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Primera
homilía
Seguramente todas conocéis esa leyenda en donde se nos
dice que S. Agustín paseaba por la playa mientras intentaba
comprender el misterio de la Santísima Trinidad cuando
se encontró con un niño que quería meter
todo el agua del mar en un agujero que había hecho en la
arena. Agustín le dijo que eso era imposible y el niño
le respondió que más difícil aún era
comprender el misterio de la Santísima Trinidad.
Pues bien, creo que esta historia es bastante ilustrativa porque
nos hace ver que comprender el misterio de la Trinidad y hablar
de ella no es nada fácil. Y es que supone hablar del mayor
misterio de nuestra fe. Sin embargo, a pesar de esta dificultad,
sí que se puede decir algo, no sólo desde la teoría,
sino también desde la práctica, porque la Trinidad
se presenta, aunque parezca paradójico, como un misterio
y a la vez como un modelo de vida para todos nosotros. Por eso,
a mi me gustaría que reflexionásemos un poco sobre
esto último.
Lo primero que llama la atención en la Trinidad es la gran
unidad que hay en ella. Esta misma unidad es la que Dios nos pide
que vivamos entre nosotros. Al menos, es lo que pidió Jesús
al Padre poco antes de ser entregado a los judíos: *Como
tu, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean
uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado+
Por eso, a ejemplo de la Trinidad, toda la Iglesia debería
vivir unida con el único fin de dar gloria a Dios y buscar
la salvación de los hombres. Y, tanto en vuestro caso como
en el nuestro, que vivimos en una comunidad, debemos dar un ejemplo
especial de unión, de forma que demos testimonio de que,
a pesar de las diferencias que puedan existir entre nosotros en
la forma de ser o de pensar, nos queremos y nos sentimos unidos
de verdad desde la fe en Dios y en vuestro caso, también
desde el carisma que tenéis de atender a las personas que
se encuentran más necesitadas.
Por otro lado, la Trinidad no sólo se nos muestra como
modelo de comunión, sino también como modelo de
sociedad. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo trabajan
siempre, por así decirlo, en equipo. Cada uno tiene un
papel. El Padre, como se dice en el credo, es creador de todo.
En cuanto al Hijo, por él fueron creadas todas las cosas
y se hizo hombre para revelarnos el verdadero rostro de Dios y
su plan de salvación. Por último el Espíritu
Santo interviene en la encarnación y nos enseña
y mantiene en la verdad plena. Pero, todo ello, como os he dicho,
lo hacen en equipo, lo hacen en unidad absoluta y total.
Y así debe ocurrir en la Iglesia y en cada una de nuestras
comunidades. Al igual que cada persona de la Trinidad, aunque
desempeña funciones distintas en toda la historia de la
salvación, pero trabajan en unidad, también nosotros
en nuestra comunidad, dentro de la riqueza, de los dones, y de
nuestras posibilidades, debemos saber trabajar en equipo, apoyándonos
en nuestra tareas concretas y sobre todo ayudándonos entre
todos a vivir el carisma al que Dios nos ha llamado.
Pidamos, por tanto, que en este día en que celebramos la
Santísima Trinidad, el Señor nos ayude a vivir estos
dos aspectos: la unidad y el trabajar en comunión, así
como también lo que nos decía S. Pablo en la segunda
lectura: trabajar por nuestra perfección, teniendo un mismo
sentir y viviendo en paz.
Es la mejor forma de vivir el misterio de la Trinidad en nuestras
vidas, y sólo así como dice también S. Pablo,
el Dios del amor y de la paz estará con nosotros.
Segunda
homilía
La Iglesia celebra hoy el misterio central de nuestra fe, el misterio
de la Santísima Trinidad, fuente de todos los dones y gracias;
el misterio de la vida íntima de Dios. Toda la liturgia
de la Misa de este domingo nos invita a tratar con intimidad a
cada una de las Tres Personas, al Padre, al Hijo y al Espíritu
Santo. Esta fiesta fue establecida en 1334 por el papa Juan XXII
y quedó fijada para el domingo después de la venida
del Espíritu Santo. Cada vez que con fe y con devoción
rezamos Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, estamos
invocando a la Santísima Trinidad, verdadero y único
Dios.
La
Trinidad constituye el misterio supremo de nuestra fe. Y misterio
es una verdad de la que no podemos saberlo todo.
En
el caso de la Santísima Trinidad, sabemos lo que Dios mismo
a través de las Sagradas Escrituras y de Jesucristo, nos
ha revelado.
Este
misterio que no podemos comprender totalmente, sí podemos
vivirlo, ya san Pablo, se despedía de las comunidades cristianas
diciendo:
La
gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la
comunión del Espíritu Santo, esté siempre
con ustedes
El
misterio de la Santísima Trinidad, estaba presente ya en
tiempos de los apóstoles. Pero ¿vive fecundamente
en nosotros?
En
el Evangelio de hoy, Jesús al despedirse de sus discípulos,
los envía, les da la misión universal de hacer discípulos
y bautizar "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo".
La
misión fue cumplida por los discípulos y aún
hoy lo está siendo por nosotros. Todos nosotros hemos sido
bautizados "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo", en el nombre de la Trinidad. Adoramos entonces a
Dios uno y Trino como consecuencia de nuestra fe bautismal. De
modo que al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna divinidad,
adoramos a tres personas distintas, de única naturaleza,
iguales en su dignidad según se reza en el prefacio de
la misa de este domingo:"En verdad es justo,... darte gracias
siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso
y eterno.
Que
con tu Único Hijo y el Espíritu Santo, eres un solo
Dios, un solo Señor; no una sola Persona, sino tres Personas
en una sola naturaleza.
Y
lo que creemos de tu gloria, porque tú lo revelaste, lo
afirmamos también de tu Hijo y también del Espíritu
Santo, sin diferencia ni distinción".
De
modo que, al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna divinidad,
adoramos tres Personas distintas, de única naturaleza e
iguales en su dignidad.Siempre es provechoso esforzarse en profundizar
el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y
la fe de la Iglesia Católica, tal como el Señor
nos la entregó, tal como la predicaron los Apóstoles
y la conservaron los Santos Padres.
El
cristianismo está colmado de misterios, pero el misterio
fundamental, el más central, el misterio de los misterios
es el de la Santísima Trinidad.
Todos
los demás misterios sacan de él su alimento y todos,
sin excepción alguna, desembocan nuevamente ahí.
En
todos los misterios del cristianismo, llámese como se quieran,
está girando el misterio del amor trinitario y todo lo
que encierran los misterios es el amor infinito de la Santísima
Trinidad a los hombres.
Cuántas
veces nos hace notar la Sagrada Escritura, que Cristo pasó
por el mundo bendiciéndolo en el nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo.
Los
apóstoles, los evangelistas heredaron de Cristo esta actitud.
Desde ese tiempo existió en toda la cristiandad el amor
a la señal de la cruz.
En
el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, comenzamos
todas nuestras oraciones, comenzamos la Santa Misa y la celebración
de todos los sacramentos y actos de la Iglesia.
Al
persignarnos hacemos una señal de la cruz pequeña
sobre la frente, la boca y en el pecho sobre el corazón,
¿qué están indicando?.
La
cruz sobre la frente se refiere al Padre que está sobre
todo; la cruz en la boca, indica al Hijo, la Palabra eterna del
Padre, brotada desde el seno del Padre celestial desde toda eternidad;
la cruz sobre el corazón simboliza al Espíritu Santo.
¿Qué
encierra este triple signo?
El
reconocimiento del misterio creador más central del cristianismo.
La
cruz es el símbolo del Redentor y de la Redención.
¿A quién se lo debemos?
Al
Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; a las tres personas,
pero a cada una de modo diferente.
Tal
vez convenga preguntarnos hoy, si hemos conservado el amor a la
cruz, si nos avergonzamos tal vez de signarnos, si signamos a
nuestros hijos.
Pensemos
que cada vez que hacemos la señal de la cruz, estamos reconociendo
y confesando la realidad de la Santísima Trinidad.
La
hacemos en el nombre del Padre: el Padre es siempre lo primero,
lo supremo, origen de todo.
En
el nombre del Padre y del Hijo: el Hijo procede del Padre y ha
venido al mundo.
Y
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo:
el Espíritu Santo es enviado por el Padre y el Hijo.
Así
fue una vez la fe: inamovible, profunda y vital en la Santísima
Trinidad. Este símbolo fue creado entonces, y nosotros
lo hemos recibido, pero tal vez hemos olvidado su contenido.
¿Quién
puede devolvernos esa fe viva?
El
Espíritu Santo. Él viene a nuestra alma en forma
de lenguas de fuego o de un viento impetuoso o en la suave y silenciosa
brisa, entra en nuestra alma para lanzar de ella toda mediocridad,
para aclarar toda incomprensión y para que nuestra alma
se eleve al Dios eterno, y encuentre allí un lugar de reposo
absoluto
Este
misterio fundamental de nuestra fe, nunca será captado
por nuestra capacidad creada de comprensión.
Nunca
lo podremos captar aquí en la tierra, valiéndonos
de nuestros sentidos naturales, nunca lo podremos captar con la
inteligencia humana.
Cuando
pasemos a la eternidad, podremos contemplar a Dios directamente,
gozar de Él, pero nunca penetrar su misterio.
Hoy
vamos a pedir a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, más
fe. Queremos repetir cada vez con más fe: Creo en Dios
Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en
Jesucristo, su único Hijo. Creo en el Espíritu Santo.
Y pedirle que nuestra vida sea real testimonio de la grandeza
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Que
nuestra Madre María, que tal vez como nosotros, no comprendió
pero sí vivió ese misterio como Hija de Dios Padre,
Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo, nos
ayude a vivir a nosotros este misterio
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