Teniendo la misma estrella por guía,
llegaron luego hasta el mismo Señor, y, cuando les fue
mostrado, lo adoraron, le ofrecieron oro, incienso y mirra,
y regresaron por otro camino. En el mismo día de su nacimiento
se manifestó a unos pastores advertidos por los ángeles,
y en el mismo día, lejos, en el oriente, recibieron el
anuncio los magos mediante una estrella; pero solamente en esta
fecha fue adorado por ellos. Toda la Iglesia de la gentilidad
ha aceptado celebrar con la máxima devoción este
día, pues ¿qué otra cosa fueron aquellos
magos, sino las primicias de los gentiles? Los pastores eran
israelitas; los magos, gentiles; aquéllos vinieron de
cerca; éstos, de lejos; pero unos y otros coincidieron
en la piedra angular. Dice el Apóstol: Cuando vino, nos
anunció la paz a nosotros, que estábamos lejos,
y a los que estaban cerca. Él es, en efecto, nuestra
paz, quien hizo de ambos pueblos uno solo, y constituyó
en sí a los dos en un solo hombre nuevo, estableciendo
la paz, y transformó a los dos en un solo cuerpo para
Dios, dando muerte en sí mismo a las enemistades (Ef
2,11-22).
... Habiendo venido a destruir en todo el
orbe, con la espada espiritual, el reino del diablo, Cristo,
siendo aún niño, arrebató estos primeros
despojos a la dominación de la idolatría. Apartó
de la peste de tal superstición a los magos que se habían
puesto en movimiento para adorarle, y, sin poder hablar todavía
en la tierra con la lengua, habló desde el cielo mediante
la estrella, y mostró no con la voz de la carne, sino
con el poder de la Palabra, quién era, de dónde
y por quiénes había venido. Esta Palabra que en
el principio era Dios junto a Dios, hecha ya carne para habitar
en medio de nosotros, había venido hasta nosotros y permanecía
junto al Padre: sin abandonar a los ángeles allí
arriba, por medio de ellos reúne a los hombres junto
a sí aquí abajo. Resplandece por la verdad inmutable
ante los habitantes del cielo en cuanto Palabra y yace en un
pesebre a causa de la pequeñez de la posada. Él
hacía aparecer en el cielo una estrella que le indicaba
en la tierra como merecedor de adoración. Y, no obstante
ser niño tan poderoso, tan grande, siendo aún
pequeño, llevado por sus padres, huyó a Egipto
debido a la hostilidad de Herodes; de esta manera hablaba, aunque
no con la palabra, sí con los hechos, y en silencio decía:
Si os persiguen en una ciudad, huid a otra (Mt 10,23). Llevaba
carne humana en la que nos prefiguraba y en la que había
de morir por nosotros en el momento oportuno. Éste era
el motivo por el que los magos le ofrecieron no sólo
oro e incienso, como señal de honor y adoración,
respectivamente, sino también mirra, en cuanto que había
de ser sepultado.
¿A quién no llama la atención
el que los judíos respondieran según la Escritura
a la pregunta de los magos, sobre el lugar en que había
de nacer Cristo y no fueran a adorarle con ellos? ¿Qué
significa esto? ¿No estamos viendo que incluso ahora
sucede lo mismo, cuando en los ritos a que está sometida
su dureza no se manifiesta otra cosa que Cristo, en quien no
quieren creer? Cuando matan el cordero y comen la pascua, ¿no
anuncian a Cristo a los gentiles, sin adorarlo ellos? ¿Qué
otra cosa muestra nuestro actuar a propósito de los testimonios
de los profetas, en los que está anunciado Cristo? A
los hombres que sospechan que tales testimonios fueron escritos
por los cristianos, no cuando aún eran futuros, sino
después de acontecidos los hechos, los emplazamos ante
los códices de los judíos para confirmar sus ánimos
dudosos. ¿Acaso los judíos no muestran también
entonces a los gentiles a Cristo, sin querer adorarlo en su
compañía?
Una vez conocido y adorado nuestro Señor
y Salvador Jesucristo, quien, para consolarnos a nosotros, yació
entonces en un lugar estrecho y ahora está sentado en
el cielo para elevarnos allí; nosotros, de quienes eran
primicias los magos; nosotros, heredad de Cristo hasta los confines
de la tierra, a causa de quienes la ceguera entró parcialmente
en Israel hasta que llegare la plenitud de los gentiles, anunciémosle,
pues, en esta tierra, en este país de nuestra carne,
de manera que no volvamos por donde vinimos ni sigamos de nuevo
las huellas de nuestra vida antigua. Esto es lo que significa
el que aquellos magos no volvieran por donde habían venido.
El cambio de ruta es el cambio de vida. También para
nosotros proclamaron los cielos la gloria de Dios; también
a nosotros nos condujo a adorar a Cristo, cual una estrella,
la luz resplandeciente de la verdad; también nosotros
hemos escuchado con oído fiel la profecía proclamada
en el pueblo judío, cual sentencia contra ellos mismos
que no nos acompañaron; también nosotros hemos
honrado a Cristo rey, sacerdote y muerto por nosotros, cual
si le hubiésemos ofrecido oro, incienso y mirra; sólo
queda que para anunciarle a él tomemos la nueva ruta
y no regresemos por donde vinimos".