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| LECTURAS
"La
Iglesia, como María, virgen y madre" |
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"La
Palabra del Padre por la que fueron hechos los tiempos, al hacerse
carne, nos regaló el día de su nacimiento en el
tiempo; en su origen humano quiso tener también un día
aquel sin cuya anuencia divina no transcurre ni un día.
Estando junto al Padre, precede a todos los siglos; naciendo de
la madre se introdujo en este día en el curso de los años.
El Hacedor del hombre se hizo hombre, de forma que toma el pecho
quien gobierna los astros; siente hambre el Pan, sed la Fuente;
duerme la Luz, el Camino se fatiga en la marcha, la Verdad es
acusada por falsos testigos, el Juez de vivos y muertos es juzgado
por un juez mortal; la Justicia condenada por gente injusta, la
Disciplina castigada con flagelos, el Racimo coronado de espinas,
la Base colgada de un madero, la Fortaleza debilitada, la Salud
herida, la Vida muere. Aunque él, que por nosotros sufrió
tantos males, no hizo mal alguno, ni nosotros, que por él
recibimos tantos bienes, merecíamos algún bien,
para librarnos a nosotros, a pesar de ser indignos, aceptó
sufrir todas aquellas indignidades y otras parecidas. Con esa
finalidad, pues, el que existía como hijo de Dios desde
antes de todos los siglos sin comienzo de días, se dignó
hacerse hijo del hombre en los últimos días, y el
que había nacido del Padre, sin ser hecho por él,
fue hecho en la madre que él había hecho, para hallarse
aquí, en un momento determinado, nacido de aquella que
nunca y en ningún lugar hubiera podido existir a no ser
por él.
Así
se cumplió lo que había predicho el salmo: La
verdad ha brotado de la tierra (Sal 84,12). María fue
virgen antes de concebir y después de dar a luz. ¡Lejos
de nosotros el creer que desapareció la integridad de
aquella tierra, es decir, de aquella carne de donde brotó
la verdad...! En efecto, en el seno de la virgen se dignó
unirse a la naturaleza humana el Hijo unigénito de Dios,
para asociar a sí, cabeza inmaculada, a la Iglesia, inmaculada
también, a la que el apóstol Pablo da el nombre
de virgen no sólo en atención a las vírgenes
en el cuerpo que hay en ella, sino también por el deseo
de que sean íntegros los corazones de todos. Os he desposado
-dice- con un único varón para presentaros a Cristo
como virgen casta (2 Cor 11,2). Así, pues, la Iglesia
imitando a la madre de su Señor, dado que en el cuerpo
no pudo ser virgen y madre a la vez, lo es en el corazón.
Lejos de nosotros el pensar que Cristo al nacer privó
a su madre de la virginidad, él que hizo a su Iglesia
virgen, liberándola de la fornicación con los
demonios. En este día de hoy, celebrad con gozo y solemnidad
el parto de la Virgen, vosotras las vírgenes santas,
nacidas de su virginidad inviolada; vosotras que despreciando
el matrimonio terreno, elegisteis ser vírgenes también
en el cuerpo. Ha nacido de mujer quien en ningún modo
fue sembrado por varón en la mujer. Quien os trajo lo
que ibais a amar, no quitó a su madre eso que amáis.
Quien sana en vosotras lo que heredasteis de Eva, ¡cómo
iba a dañar lo que habéis amado en María!
Aquella
cuyas huellas seguís no yació con varón
para concebir, y después del parto siguió siendo
virgen. Imitadla en cuanto podáis, no en la fecundidad,
porque no os es posible sin herir la virginidad. Sólo
ella pudo tener ambas cosas de las cuales vosotras quisisteis
tener una, que perderíais si pretendieseis poseer las
dos. Sólo pudo poseer ambas cosas la que engendró
al todopoderoso que le dio tal poder. Convenía que sólo
el Hijo de Dios se hiciese hombre de ese modo sin igual. Que
Cristo no deje de ser algo para vosotras por ser hijo sólo
de una virgen. Aunque no pudisteis darle a luz en la carne le
encontrasteis como esposo en el corazón; y esposo tal
que vuestra felicidad lo tiene por redentor sin que vuestra
virginidad lo tema como su destructor. Quien no quitó
a la madre la virginidad ni siquiera en el parto corporal, mucho
más la conservará en vosotras en el abrazo espiritual.
No os consideréis estériles por haber permanecido
vírgenes, pues hasta la piadosa integridad de la carne
cae dentro de la fecundidad de la mente. Obrad lo que dice el
Apóstol: puesto que no pensáis en las cosas del
mundo ni en cómo agradar a vuestros maridos, pensad en
las cosas de Dios y en cómo agradarle a él en
todo, para que sea fecundo no vuestro seno con la prole, sino
vuestra alma con las virtudes.
Para
concluir me dirijo a todos, os hablo a todos; con mi palabra
apremio a la virgen casta, toda entera, que el Apóstol
desposó con Cristo. Lo que admiráis en la carne
de María realizadlo en el interior de vuestra alma. Quien
cree en su corazón con vistas a la justicia, concibe
a Cristo; quien lo confiesa con la boca con la mirada puesta
en la salvación, da a luz a Cristo. De esta manera sea
exuberante la fecundidad de vuestros corazones conservando siempre
la virginidad.
Sermón
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