Día de Navidad

COMENTARIO DE SAN AGUSTÍN AL EVANGELIO DEL DOMINGO

LECTURAS "El precio para comprar la Palabra es el mismo comprador"
   
 
"El comienzo del evangelio de san Juan que se nos acaba de leer, amadísimos hermanos, reclama la pureza del ojo del corazón. En él se nos presenta a nuestro Señor Jesucristo, tanto en su divinidad en cuanto creador de todo, como en su humanidad en cuanto reparador de la criatura caída. En el mismo evangelio encontramos quién fue Juan y cuál su grandeza. En la excelencia, pues, del ministro podemos entrever cuán alto es el precio de la palabra que tal boca pudo proferir; mejor, cómo carece de precio la Palabra que supera a todas las palabras. Es por relación a su precio por lo que una cosa se la iguala a otra o se la pone por debajo o por encima. Si alguien la compra en su valor hay ecuación entre el precio y lo comprado; si en menos, la cosa le queda por debajo; si en más, por encima. Pero a la Palabra de Dios nada puede igualarse, ni es posible hacerla bajar de precio ni que nada la supere. Todas las cosas pueden quedar por debajo de la Palabra de Dios, puesto que todas han sido hechas por ella (Jn 1,3), mas no en concepto de precio de la Palabra, como si pudiese alguien apropiárselo dando algo.

Con todo, si puede hablarse así, y alguna razón o la costumbre admite este lenguaje, el precio para comprar la Palabra es el mismo comprador, si se da a sí mismo a esta Palabra en beneficio de sí mismo. Así, cuando compramos algo, recurrimos a algo que dar, para, dado su valor equivalente, adquirir la cosa que deseamos comprar. Ahora bien, lo que damos es algo exterior a nosotros; o si está en nosotros, sale de nosotros lo que damos, para que venga a nosotros lo que compramos. Sea cual sea el valor al que recurre quien compra, necesariamente acontece que uno da lo que tiene para adquirir lo que no tiene. Mas quien da el precio permanece siendo el mismo, aunque se le agrega aquello por lo que ha dado el precio. En cambio, quien quiera comprar esta Palabra, quien quiera poseerla, no busque fuera de sí qué dar, dése a sí mismo. Al hacerlo no se pierde a sí mismo como pierde el precio cuando compra algo.

La Palabra de Dios se ofrece a todos; cómprenla quienes puedan. Pueden todos los que piadosamente lo quieren. En esa Palabra se encuentra la paz; y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Cf. Lc 2,14). Por tanto, quien quiera comprarla, dése a sí mismo. Él es como el precio de la Palabra, si es posible expresarse así; quien lo da no se pierde a sí mismo, a la vez que adquiere la Palabra por la que se da, y se adquiere a sí mismo en la Palabra por la que se da. ¿Qué da a la Palabra? Nada que no pertenezca ya a aquella por quien se da; antes bien, se devuelve a la Palabra para que ella rehaga lo que por ella fue hecho. Todas las cosas fueron hechas por ella (Jn 1,3). Si todas las cosas, también el hombre. Si el cielo, si la tierra, si el mar, si cuanto hay en ellos, si toda criatura, más evidente es aún que también fue creado por la Palabra el hombre hecho a imagen de Dios.

No nos ocupamos ahora, hermanos, de cómo puedan entenderse estas palabras: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios (Jn. 1,1). Pueden ser entendidas de manera inefable; su inteligencia no la procuran las palabras humanas. Nos ocupamos de la Palabra de Dios e indicamos por qué no se la comprende. No hablamos ahora para hacerla comprensible, sino que exponemos lo que impide su comprensión. La Palabra de Dios es una cierta forma, pero una forma no formada, forma de todos los seres que tienen forma; forma inmutable, estable, a la que nada le falta; sin tiempo ni lugar, que lo trasciende todo, que se alza por encima de todas las cosas, fundamento donde se apoyan y remate que a todas cobija.

Si dices que todas las cosas están en ella, dices verdad. A la misma Palabra se la designó como Sabiduría de Dios, pues dice la Escritura: Hiciste todas las cosas en la Sabiduría (Sal 103,24). Así, pues, en ella están todas las cosas y, con todo, por ser Dios, todas están debajo de ella. De lo dicho se deduce lo incomprensible del texto leído. Pero fue leído no para que el hombre lo comprenda, sino para que se duela de no comprenderlo, descubra lo que le impide la comprensión, lo remueva y suspire por la percepción de la Palabra inconmutable, una vez que él haya cambiado de peor a mejor. La Palabra no obtiene provecho ni crece cuando la conocen; sea que tú te quedes, te marches o vuelvas, ella permanece íntegra en sí, aunque renueva todas las cosas. Es, pues, la forma de todas la cosas, forma no hecha, sin tiempo ni lugar, como dijimos. Todo lo contenido en un lugar está circunscrito. La forma se circunscribe por sus límites, tiene un punto de partida y otro de llegada. Además, lo contenido en un lugar tiene cierto volumen y ocupa un espacio y es menor en la parte que en el todo. Haga Dios que lo entendáis.

Por los que tenemos ante los ojos, que vemos, tocamos, y entre los cuales andamos, podemos deducir que todo cuerpo que se halla en un lugar tiene una forma. Lo que ocupa un lugar es menor en la parte que en el todo. El brazo, por ejemplo, es una parte del cuerpo humano y, ciertamente es menor que el cuerpo entero. Y cuanto más pequeño sea el brazo, menor es el lugar que ocupa... Del mismo modo, en todo lo que ocupa un lugar, la parte es menor que el todo. No nos imaginemos, no pensemos de la Palabra nada parecido. No nos figuremos las cosas espirituales al talle de la carne. Aquella Palabra, Dios, no es menor en la parte que en el todo.

Pero no puedes concebir una cosa tal. Vale más la ignorancia piadosa que la ciencia presuntuosa. Estamos hablando de Dios. Se dijo: La Palabra era Dios (Jn 1,1) Hablamos de Dios: ¿qué tiene de extraño el que no lo comprendas? Si lo comprendes, no es Dios. Hagamos piadosa confesión de ignorancia, más que temeraria confesión de ciencia. Tocar a Dios con la mente, aunque sea un poquito, es una gran dicha; comprenderlo, es absolutamente imposible...

¿Qué se puede decir de la Palabra, hermanos? Si los cuerpos que tenemos ante los ojos no pueden abrazarse con la mirada, ¿qué ojo del corazón puede comprender a Dios? Basta con que le toque, si está purificado. Si le toca, lo hace con cierto tacto incorpóreo y espiritual, pero no lo comprende. Y aún aquello, a condición de estar purificado. El hombre se hace bienaventurado tocando con el corazón lo que permanece siempre bienaventurado. En eso consiste la felicidad perpetua y la vida perpetua, de donde se deriva al hombre la vida; la sabiduría perfecta, de donde le viene al hombre el ser sabio; la luz sempiterna de donde la viene su luz al hombre. Ve ahora cómo tocándole te haces lo que no eras, sin convertir en lo que no era a lo que has tocado. Esto es lo que afirmo: Dios no es más por ser conocido, pero el conocedor sí es más conociendo a Dios. No pensemos, hermanos, que prestamos un beneficio a Dios, por haber dicho que en cierto modo damos un precio por él. Nada le damos que le haga aumentar, puesto que aunque tú caigas, aunque vuelvas, él permanece íntegro, dispuesto a dejarse ver para hacer felices a los que retornan y cegar a los alejados. La primera represalia divina con el alma que se aleja de Dios es cegarla. Quien ciega los ojos a la luz verdadera, es decir, a Dios, queda sin más a oscuras. Aunque no experimente el castigo, ya lo tiene sobre sí".

Sermón 117,1-5