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Lectura
del libro del Génesis 3, 9-15. 20
Después
que Adán comió del árbol, el Señor
Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde
estás?»
«Oí tus pasos por el jardín, respondió
él, y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí.»
El replicó: «¿Y quién te dijo que estabas
desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí?»
El hombre respondió: «La mujer que pusiste a mi lado
me dio el fruto y yo comí de él.»
El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Cómo
hiciste semejante cosa?»
La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí.»
Y el Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho
esto, maldita seas entre todos los animales domésticos
y entre todos los animales del campo. Te arrastrarás sobre
tu vientre, y comerás polvo todos los días de tu
vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje
y el suyo. El te aplastará la cabeza y tú le acecharás
el talón.»
El hombre dio a su mujer el nombre de Eva, por ser ella la madre
de todos los vivientes.
SALMO
Sal 97, 1. 2-3b. 3c-4 (R.: 1a)
R.
Canten al Señor un canto nuevo,
porque él hizo maravillas.
Canten al Señor un canto nuevo,
porque él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria. R.
El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad
en favor del pueblo de Israel. R.
Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos. R.
Lectura de la carta del apóstol
san Pablo a los cristianos de Efeso 1, 3-6. 11-12
Bendito
sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos
ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en
el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación
del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en
su presencia, por el amor.
El nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de
Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para
alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy
querido.
En él hemos sido constituidos herederos, y destinados de
antemano -según el previo designio del que realiza todas
las cosas conforme a su voluntad- a ser aquellos que han puesto
su esperanza en Cristo, para alabanza de su gloria.
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Lectura del santo Evangelio según san Lucas 1, 26-38
En
el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una
ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida
con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José.
El nombre de la virgen era María.
El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo:
«¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor
está contigo.»
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada
y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque
Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz
un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él
será grande y será llamado Hijo del Altísimo.
El Señor Dios le dará el trono de David, su padre,
reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino
no tendrá fin.»
María dijo al Ángel: «¿Cómo
puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?»
El Ángel le respondió: «El Espíritu
Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será
Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta
Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era
considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque
no hay nada imposible para Dios.»
María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor,
que se cumpla en mí lo que has dicho.»
Y el Ángel se alejó.
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1.
Hoy la Iglesia celebra la fiesta de la Inmaculada Concepción
de Santa María Virgen.
Y podemos preguntarnos qué importancia tiene la Inmaculada
Concepción de María para nosotros hoy?
María, santa e inmaculada desde su concepción, es
una llamada y un modelo de santidad a la cual todos estamos llamados.
Por eso la inmaculada concepción, no es para nosotros los
católicos sólo un dogma de fe, es la certeza de
que también en nosotros concebidos santos e inmaculados
desde el momento del bautismo, puede vivir y crecer Cristo.
2. El
Génesis nos describe poéticamente el momento posterior
al primer pecado de los hombres, que introduce la muerte en el
mundo. Intervienen cuatro protagonistas. Dios, a quien se ofende;
la serpiente que tienta, y Adán y Eva, pecadores. Al desobedecer,
pierden la gracia, y de amigos de Dios se han convertido en enemigos;
han perdido también los dones preternaturales: la inmunidad
de la concupiscencia, que les hace verse desnudos; la ciencia
infusa, que les desprovee del don de sabiduría; la impasibilidad,
o incapacidad de padecer y la inmortalidad, por la que no habrían
pasado por la muerte. Se ven despojados, experimentan su desnudez,
creaturiedad, pobreza y desamparo.
3.
Cuando Dios, como Señor supremo, pide cuentas, los culpables
presentan excusas, en vez de reconocer su pecado y pedir perdón
con humildad. El pecado es un fenómeno complejo: el hombre
y la mujer pierden la solidaridad entre ellos, y así, cada
uno pretende disculparse. El hombre atribuye la culpa a la mujer,
ésta se disculpa en la serpiente: "Es que la serpiente
me engañó y he comido". Pero la serpiente ya
no es interrogada por Dios. Y el hombre intenta incluso atribuir
a Dios la causa última del mal, porque le ha dado una compañera
que le ha seducido: “La mujer que me diste por compañera
me ha dado del árbol...”. El mal permanece en el
misterio, que nadie quiere aceptar.
4.
Pero para ellos, es evidente su desnudez: "Se abrieron sus
ojos y conocieron que estaban desnudos". El hombre y la mujer
dialogaban con Dios, cuando "paseaba por el jardín
a la brisa de la tarde". La familiaridad y proximidad entre
Dios y sus hijos, los primeros hombres, queda expresada en que
Dios, para hablar con ellos no baja del cielo, sino que se paseaba
por el jardín. ¡Sería tan hermosa aquella
conversación, y tan letificante, para Dios, que "tiene
sus delicias en estar con los hombres" (Prv 8,31), y para
los dos hijos de Dios que participan de su sabiduría, familiaridad
y amor! El pecado ha destruido esa maravilla, ha roto esa deliciosa
intimidad. Y la confianza da paso al miedo: "Oí tu
ruido en el jardín, me dio miedo porque estaba desnudo,
y me escondí". La presencia de Dios les atemoriza
porque han roto la amistad. Han cortado el diálogo con
Dios, para el que habían sido creados (Vaticano II). Eva
ha fracasado como madre, acarreando a toda la raza humana las
consecuencias del pecado: la conflictividad con el Creador, y
con sus criaturas. Vertical y horizontal.
5.
Apenas han pecado, han sentido el aldabonazo de la conciencia,
golpeando angustiosamente en su alma: Has ofendido a Dios, se
va a cumplir la palabra que te dijo Yavé: "Morirás".
Es un momento trágico de dolor insoportable; es una situación
de descalabro, de bancarrota total. Nunca podremos saber la profundidad
del pesar interno de nuestros primeros padres después del
pecado. Podemos rastrear algo por nuestra propia experiencia,
pero teniendo en cuenta que nosotros conocemos la existencia de
los Sacramentos y que no hemos experimentado el estado de excepción
y de privilegio suyo. Ellos perdían dones sobrenaturales:
gracia, virtudes infusas, dones del Espíritu Santo. Perdían
los dones preternaturales; la inmunidad de la concupiscencia,
sobre todo. Caían de muy alto a muy profundo. Se reconocen
responsables. Externamente todo sigue igual, pero el pecado hace
que en su conciencia lo vean todo en su carácter doloroso
y penoso. Tenían motivos para desesperarse. Después
del interrogatorio, llega la maldición, empezando por la
serpiente, que desde ahora entrará en lucha constante a
vida o muerte con el hombre. No sólo representa las fuerzas
de la naturaleza hostiles al ser humano, sino que en ella se encarna
todo el problema del mal, presente de modo misterioso en el mundo
creado.
6.
Pero Dios es bueno siempre, siempre es fiel (1 Tes 5,24). Y aquellas
eran sus criaturas, eran hijos, aunque han perdido la filiación
gratuita. No les va a ahorrar el sufrimiento necesario para la
expiación, pero no les va a abandonar: ”Dios hizo
al hombre y a la mujer, unas túnicas de piel y los vistió”.
Al cubrir la desnudez de su creaturiedad, descubre la ternura
del Padre. “El Padre Eterno... decretó elevar a los
hombres a la participación de su vida divina y, caídos
por el pecado de Adán, no los abandonó, dispensándoles
siempre su ayuda en atención a Cristo Redentor” (Lumen
Gentium, 2). Les anuncia un Redentor. "Y dijo a la serpiente:
Establezco enemistades entre tí y la mujer, entre tu estirpe
y la suya; ella te aplastará la cabeza" Génesis
3,9. Y le da a la mujer el nombre de Eva, es decir, “madre
de todos los vivientes”. Aunque ellos han merecido la muerte,
Dios recrea la vida, que, a pesar del mal y de la muerte, sigue
siendo la gran bendición de Dios.
7.
Ya está aquí la nueva Mujer: Una mujer fracasa,
pero a Dios no se le acaban los resortes: los hombres serán
redimidos por el Hijo de la Mujer. San Ireneo presenta a María
como la nueva Eva que, con su fe y su obediencia, contrapesa la
incredulidad y la desobediencia de Eva. La enemistad de María
con la serpiente entre todos los humanos, la constituye en mujer
libre del pecado original. "Tú no morirás.
Esta ley es para los demás, no para tí" (Est
15,13). María, una mujer libre del pecado, como Ester de
la muerte decretada por el rey Asuero para todos los judíos.
Una mujer en la que el enemigo no ha encontrado ni un solo resquicio
por el que introducir el pecado. Ese es el sentido profundo de
la fiesta que hoy celebramos: La Inmaculada Concepción:
"Estoy llena del gozo de mi Señor, porque me ha vestido
un traje de triunfo, me ha cubierto con túnica de victoria;
me ha enjoyado como una novia para sus bodas" (Is 61,10).Sólo
la sabiduría de Dios puede capacitar al hombre para comprender
esta suprema gracia de la preservación del pecado, haciéndonos
conocer el mismo pecado en su propia identidad como misterio de
iniquidad, y que nuestra sociedad ha llegado a perder la conciencia
de su realidad.
8.
La carta a los Efesios que hoy leemos, destaca la bendición
de María y la nuestra que nos bendijo con su Gracia y nos
eligió para ser “hijos suyos” por medio de
Cristo. Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, nos eligió
en Cristo, para que fuésemos santos e irreprochables ante
El por el amor. El nos ha destinado a ser sus hijos" Efesios
1,3. Es un himno que ayuda al creyente a sentirse amado por el
Padre desde siempre; y a dar una respuesta que nos haga vivir
“en su presencia sin culpa ni mancha”.
Nuestro
fin es ser santos, imitando a nuestra Madre y hermana María.
9.
San Lucas nos narra el cumplimiento de la promesa: "No temas,
María, porque has hallado gracia ante Dios... Hágase
en mí según tu Palabra" Lucas 1,26. De Dios
a María todo es gracia, don gratuito, plenitud del amor.
De María a Dios, el reconocimiento agradecido, la alegría
que brota del corazón, el reconocimiento de la propia pobreza
y la disposición para ser servidora y para responder con
la obediencia de la fe a la Palabra que se le ha comunicado. En
esta elección encuentra María el sentido de su vida
y se dispone a colaborar con el plan salvador de Dios con todas
sus fuerzas: “Soy la esclava del Señor, hágase
en mí según lo que has dicho”. Esclava, servidora,
es decir, pertenezco al Señor, y me dedico totalmente a
colaborar en la obra de la salvación en la misión
recibida. Y nos recuerda el sentido profundo de nuestro existir.
10.
Igual que celebramos la elección de María, celebramos
la de cada uno de nosotros. La de María nos recuerda las
preferencias de Dios y el tipo de personas que colaboran con El.
En Nazaret, aldea desconocida, se decide el futuro de la humanidad.
Allí ha confiado Dios la venida de su Hijo al mundo a la
respuesta libre de una joven humilde, pobre y desconocida del
mundo. Lección que nos enseña que Dios actúa
a través de las personas a quienes el mundo suele dejar
olvidadas. Los caminos de Dios para salvar al mundo no pasan por
la alianza con el dinero, el poder ni con la fuerza de las armas
o los medios de comunicación, sino por la pequeñez
y humildad de María, que es capaz de recibir la plenitud
de la Gracia.
11.
Pero la elección se hace al servicio del Salvador. La página
de la anunciación resalta la colaboración de María
en la redención de los hombres. A través de María,
Cristo es plenamente “hijo del hombre”, completamente
solidario y en todo igual a nosotros menos en el pecado. Y su
colaboración no es pasiva, sino que es la respuesta de
la fe que modela enteramente su vida y la lleva a acompañar
a su Hijo hasta el Calvario: “Pondré enemistad entre
ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya”. María
libre de pecado significa que la raíz de todos los males
está vencida por la superabundancia del don de Dios. La
fiesta de la Inmaculada Concepción de María, en
el corazón del Adviento, nos presenta a la Virgen de Nazaret
como modelo de acogida y de colaboración con el Salvador.
12.
La Iglesia de Oriente, interpreta la expresión llena de
gracia, en el sentido de una santidad singular que reina en María
durante toda su existencia. Ella inaugura así la nueva
creación. El texto: «Ella te aplastará la
cabeza», ha inspirado la representación de la Inmaculada
que aplasta la serpiente bajo sus pies. Aunque en el texto hebreo
no es la mujer sino su linaje quien pisa la cabeza de la serpiente,
como existe una profunda solidaridad entre la madre y la descendencia,
es coherente la representación, no por virtud propia sino
por la gracia del Hijo.
13.
La encíclica “Fulgens corona”, de Pío
XII en 1953 publicada en el centenario de la definición
del dogma de la Inmaculada Concepción, argumenta así:
«Si en un momento determinado la santísima Virgen
María hubiera quedado privada de la gracia divina por haber
sido contaminada en su concepción por la mancha hereditaria
del pecado, entre ella y la serpiente no habría ya -al
menos durante ese periodo de tiempo, por breve que fuera- la enemistad
eterna de la que se habla desde la tradición primitiva
hasta la solemne definición de la Inmaculada Concepción,
sino más bien cierta servidumbre». La absoluta enemistad
puesta por Dios entre la mujer y el demonio exige por tanto en
María, la Inmaculada Concepción, es decir, una ausencia
total de pecado, ya desde el inicio de su vida. El Hijo de María
obtuvo la victoria definitiva sobre Satanás, preservándola
del pecado. Como consecuencia, el Hijo le concedió el poder
de resistir al demonio, realizando así en el misterio de
la Inmaculada Concepción el más notable efecto de
su obra redentora.
14.
Al designar a María como llena de gracia vemos el inicio
de un nuevo orden, fruto de la amistad con Dios que implica una
enemistad profunda entre la serpiente y los hombres, como se deduce
del capitulo 12 del Apocalipsis, en el que se habla de la «mujer
vestida de sol» (Ap 12, 1). La exégesis actual ve
en esa mujer a la comunidad del pueblo de Dios, que da a luz con
dolor al Mesías resucitado. Pero, además de la interpretación
colectiva, el texto sugiere también una individual cuando
afirma: «La mujer dio a luz un hijo varón, el que
ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro» (Ap
12, 5). Así, haciendo referencia al parto, se admite cierta
identificación de la mujer vestida de sol con María,
la mujer que dio a luz al Mesías. La mujercomunidad
está descrita con los rasgos de la mujerMadre de Jesús.
15.
Caracterizada por su maternidad, la mujer «está encinta,
y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz»
(Ap 12, 2). Lo que remite a la Madre de Jesús al pie de
la cruz, donde participa, con el alma traspasada por la espada,
en los dolores del parto de la comunidad de los discípulos.
A pesar de sus sufrimientos, está vestida de sol, lleva
el reflejo del esplendor divino, y aparece como signo grandioso
de la relación esponsal de Dios con su pueblo.
16.
En el Apocalipsis queda significada también la dimensión
eclesial de María, pues la mujer vestida de sol representa
la santidad de la Iglesia, que se realiza plenamente en la santísima
Virgen. Era conveniente que, al igual que Cristo, nuevo Adán,
también María, nueva Eva, no conociera el pecado
y fuera así más apta para cooperar en la redención.
El pecado, que como torrente arrastra a la humanidad, se detiene
ante el Redentor y su fiel colaboradora. Con la diferencia sustancial
de que Cristo es santo en virtud de la gracia que en su humanidad
brota de la persona divina; y María es santa en virtud
de la gracia recibida por los méritos del Salvador (Juan
Pablo II).
17.
Dios ha hecho INMACULADA a la Madre de su Hijo, porque había
de ser su Madre y, por tanto había de transmitirle, en
cuanto hombre, según las leyes mendelianas, sus cualidades
físicas, biológicas, psíquicas y espirituales.
Jesús, “imagen de Dios invisible” como Persona
Divina Hijo de Dios, había de ser genéticamente,
como Hombre, el puro retrato de su Madre, en lo ontológico,
en lo físico (sus mismas manos, el color de sus ojos, su
aire al caminar, su finura y sencillez y majestad... un no sé
qué que tienen las almas regias, sus mismos gestos característicos...)
y en lo moral. Humanamente Jesús no tiene padre, y recibe
los 45 cromosomas biológicos de su Madre Adorable. La maternidad
divina de María es su participación en la humanidad
de Cristo. El más pequeño pecado en María
habría dejado en ella una disposición negativa,
que hubiera contrariado su perfecta disposición para ser
la Madre de Cristo. Si esta situación de María comporta
una gran familiaridad con Dios por su semejanza mayor debida a
la plenitud de su gracia, socialmente, será causa de una
gran dificultad y dolor, teniendo que convivir con los pecadores
a quienes, desde niña, ya con sus compañeras, le
es difícil comprender. Veía que mentían,
que eran coquetas, que desobedecían... y la llena de gracia,
no lo podía entender... No había en ella concupiscencia,
porque toda ella estaba sometida a Dios y todas sus fuerzas obedecían
a su voluntad y razón ordenadas y rectas.
18.
Los grandes teólogos no siempre estuvieron de acuerdo en
el misterio de la concepción inmaculada de María.
Hubo disidencias, por salvar la universalidad del pecado, y la
universalidad de la redención. Pero Dios providente, fue
revelando progresivamente la verdad: En 1830, a través
de Santa Catalina Labouré al entregarle la Medalla Milagrosa:
“¡Oh María sin pecado concebida!” Y 24
años después, Pío IX definió el dogma,
tal día como hoy, en 1854. Fué un Cardenal de la
Iglesia: Lambruschini, quien viendo al papa Pío IX, hoy
ya Beato, triste y abatido por los conflictos que azotaban a la
Iglesia le aconsejó apresurar la definición. Cuatro
años después, el 25 de marzo de 1858, la Virgen
le dirá en Lourdes a Bernadette, “Soy la Inmaculada
Concepción”.
19.
El pueblo cristiano ha dirigido siempre a María las alabanzas
con que los hijos de Israel bendijeron a Judit, después
de haber vencido a Holofernes: "Tú eres la gloria
de Jerusalén, tú la gloria de Israel, tú
el orgullo de nuestra raza" (Jdt 15,25). Te damos gracias,
Señor, porque preservaste a María de toda mancha
de pecado original, para que fuese madre de tu Hijo, y comienzo
e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y
de hermosura. "Purísima había de ser, la Virgen
de la que naciera el Cordero inocente que quita el pecado del
mundo. Purísima, la que entre todos los hombres es abogada
de gracia y ejemplo de santidad" (PE).
20.
Estas son "las maravillas que ha hecho el Señor, la
victoria alcanzada por su santo y poderoso brazo, acordándose
de su fidelidad en favor de la casa de Israel. Por eso, "cantad
al Señor un cántico nuevo" Salmo 97.
21.
Pidamos a María Inmaculada, que participa en cuerpo y alma
de la gloria de Jesucristo, que todos sus hijos deseen esa misma
gloria y caminen hacia ella. Que interceda por la salud de los
enfermos, el consuelo de los tristes y el perdón de los
pecadores. A ella, que fue madre de familia, que interceda para
que todas las madres de la tierra fomenten en sus hogares el amor
y la santidad. Y que todos los difuntos alcancen con todos los
santos la felicidad del cielo.
22.
Vamos a continuar el santo sacrificio. Haremos la profesión
de nuestra fe con firmeza. Cantaremos la santidad del Dios tres
veces santo, con alegría. Invocaremos al Espíritu
Santo para que realice la maravilla grandiosa de la consagración,
como fecundó a María para que naciera de ella Jesús,
fruto bendito de su vientre, y, limpios de pecado después
de haber recibido el sacramento de la penitencia, comeremos su
cuerpo, camino de santidad y prenda de vida eterna, que nos ayudará
a reanudar la amistad con el mejor de los Amigos.
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Mensaje
doctrinal
Pequeñez
y grandeza de María
1.
María no es un fenómeno de la naturaleza. En su
naturaleza femenina es una hija de Eva como todas las mujeres
del mundo. Tiene cuerpo de mujer, psicología de mujer,
sentimientos de mujer, modos de ser y actuar propios de la condición
femenina. En la Galilea del siglo I d. C. nada la distingue de
las demás mujeres judías: sus rasgos físicos,
condiciones socio-económicas, prescripciones legales discriminatorias,
modos y estilo de vida corresponden todos a los propios de una
mujer judía. En esa personalidad concreta de mujer judía
se encierra un misterio de grandeza, real e invisible al mismo
tiempo. La concepción inmaculada de María o su maternidad
divina serán proclamadas como dogma de fe algunos o muchos
siglos más tarde; pero la experiencia real de las mismas
María la vivió en su existencia terrena, enteramente
judía. La vivió como una realidad totalmente interior
e inefable, dentro de una relación única de intimidad,
de comunión y de adhesión a Dios. El bautismo cristiano
vence, en quien lo recibe, a la serpiente tentadora y a su acción
maligna en el presente y en el pasado de la historia humana. A
María le fue adelantado ese bautismo, gracias a los méritos
de su Hijo: al momento de ser concebida recibió el bautismo
del Espíritu Santo.
2.
María no esperaba ser madre del Mesías. En el ambiente
religioso de su tiempo, ella compartía con todos los judíos,
la creencia y la espera próxima del Mesías que liberaría
a Israel de sus enemigos. Como mujer humilde, pobre, campesina,
consideraba incluso una locura que Dios se fijase en ella para
ser la madre del Mesías. Además, que el Mesías
proviniera de Nazaret era poco más que imposible. Nada
había en sus padres, en su ambiente, en el correr de su
existencia que sirviera de indicio para tan grande y noble vocación.
Todo esto es verdad, pero un día, de repente, una experiencia
y visión angélica la perturbó en lo profundo
del alma. Primero no entendió ese saludo tan raro: "Alégrate,
llena de gracia, el Señor está contigo"; luego,
entendió mucho menos eso de que "daría a luz
un hijo, que será llamado Hijo del Altísimo"
(evangelio). La sencilla mujer nazarena tardó mucho en
volver en sí. Luego, pasada la visión, pasó
días y noches dando vueltas a lo visto y escuchado para
hacerlo encajar en su psicología y en su vida, escrutando
los misteriosos designios de Dios. Finalmente, en el encuentro
con su prima Isabel mostrará de palabra el resultado de
su meditación: "Ha puesto los ojos en la pequeñez
de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán
bienaventurada".
3.
María es hermana y madre nuestra. En cuanto hermana, igual
que todos los cristianos: hija adoptiva de Dios por medio de Jesucristo,
elegida para ser heredera del Reino de Dios, ordenada a ser alabanza
de la gloria de Dios, igual que todos los que han puesto su esperanza
en Cristo. "El Señor no tarda en cumplir su promesa...,
...tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie
perezca, sino que todos se conviertan" (segunda lectura).
Su grandeza radica en que combinó en su vida simultáneamente
el ser nuestra hermana con el ser nuestra madre, convirtiédose
así en guía y modelo del camino de nuestra salvación.
Nos dice la Constitución dogmática sobre la Iglesia:
"María colaboró de manera totalmente singular
a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para
restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón
es nuestra Madre en el orden de la gracia" (LG 61). Y poco
antes leemos: "La misión maternal de María
para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra
a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta
su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima
Virgen en la salvación de los hombres... brota de la sobreabundancia
de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación,
depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia"
(LG 60).
Sugerencias pastorales
1.
Respetar la pequeñez y la grandeza de María. Respetar
quiere decir mantener los dos aspectos, porque son las dos alas
con las que María voló por la historia de su tiempo
y ha de seguir volando por nuestra historia. Y ya sabemos que
volar con una sola ala es imposible. En los siglos pasados se
acentuaron tanto las grandezas de María, que se llegó
en ocasiones a olvidar su pequeñez. En nuestro tiempo,
podemos correr el otro peligro: verla tan cercana a nosotros,
tan pequeña como nosotros, que olvidemos su extraordinaria
grandeza. Hay que mantener pequeñez y grandeza, porque
así fue la realidad histórica de María, y
así continúa haciendo presente el misterio de Dios
entre nosotros. Santa Teresita de Lisieux subrayó la pequeñez
de María. El día de su profesión religiosa
(8 de septiembre de 1890) escribía: "¡Nacimiento
de María! ¡Qué hermosa fiesta para llegar
a ser esposa de Jesús! En efecto, era ella, la pequeña,
efímera Virgen santa, la que presentó su pequeña
flor al pequeño Jesús". Pero nunca cesó
Teresita de cantar las glorias y grandezas de María. Por
ejemplo, en su última poesía titulada ¿Por
qué te amo, oh María?, ella dice que la gloria de
María es más brillante que la de todos los elegidos
juntos, la llama reina de los ángeles y de los santos,
y habla del resplandor de su gloria suprema. La misma Virgen María
estará muy contenta si nosotros contemplamos su pequeñez
sin olvidar su grandeza, nos sobrecogemos ante su grandeza en
medio de su humildad y pequeñez.
2.
María: admirable e imitable. Las dos cosas y las dos inseparables.
Porque Dios ha hecho en ella obras grandes es admirable. Porque
nunca ha dejado de ser pequeña como nosotros, en medio
de su excelsitud y su gloria, es por igual imitable. Como cristianos
debemos admirar a María, la mujer más excelsa salida
de las manos del Creador, árbol en quien fructifican la
ciencia de Dios y la vida divina. Pero María es también
como una madre y una hermana, que está junto a nosotros,
que nos acompaña en nuestro camino, cuyas virtudes tan
humanas son accesibles a todos. En el jardín de su vida
vemos florecidas todas las flores más bellas. Con palabras
cariñosas de madre nos dice que nuestra vida es también
un jardín. Si sembramos virtudes, como María, también
florecerán las virtudes.
3.
Convertir el Adviento en el tiempo de María. Meditando
en su vida y principalmente en el mensaje de su Inmaculada Concepción,
profundizaremos en la conversión que se nos pide en este
tiempo de Adviento. Una conversión del día a día.
Que el "Sí" de la Virgen, sea la razón
nuestra esperanza, de que las promesas del Señor se cumplirán.
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