto es
parte imprescindible del camino cuaresmal. Sólo dejando
el peso insoportable del pecado podemos subir. Y, una vez arriba,
en la montaña, contemplaremos el rostro bendito de Cristo
y escucharemos la voz del Padre, que nos invita a seguir a su
Hijo. ¿Por cuál camino? Por el de la cruz. No hay
gloria si no viene precedida antes por la pasión y la muerte.
Sólo así, muriendo al hombre viejo y pecador que
hay en nosotros, tendremos vida eterna. Por la cruz llegaremos
a la resurrección.
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