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Lectura del libro
de los Números. 62, 22-27
El
Señor habló a Moisés: «Di a Aarón
y a sus hijos: Esta es la fórmula con que bendeciréis
a los israelitas: “El Señor te bendiga y te proteja
, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor
se fije en ti y te conceda la paz . Así invocarán
mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré».
Palabra
de Dios.
SALMO Sal 66, 2-8
R.El Señor tenga piedad y nos bendiga.
El
Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.R.
Que
canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud y
gobiernas las naciones de la tierra.R.
Oh
Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines del orbe.R
Lectura de la carta
a los Gálatas 4, 4-7
Hermanos:
Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo,
nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que
estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos
por adopción. Como sois hijos, Dios envió a vuestros
corazones al Espíritu del Hijo, que clama: «¡Abbá!
(Padre)». Así que ya no eres esclavo, sino hijo;
y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.
Palabra
de Dios.
X Lectura del santo Evangelio según san Lucas 2, 16-21
En
aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron
a María y a José, y al niño acostado en el
pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de
aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de
lo que les decían los pastores. Y María conservaba
todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los
pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que
habían visto y oído; todo como les habían
dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al
niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había
llamado el ángel antes de su concepción.
Palabra
del Señor.
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| HOMILÍA:
"MARÍA:
MADRE DE DIOS" |
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En
este primer día del año, el Evangelio de hoy nos
invita a que nos fijemos en tres personajes que aparecen en el
Evangelio que acabamos de escuchar para hacer una sencilla reflexión
a partir de ellos:
Los
pastores
Podemos descubrir en lo que ellos hicieron un buen ejemplo de
cómo deberíamos empezar este año que comienza
con buen pie. Recibieron un anuncio en aquella noche de que algo
grande estaba sucediendo, de que el Mesías prometido, el
Salvador que esperaban, acababa de nacer… y su actitud es
la siguiente:
- Salen corriendo a su encuentro, dejándolo todo, conscientes
de que no pueden dejar pasar de largo la oportunidad de ver a
ese Mesías que se les anuncia. No suele ser esa nuestra
actitud; en muchas ocasiones nos anuncian posibilidades de encontrarnos
cara a cara con el Señor: nuestra parroquia nos ofrece
la posibilidad de un retiro o unos ejercicios espirituales, o
se nos invita a participar en alguna celebración especial,
o en una oración comunitaria, o a participar más
a menudo en grupos de oración, o a que estimulemos la práctica
del sacramento de la reconciliación, o a que descubramos
el rostro de ese Cristo en el enfermo, pobre o desamparado y nos
acerquemos a él para auxiliarle… y no salimos corriendo
a su encuentro: tenemos siempre buenas excusas que ofrecer, pensamos
que a nosotros esas cosas ya no nos hacen falta, o que no es necesario
complicarse tanto la vida para ser cristiano y vale con la misa
del domingo. Somos, al contrario que los pastores, los que ante
el anuncio de los ángeles se tapan los oídos y no
quieren salir al encuentro del Señor… o, como mucho,
en lugar de salir corriendo a su encuentro, nos dejamos arrastrar.
Los pastores nos enseñan más bien a correr al encuentro
del Señor.
- Descubren a Dios en lo pequeño. En un simple niño,
acostado en un pesebre, envuelto en pañales, desvalido,
sin fuerzas, vulnerable. El misterio de la Navidad, que volvemos
a celebrar en esta octava, es ése: ser capaces de descubrir
a ese Mesías encarnado, hecho concreto; descubrir a un
Dios que se hace presente y palpable en lo humano, que no usa
su categoría de Dios sino que se hace uno como nosotros.
Y nosotros, no como los pastores, que viéndole se arrodillaron
y le adoraron, más bien renegamos a veces de ese Dios.
Especialmente, cuando necesitamos que Dios se manifieste de manera
poderosa en nuestra vida (cuando nos falla la fe, cuando el dolor
se clava en nuestra existencia, cuando pedimos a gritos un milagro)
nos olvidamos que es el dios de la brisa y no del huracán;
que es el Dios de la sonrisa humana, y no de la carcajada ultramundana;
que es el dios que obra en el hombre, y no en extraños
casos de poderes ultraterrenos al más puro estilo ‘poltergeist’.
Los pastores nos enseñan a descubrir a ese Dios de lo pequeño,
a buscarle cerca de nosotros y a reconocerle en su adorable humanidad.
- Dan testimonio de lo que han visto. Nosotros a menudo contamos
con grandes ponderaciones muchas cosas: lo maravillosos que somos,
lo estupendamente bien que hacemos las cosas, lo mucho que nos
merecemos nuestros ascensos laborales y de cualquier otra índole…
nos deshacemos en halagos de quien nos cae bien y parece grandioso.
Aquellos pastores al contrario: alababan de palabra y de obra
a un niño recién nacido, a un ser indefenso, a alguien
que ya desde el momento de sólo verle cambió sus
vidas, aunque muy bien no sabían cómo ni cuándo
iba a salvarles. Dan testimonio de un Dios que deja de ser el
Dios terrible de las antiguas escrituras para ser el Dios que
encarna la viva imagen del amor dado y recibido. Los pastores
nos enseñan a hablar de ese Dios y no callarnos por miedo
a no saber hablar de él con teologías adecuadas
o, peor aún, porque parezca que se vayan a reir de alguien
que cree en un Dios tan despojado de los atributos clásicos
de la divinidad.
María
- No por muchas veces repetido deja de ser hoy menos importante:
contemplar de nuevo la Navidad a los ocho días es la ocasión
de mirar la misma fiesta, la de Dios hecho hombre, desde la perspectiva
de su Madre, María. Y en ella vemos la personificación
del amor más intenso que existe en el mundo, el de una
madre por su hijo, el fruto de sus entrañas. Así
es como María nos enseña a amar: desde dentro, apasionadamente,
del modo más altruista posible… pero es que Ella
además aparece así como otra Encarnación
del Amor de Dios. En este mundo y esta sociedad donde la imagen
del padre a veces aparece tan devaludada, Ella nos recuerda que
Dios nos ama con ese amor tan maternal, tan de cuidado íntimo,
profundo y definitivo. Y es así como el Señor nos
ofrece a María como modelo para que convirtamos nuestros
amores a veces tan descafeinados en el mismo amor que María
regala a Cristo y en Él a toda la humanidad.
- Y, como siempre, es frase tan central en la vida de María:
guardaba todas estas cosas en su corazón. Algunos estudiosos
de la sociedad actual dicen que vivimos en el tiempo del microondas:
tenemos relaciones con los demás muy rápidas, muy
intensas pero también muy efímeras. Nuestra vida
es como el microondas, y por eso a veces acabamos tan quemados
o dejando tan quemados a los demás. Necesitamos sobrecarga
de emociones, relaciones y experiencias para sentir que nuestra
vida no está vacía… y hemos perdido la capacidad
de cocer nuestra vida de manera calmada, como un buen guiso, despacito,
a fuego lento… para saborear así lo mejor de la vida.
María nos da ejemplo de cómo ir aprendiendo cada
día, de cómo alimentarse de la paciencia de Dios,
de mantener siempre encendida la llama del recuerdo y la propia
experiencia, de no vivir siempre quejándonos de si Dios
camina delante, detrás, al lado o lejos de nosotros…
y por eso ella puedo vivir más tarde al pie de la Cruz
con el dolor de una madre pero con la esperanza de la primera
discípula: porque tenía cosas guardadas en su corazón.
Y
el Niño
- El mejor de los ejemplos siempre es Jesús… y hoy
es momento de nuevo de volver a contemplarle. Quien le mira siempre
descubre en Él cosas que aprender… ¡incluso
siendo aún tan pequeñito! Ojalá los cristianos
supiésemos dejarnos en manos de la providencia como Él
en aquellos primeros momentos; ojalá fuesemos tan desprendidos
de cualquier clase de riqueza como Él en aquel establo;
ojalá fuésemos tan dóciles como Él,
que siendo Dios se dejó educar, guiar y cuidar por una
familia humilde… quien mira a ese Dios y le llama Maestro
no puede seguir en sus esquemas, en nuestros esquemas tan materialistas,
tan apegados a dinero, poder y fama. El gran poder de este Dios
es, precisamente, su carga de Verdad, que puesta ante nuestros
ojos desnuda nuestras mentiras y nos ayuda a vestirnos de un modo
nuevo.
Que estos tres ejemplos del evangelio de hoy hagan que, de verdad,
este Año se nuevo para nosotros, hombres y mujeres nuevos.
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Nexo
entre las lecturas
La
mujer es el centro de atención de la liturgia. Particularmente
la mujer como madre. Y esa mujer y esa madre es María.
San Pablo en su carta a los gálatas dice de Jesucristo:
"nacido de mujer, nacido bajo la ley" (segunda lectura),
para indicarnos que como hombre Dios necesariamente ha tenido
que tener una madre. La bendición litúrgica de la
primera lectura parece que fue escrita dirigida a María
madre: "El Señor te bendiga y te guarde; el Señor
haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor
te muestre su rostro y te dé la paz". El rostro del
Señor es Jesús de Nazaret, el hijo de María.
El evangelio nos permite intuirlo cuando con impresionante sencillez
nos dice, refiriéndose a los pastores: "Fueron de
prisa y encontraron a María, a José y al niño
acostado en el pesebre".
Mensaje doctrinal
1.
Mujer y Madre de Dios. "Nacido de mujer" es Jesús.
Mujer, con toda su feminidad, es María, la nueva Eva, origen
y espejo de toda mujer redimida. Siendo Jesús el Verbo
de Dios, resulta obvio que María es la Madre de Dios, la
gloria suprema de la mujer. Dios, en su inmensa sabiduría,
ha querido vivir la experiencia de tener una madre, de mirarse
en la ternura de sus ojos, de acunarse en sus brazos y de ser
estrechado en su regazo. Para ser Madre de Dios María no
tuvo que renunciar o dejar al margen nada de su feminidad, al
contrario, la tuvo que realizar en nobleza y plenitud, santificada
como fue por la acción del Espíritu Santo. Al nacer
de una mujer Dios ha enaltecido y llevado a perfección
"el genio femenino" y la dignidad de la mujer y de la
madre. La Iglesia, al celebrar el uno de enero la maternidad divina
de María, reconoce gozosa que María es también
madre suya, que a lo largo de los días y los meses del
año engendra nuevos hijos para Dios.
2.
Madre, bendición y memoria. En el designio de Dios, que
es fuente de la maternidad, ésta es siempre una bendición:
como a María, se puede decir a toda madre: "Bendito
el fruto de tu vientre". Una bendición primeramente
para la misma mujer, que mediante la generación da cumplimiento
a la aspiración más fuerte y más noble de
su constitución, de su psicología y de su intimidad.
Bendición para el matrimonio, en el que el hijo favorece
la unidad, la entrega, la felicidad. Bendición para la
Iglesia, que ve acrecentar el número de sus hijos y la
familia de Dios. Bendición para la sociedad, que se verá
enriquecida con la aportación de nuevos ciudadanos al servicio
del bien común.
3.
La maternidad es también memoria. "María hacía
´memoria´ de todas esas cosas en su corazón"
(evangelio). Memoria no tanto de sí misma, cuanto del hijo,
sobre todo de los primeros años de su vida en que dependía
totalmente de ella. Memoria que agradece a Dios el don inapreciable
del hijo. Memoria que reflexiona y medita las mil y variadas peripecias
de la existencia de sus hijos. Memoria que hace sufrir y llorar,
que consuela, alegra y enternece. Memoria serena y luminosa, que
recupera retazos significativos del pasado para bendecir a Dios
y cantar, como María, un "magnificat".
Sugerencias pastorales
1.
La madre, "sol de la casa". Esta expresión aplicó
el papa Pío XII a la madre en un famoso discurso. Como
el sol, la madre aporta "calor" al hogar con su cariño
y su dulzura; como el sol, la madre ilumina los "ángulos
oscuros" de la vida hogareña cotidiana; como el sol,
la madre anima, suscita, regula y ordena la actividad de los miembros
de la familia; como el sol, en el atardecer, la madre se oculta
para que comiencen a brillar en la vida de los hijos otras luces,
otras estrellas. La Virgen María fue el "sol"
de la casa de Nazaret para su hijo Jesús y para su esposo
José. En ella encuentra toda esposa y madre un modelo que
imitar, un camino que seguir. ¿Cómo puede ser hoy,
una esposa y una madre, sol de la casa? ¿Cuáles
son las expresiones de cariño y de dulzura para "calentar"
el hogar? ¿Cómo iluminar los "ángulos
oscuros" del esposo, de los hijos, y de los demás
seres queridos que conviven en la misma casa? ¿Qué
formas de tacto y mesura habrá de usar para orientar la
actividad de la familia hacia la unión, el bienestar, la
paz, la felicidad? ¿En qué modo habrá de
"ocultarse" para no opacar las nuevas luces que aparecen
en el horizonte de sus hijos? Sería una desgracia para
la familia y para la sociedad el que la madre, en lugar de ser
el sol de la casa, viniese a ser noche y tiniebla, tormenta y
huracán. ¡Madre!, sé siempre luz del hogar,
levanta tu mirada hacia María la Madre y sigue sus pasos.
2.
Valorar la maternidad. En el mundo actual la maternidad pasa por
un estado de ambivalencia. Por un lado el fenómeno de la
disminución de la natalidad en el mundo, especialmente
en Europa y Occidente, es real y evidente, al igual que casi se
ha perdido el carácter "sacro" de la maternidad
por su colaboración con la obra del Creador y el respeto
a las leyes divinas sobre las fuerzas y límites procreativos
del hombre y la mujer; por otro, la mujer desea satisfacer a toda
costa su vocación íntima a la maternidad, o quiere
tener menos hijos para poder dedicarse más y mejor a su
tarea de madre educadora, o adopta con amor y decisión
hijos "anónimos" o "huérfanos",
a costa incluso de muchos sacrificios. Ante esta ambivalencia,
simplemente delineada y que por tanto abarca otros muchos aspectos,
es necesaria una campaña para que tanto la mujer como la
sociedad en general valoren más la maternidad. ¿Qué
se puede hacer en tu ambiente para lograr esta valoración?
¿En qué pueden las leyes, los medios de comunicación,
las instituciones estatales y eclesiales contribuir a valorar
la vocación original y primaria de toda mujer?
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