"El
comienzo del evangelio de san Juan que se nos acaba de leer, amadísimos
hermanos, reclama la pureza del ojo del corazón. En él
se nos presenta a nuestro Señor Jesucristo, tanto en su
divinidad en cuanto creador de todo, como en su humanidad en cuanto
reparador de la criatura caída. En el mismo evangelio encontramos
quién fue Juan y cuál su grandeza. En la excelencia,
pues, del ministro podemos entrever cuán alto es el precio
de la palabra que tal boca pudo proferir; mejor, cómo carece
de precio la Palabra que supera a todas las palabras. Es por relación
a su precio por lo que una cosa se la iguala a otra o se la pone
por debajo o por encima. Si alguien la compra en su valor hay
ecuación entre el precio y lo comprado; si en menos, la
cosa le queda por debajo; si en más, por encima. Pero a
la Palabra de Dios nada puede igualarse, ni es posible hacerla
bajar de precio ni que nada la supere. Todas las cosas pueden
quedar por debajo de la Palabra de Dios, puesto que todas han
sido hechas por ella (Jn 1,3), mas no en concepto de precio de
la Palabra, como si pudiese alguien apropiárselo dando
algo.
Con
todo, si puede hablarse así, y alguna razón o
la costumbre admite este lenguaje, el precio para comprar la
Palabra es el mismo comprador, si se da a sí mismo a
esta Palabra en beneficio de sí mismo. Así, cuando
compramos algo, recurrimos a algo que dar, para, dado su valor
equivalente, adquirir la cosa que deseamos comprar. Ahora bien,
lo que damos es algo exterior a nosotros; o si está en
nosotros, sale de nosotros lo que damos, para que venga a nosotros
lo que compramos. Sea cual sea el valor al que recurre quien
compra, necesariamente acontece que uno da lo que tiene para
adquirir lo que no tiene. Mas quien da el precio permanece siendo
el mismo, aunque se le agrega aquello por lo que ha dado el
precio. En cambio, quien quiera comprar esta Palabra, quien
quiera poseerla, no busque fuera de sí qué dar,
dése a sí mismo. Al hacerlo no se pierde a sí
mismo como pierde el precio cuando compra algo.
La Palabra
de Dios se ofrece a todos; cómprenla quienes puedan.
Pueden todos los que piadosamente lo quieren. En esa Palabra
se encuentra la paz; y paz en la tierra a los hombres de buena
voluntad (Cf. Lc 2,14). Por tanto, quien quiera comprarla, dése
a sí mismo. Él es como el precio de la Palabra,
si es posible expresarse así; quien lo da no se pierde
a sí mismo, a la vez que adquiere la Palabra por la que
se da, y se adquiere a sí mismo en la Palabra por la
que se da. ¿Qué da a la Palabra? Nada que no pertenezca
ya a aquella por quien se da; antes bien, se devuelve a la Palabra
para que ella rehaga lo que por ella fue hecho. Todas las cosas
fueron hechas por ella (Jn 1,3). Si todas las cosas, también
el hombre. Si el cielo, si la tierra, si el mar, si cuanto hay
en ellos, si toda criatura, más evidente es aún
que también fue creado por la Palabra el hombre hecho
a imagen de Dios.
No nos
ocupamos ahora, hermanos, de cómo puedan entenderse estas
palabras: En el principio existía la Palabra y la Palabra
estaba junto a Dios y la Palabra era Dios (Jn. 1,1). Pueden
ser entendidas de manera inefable; su inteligencia no la procuran
las palabras humanas. Nos ocupamos de la Palabra de Dios e indicamos
por qué no se la comprende. No hablamos ahora para hacerla
comprensible, sino que exponemos lo que impide su comprensión.
La Palabra de Dios es una cierta forma, pero una forma no formada,
forma de todos los seres que tienen forma; forma inmutable,
estable, a la que nada le falta; sin tiempo ni lugar, que lo
trasciende todo, que se alza por encima de todas las cosas,
fundamento donde se apoyan y remate que a todas cobija.
Si dices
que todas las cosas están en ella, dices verdad. A la
misma Palabra se la designó como Sabiduría de
Dios, pues dice la Escritura: Hiciste todas las cosas en la
Sabiduría (Sal 103,24). Así, pues, en ella están
todas las cosas y, con todo, por ser Dios, todas están
debajo de ella. De lo dicho se deduce lo incomprensible del
texto leído. Pero fue leído no para que el hombre
lo comprenda, sino para que se duela de no comprenderlo, descubra
lo que le impide la comprensión, lo remueva y suspire
por la percepción de la Palabra inconmutable, una vez
que él haya cambiado de peor a mejor. La Palabra no obtiene
provecho ni crece cuando la conocen; sea que tú te quedes,
te marches o vuelvas, ella permanece íntegra en sí,
aunque renueva todas las cosas. Es, pues, la forma de todas
la cosas, forma no hecha, sin tiempo ni lugar, como dijimos.
Todo lo contenido en un lugar está circunscrito. La forma
se circunscribe por sus límites, tiene un punto de partida
y otro de llegada. Además, lo contenido en un lugar tiene
cierto volumen y ocupa un espacio y es menor en la parte que
en el todo. Haga Dios que lo entendáis.
Por
los que tenemos ante los ojos, que vemos, tocamos, y entre los
cuales andamos, podemos deducir que todo cuerpo que se halla
en un lugar tiene una forma. Lo que ocupa un lugar es menor
en la parte que en el todo. El brazo, por ejemplo, es una parte
del cuerpo humano y, ciertamente es menor que el cuerpo entero.
Y cuanto más pequeño sea el brazo, menor es el
lugar que ocupa... Del mismo modo, en todo lo que ocupa un lugar,
la parte es menor que el todo. No nos imaginemos, no pensemos
de la Palabra nada parecido. No nos figuremos las cosas espirituales
al talle de la carne. Aquella Palabra, Dios, no es menor en
la parte que en el todo.
Pero
no puedes concebir una cosa tal. Vale más la ignorancia
piadosa que la ciencia presuntuosa. Estamos hablando de Dios.
Se dijo: La Palabra era Dios (Jn 1,1) Hablamos de Dios: ¿qué
tiene de extraño el que no lo comprendas? Si lo comprendes,
no es Dios. Hagamos piadosa confesión de ignorancia,
más que temeraria confesión de ciencia. Tocar
a Dios con la mente, aunque sea un poquito, es una gran dicha;
comprenderlo, es absolutamente imposible...
¿Qué
se puede decir de la Palabra, hermanos? Si los cuerpos que tenemos
ante los ojos no pueden abrazarse con la mirada, ¿qué
ojo del corazón puede comprender a Dios? Basta con que
le toque, si está purificado. Si le toca, lo hace con
cierto tacto incorpóreo y espiritual, pero no lo comprende.
Y aún aquello, a condición de estar purificado.
El hombre se hace bienaventurado tocando con el corazón
lo que permanece siempre bienaventurado. En eso consiste la
felicidad perpetua y la vida perpetua, de donde se deriva al
hombre la vida; la sabiduría perfecta, de donde le viene
al hombre el ser sabio; la luz sempiterna de donde la viene
su luz al hombre. Ve ahora cómo tocándole te haces
lo que no eras, sin convertir en lo que no era a lo que has
tocado. Esto es lo que afirmo: Dios no es más por ser
conocido, pero el conocedor sí es más conociendo
a Dios. No pensemos, hermanos, que prestamos un beneficio a
Dios, por haber dicho que en cierto modo damos un precio por
él. Nada le damos que le haga aumentar, puesto que aunque
tú caigas, aunque vuelvas, él permanece íntegro,
dispuesto a dejarse ver para hacer felices a los que retornan
y cegar a los alejados. La primera represalia divina con el
alma que se aleja de Dios es cegarla. Quien ciega los ojos a
la luz verdadera, es decir, a Dios, queda sin más a oscuras.
Aunque no experimente el castigo, ya lo tiene sobre sí".
Sermón
117,1-5