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EVANGELIO
de Ramos: según san Mateo 21, 1-11
Al acercarse a Jerusalén, llegaron a Betfagé, al
monte de los Olivos; Jesús envió a dos discípulos,
diciéndoles: "Id a la aldea de enfrente; a la entrada
encontraréis una borriquilla atada, y con ella un pollino;
desatadlos y traédmelos.
Y si alguien os dice algo, decidle:
"El Señor los necesita, y en seguida los devolverá".
Esto ocurrió para que se cumpliera lo que había
dicho el profeta:
"Decid a la hija de Sión:Mira que tu rey viene a tihumilde
y montado en un asno,en un pollino,hijo de animal de carga".
Los discípulos fueron e hicieron como Jesús les
ordenó,
y trajeron la borriquilla y el pollino. Pusieron
sobre ellos sus mantos, y Jesús se montó.
Muchos
alfombraban el camino con sus mantos, y otros con ramas que cortaban
de los árboles.
Los que iban delante y detrás gritaban:
¡Viva el hijo de David! Bendito el que vieneen nombre del
Señor. ¡Viva Dios altísimo!
Al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió;
decían: "¿Quién es éste?".
Y la gente respondía: "Éste es Jesús,
el profeta de Nazaret de Galilea".
Lecturas
de la Eucaristía
Lectura del libro del profeta Isaías 50, 4-7
Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber
decir al abatido una palabra de aliento. Cada
mañana me espabila el oído, para que escuche como
los iniciados. El
Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he
rebelado ni me he echado atrás.
Ofrecí
la espalda. a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban
mi barba. No
oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi
Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso
ofrecí el rostro como pedernal, y sé que no quedaré
avergonzado.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 (R.: 2a)
R. Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?
Los que me ven, se burlan de mí,
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:
«Confió en el Señor, que él lo libre;
que lo salve, si lo quiere tanto.»
R.
Me rodea una jauría de perros,
me asalta una banda de malhechores;
taladran mis manos y mis pies.
Yo puedo contar todos mis huesos. R.
Se reparten entre sí mi ropa
y sortean mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme. R.
Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,
te alabaré en medio de la asamblea:
«Alábenlo, los que temen al Señor;
glorifíquenlo, descendientes de Jacob;
témanlo, descendientes de Israel.» R.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.
2, 6-11
Hermanos: Cristo,
a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría
de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó
la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así,
actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse
incluso a la muerte, y una muerte de cruz.
Por
eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el
«Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre
de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra,
en el Abismo-, y toda lengua proclame: « ¡Jesucristo
es Señor!», para gloria de Dios Padre.
Palabra
de Dios
X Pasión de nuestro Señor
Jesucristo según san Mateo 26, 14-27, 66
C.
En aquel tiempo [uno de los doce,
llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. -¿Qué
estáis dispuestos a darme si os lo entrego?
C. Ellos se ajustaron
con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando
ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los ácimos se acercaron los discípulos
a Jesús y le preguntaron:
S. -¿Dónde
quieres que te preparemos la cena de Pascua?
C.
El contestó:
+. -Id a casa de
Fulano y decidle: «El Maestro dice: mi momento está
cerca; deseo celebrar la Pascua en tu ''casa con mis discípulos.»
C. Los discípulos
cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los doce. Mientras comían
dijo:
+. -Os aseguro que
uno de vosotros me va a entregar.
C. Ellos, consternados,
se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. -¿Soy
yo acaso, Señor?
C. El respondió:
+.
-El que ha mojado en la misma fuente que
yo, ése me va a entregar. El Hijo del Hombre se va como
está escrito de él; pero, ¡ay del que va a
entregar al Hijo del Hombre!, más le valdría no
haber nacido.
C. Entonces preguntó
Judas, el que lo iba a entregar:
S. -¿Soy
yo acaso, Maestro?
C. El respondió:
+. -Así es.
C. Durante la cena,
Jesús cogió pan, pronunció la bendición,
lo partió y lo dio a los discípulos diciendo:
+. -Tomad, comed:
esto es mi cuerpo.
C. Y cogiendo un
cáliz pronunció la acción de gracias y se
lo pasó diciendo:
+. -Bebed todos;
porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza derramada
por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que
no beberé más del fruto de la vid hasta el día
que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.
C. Cantaron el salmo
y salieron para el monte de los Olivos. Entonces Jesús
les dijo:
+. -Esta noche vais
a caer todos por mi causa, porque está escrito: «Heriré
al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño.»
Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.
C. Pedro replicó:
S. -Aunque todos
caigan por tu causa, yo jamás caeré.
C. Jesús
le dijo:
+. -Te aseguro que
esta noche, antes que el gallo cante tres veces, me negarás.
C. Pedro le replicó:
S. -Aunque tenga
que morir contigo, no te negaré.
C. Y lo mismo decían
los demás discípulos.
Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní,
y les dijo:
+. -Sentaos aquí,
mientras voy allá a orar.
C. Y llevándose
a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse
y a angustiarse.
Entonces dijo:
+. -Me muero de
tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.
C. Y adelantándose
un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+.
-Padre mío, si es posible que pase y se aleje de mí
ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que
tú quieres.
C.
Y se acercó a los discípulos y los encontró
dormidos.
Dijo a Pedro:
+.
-¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad
y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu
es decidido, pero la carne es débil.
C.
De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+. -Padre mío,
si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase
tu voluntad.
C. Y viniendo otra
vez, los encontró dormidos, porque estaban muertos de sueño.
Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las
mismas palabras.
Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
+. -Ya podéis
dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo
del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos,
vamos! Ya está cerca el que me entrega.
C. Todavía
estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los doce,
acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos,
mandado por los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo. El
traidor les había dado esta contraseña:
S. -Al que yo bese,
ése es: detenedlo.
C. Después
se acercó a Jesús y le dijo:
S. -¡Salve,
Maestro!
C. Y lo besó.
Pero Jesús le contestó:
+. -Amigo, ¿a
qué vienes?
C. Entonces se acercaron
a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que
estaban con él agarró la espada, la desenvainó
y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+. -Envaina la espada:
quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú
que no puedo acudir a mi Padre? El me mandaría en seguida
más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no
se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que
pasar.
C. Entonces dijo
Jesús a la gente:
+. -¿Habéis
salido a prenderme con espadas y palos como a un bandido? A diario
me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me
detuvisteis.
C. Todo esto ocurrió
para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel
momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás,
el sumo sacerdote, donde se habían reunido los letrados
y los senadores. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio
del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los
criados para ver en qué paraba aquello.
Los sumos sacerdotes y el consejo en pleno buscaban un falso testimonio
contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban,
a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían.
Finalmente, comparecieron dos que declararon:
S. -Este ha dicho:
«Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres
días.»
C. El sumo sacerdote
se puso en pie y le dijo:
S. -¿No
tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos
que levantan contra ti?
C. Pero Jesús
callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. -Te conjuro por
Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios.
C. Jesús
le respondió:
+. -Tú lo
has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis
que el Hijo del Hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso
y que viene sobre las nubes del cielo.
C. Entonces el
sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
S. -Ha blasfemado.
¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis
de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?
C. Y ellos contestaron:
S. -Es reo de muerte.
C. Entonces le escupieron
a la cara y lo abofetearon; otros; lo golpearon diciendo:
S. -Haz de profeta,
Mesías; dinos quién te ha pegado.
C. Pedro estaba
sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le
dijo:
S. -También
tú andabas con Jesús el Galileo.
C. El lo negó
delante de todos diciendo:
S. -No sé
qué quieres decir.
C. Y al salir al
portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. -Este andaba
con Jesús el Nazareno.
C. Otra vez negó
él con juramento:
S. -No conozco a
ese hombre.
C. Poco después
se acercaron los que estaban allí y dijeron:
S. -Seguro; tú
también eres de ellos, se te nota en el acento.
C. Entonces él
se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. -No conozco a
ese hombre.
C. Y en seguida
cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras
de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás
tres veces.» Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los senadores
del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús.
Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
Entonces el traidor sintió remordimiento y devolvió
las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y senadores
diciendo:
S. -He pecado, he
entregado a la muerte a un inocente.
C. Pero ellos dijeron:
S. -¿A nosotros
qué? ¡Allá tú!
C. Él, arrojando
las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó.
Los sacerdotes, recogiendo las monedas dijeron:
S. -No es licitó
echarlas en el arca de las ofrendas porque son precio de sangre.
C. Y, después
de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para
cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía
«Campo de Sangre». Así se cumplió lo
escrito por Jeremías el profeta: «Y tomaron las treinta
monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según
la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del
Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.»]
Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le
preguntó:
S. -¿Eres
tú el rey de los judíos?
C. Jesús
respondió:
+. -Tú lo
dices.
C. Y mientras lo
acusaban los sumos sacerdotes y los senadores no contestaba nada.
Entonces Pilato le preguntó:
S. -¿No oyes
cuántos cargos presentan contra ti?
C. Como no contestaba
a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado.
Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el
que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso,
llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. -¿A quién
queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús,
a quien llaman el Mesías?
C. Pues sabía
que se lo habían entregado por envidia. Y mientras estaba
sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. -No te metas
con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando
con él.
C. Pero los sumos
sacerdotes y los senadores convencieron a la gente que pidieran
el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. -¿A cuál
de los dos queréis que os suelte?
C. -Ellos dijeron:
S. -A Barrabás.
C. Pilato les preguntó:
S. -¿Y qué
hago con Jesús, llamado el Mesías?
C. Contestaron todos:
S. -Que lo crucifiquen.
C. Pilato insistió:
S. -Pues, ¿qué
mal ha hecho?
C. Pero ellos gritaban
más fuerte:
S. -¡Que lo
crucifiquen!
C. Al ver Pilato
que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando
un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia
del pueblo, diciendo:
S. -Soy inocente
de esta sangre. ¡Allá vosotros!
C. Y el pueblo entero
contestó:
S. -¡Su sangre
caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!
C. Entonces les
soltó a Barrabás; y a Jesús, después
de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio
y reunieron alrededor de él a toda la compañía:
lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y,
trenzando una. corona de espinas se la ciñeron a la cabeza
y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando
ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
S. -¡Salve,
rey de los judíosl
C. -Luego lo escupían,
le quitaban la caña y, le golpeaban con ella la cabeza.
Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa
y lo llevaron a crucificar.
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón,
y lo forzaron a que llevara la cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir
«La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con
hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después
de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes,
y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron
un letrero con la acusación: ÉSTE ES JESÚS,
EL REY DE LOS JUDÍOS. Crucificaron con él a dos
bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Los que pasaban; lo injuriaban y decían meneando la cabeza:
S. -Tú que,
destruías el templo y lo reconstruías en tres días,
sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.
C. -Los sumos sacerdotes
con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo:
S. -A otros ha salvado
y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel?
Que baje ahora de la cruz y le creeremos. ¿No ha confiado
en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No
decía que era Hijo de Dios?
C. -Hasta los que
estaban crucificados con él lo insultaban.
Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas
sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús
gritó:
+. -Elí,
Elí, lamá sabaktaní.
C. (Es decir:
+. -Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado?).
C. Al oírlo
algunos de los que estaban por allí dijeron:
S. -A Elías
llama éste.
C. Uno de ellos
fue corriendo; en seguida cogió una esponja empapada en
vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.
Los demás decían:
S. -Déjalo,
a ver si viene Elías a salvarlo.
C. Jesús
dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo;
la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron
y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron.
Después que él resucitó salieron de las tumbas,
entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús,
al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados:
S. -Realmente éste
era Hijo de Dios.
[C.
Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos,
aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea
para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María,
la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos.
Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado
José, que era también discípulo de Jesús.
Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús.
Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando
el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana
limpia; lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado
en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro
y se marchó.
María Magdalena y la otra María se quedaron allí
sentadas enfrente del sepulcro.
A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación,
acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato
y le dijeron:
S. -Señor,
nos hemos acordado que aquel impostor estando en vida anunció:
«A los tres días resucitaré.» Por eso
da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día,
no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y
digan al pueblo: «Ha resucitado de entre los muertos.»
La última impostura sería peor que la primera.
Pilato contestó:
S. -Ahí tenéis
la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.
C. Ellos fueron,
sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del
sepulcro.]
Palabra del Señor.
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| HOMILÍA:
"DOMINGO
DE RAMOS" |
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Hoy
la Iglesia entera conmemora el Domingo de Ramos, que constituye
la puerta de la semana santa. La entrada triunfal de Jesús
en Jerusalén marca, en cierto sentido, el fin de lo que
Jerusalén representaba para el antiguo testamento, y señala
el principio de la plena realización de la nueva Jerusalén.
Desde este momento Jesucristo insistirá sobre la destrucción
de la Jerusalén terrenal, hablará de su juicio,
de la que ha de ser la Jerusalén futura. De ella nacerá
la Iglesia, ciudad espiritual que se extenderá por todo
el mundo cual signo universal de la redención futura.
A lo largo de la historia de la Iglesia, la celebración
de este domingo tuvo connotaciones diferentes. Desde el Siglo
V y hasta el siglo X, en Roma, tuvo como tema central a la Pasión
del Señor. En Jerusalén en cambio se celebraba el
Domingo de Ramos, recordando la entrada triunfal de Jesús,
y dando preponderancia a la procesión con la bendición
de los ramos.
Actualmente ya no existen dos celebraciones separadas. Es verdad
que existen la procesión y la misa pero son dos elementos
de un todo. De hecho, ni la procesión tiene un final, ni
la misa tiene un principio, pues la procesión desemboca
en la misa, y esta no tiene un rito de entrada distintivo de la
procesión. Se han integrado así dos tradiciones:
la de Jerusalén y la de Roma
Por eso, la celebración de este domingo comienza con el
rito de la bendición de los ramos. Sigue la lectura del
Evangelio que relata la entrada de Cristo en la Ciudad Santa,
y termina con la procesión o la entrada solemne. Se ha
simplificado la bendición de los ramos, y se ha dado mucho
más realce a la procesión, poniendo de manifiesto
que no se trata tanto del simbolismo de las palmas, cuanto de
rendir homenaje a Cristo, Mesías - Rey, imitando a quienes
lo aclamaron como Redentor de la humanidad.
La procesión tiene como meta la celebración de la
Eucaristía, ya que en ella se reactualiza el sacrificio
de Cristo. La entrada de Cristo en Jerusalén tenía
la finalidad de consumar su misterio Pascual. La liturgia de la
misa insiste en los aspectos de la Pasión y de la Pascua.
Durante la procesión de este domingo, llevamos en las manos
olivos como signo de paz y esperanza, porque en el seguimiento
de Cristo, pasando nuestra propia pasión y muerte, viviremos
la resurrección definitiva de Dios.
Después llevamos a nuestras casas los ramos bendecidos,
como signo de la bendición de Dios, de su protección
y ayuda. Según nuestra costumbre, se colocan sobre un crucifijo
o junto a un cuadro religioso, y este olivo es un sacramental.,
es decir, nos recuerda algo sagrado.
Pero este domingo de ramos, muchas veces está demasiado
marcado con el folklore del ramo bendito que se lleva como talismán
contra toda clase de desgracias. El olivo queda entonces mucho
más emparentado con la herradura o la cola de conejo que
con el misterio de la salvación.
Por eso se da el contrasentido de que quien tiene algo más
importante que hacer, encarga a quien va a la Iglesia que le traiga
un ramo para protección de la casa. O de aquel que porque
está apurado, después de la procesión, regresa
antes de que termina la misa.
Es más o menos como se uno le pidiese prestado el anillo
de casamiento a alguien que es feliz en su matrimonio, pensando
que con eso superará las dificultades que tiene en el suyo.
El ramo que hoy llevamos a nuestras casas es el signo exterior
de que hemos optado por seguir a Jesús en el camino hacia
el Padre. La presencia de los ramos en nuestros hogares es un
recordatorio de que hemos vitoreado a Jesús, nuestro Rey,
y le hemos seguido hasta la cruz, de modo que seamos consecuentes
con nuestra fe y sigamos y aclamemos al Salvador durante toda
nuestra vida.
Jesús sale una mañana de Betania. Allí, desde
la tarde anterior se habían congregado muchos discípulos
suyos. llegados en peregrinación desde Galilea para celebrar
la pascua. Otros eran habitantes de Jerusalén, convencidos
por el reciente milagro de la resurrección de Lázaro,
que recordamos el Domingo anterior. Acompañado de esta
numerosa comitiva, a la que se van sumando otros por el camino,
Jesús toma una vez más el camino de Jericó
a Jerusalén.
Las circunstancias se presentaban propicias para un gran recibimiento,
pues era costumbre que las gentes saliesen al encuentro de los
más importantes grupos de peregrinos para entrar en la
ciudad entre cantos y manifestaciones de alegría. Jesús
no presenta ninguna oposición a los preparativos de esta
entrada jubilosa. El mismo elige la cabalgadura: un sencillo asno
que manda traer de una aldea cercana.
El cortejo se organizó en seguida. Algunos extendieron
su manto sobre el animal y le ayudaron a Jesús a subir
encima. Otros, adelantándose, tendían sus mantos
en el suelo para que el borrico pasase sobre ellos. Y al acercarse
a la ciudad, toda la multitud llena de alegría comenzó
a alabar a Dios por todos los milagros que habían visto:
Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el
Cielo y gloria en las alturas!
Jesús hace su entrada en Jerusalén como Mesías
en un borrico, como había sido profetizado muchos siglos
antes. Y los cantos de la gente son claramente mesiánicos.
Esta gente llana, y sobretodo los fariseos, conocían bien
estas profecías, y se manifiesta llena de júbilo.
Jesús admite el homenaje, y a los fariseos que intentan
apagar aquellas manifestaciones de fe y de alegría, el
Señor les dice: Les digo que si estos callan, gritarán
las piedras.
Con todo, el triunfo de Jesús es un triunfo sencillo. Se
contenta con un pobre animal por trono.
Nosotros conocemos ahora que aquella entrada triunfal fue, para
muchos, muy efímera. Los ramos verdes de marchitaron pronto.
El hosanna entusiasta se transformó, cinco días
más tarde, en un grito enfurecido: ¡Crucifícale,
crucifícale! Que diferentes son los ramos verdes y la cruz.
Las flores y las espinas. A quien antes le tendían por
alfombra sus propios vestidos, a los pocos días lo desnudan
y se los reparten en suertes.
La entrada triunfal de Jesús en Jerusalén nos pide
a cada uno de nosotros coherencia y perseverancia. Ahondar en
nuestra fidelidad para que nuestros propósitos no sean
luces que brillan momentáneamente y pronto se apagan.
Comencemos la Semana Santa con un nuevo ardor y dispongámonos
a ponernos al servicio de Jesús. Tratemos de mantenernos
con coherencia entre la fe y la vida.
Que nuestro grito de júbilo de hoy, no se convierta en
el ¨crucifíquenlo¨ del Viernes.
Que nuestro ramos, que son brotes nuevos de propósitos
santos, no se marchiten en la manos y se conviertan en ramas secas..
Caminemos hacia la Pascua con Amor
Por eso esta semana , vivamos la Semana Santa.
Vivir la semana Santa es acompañar a Jesús desde
la entrada a Jerusalén hasta la resurrección.
Vivir la semana Santa es descubrir qué pecados hay en mi
vida y buscar el perdón generoso de Dios en el Sacramento
de la Reconciliación.
Vivir la Semana Santa es afirmar que Cristo está presente
en la eucaristía y recibirlo en la comunión.
Vivir la Semana Santa es aceptar decididamente que Jesús
está presente también en cada ser humano que convive
y se cruza con nosotros.
Vivir la Semana Santa es proponerse seguir junto a Jesús
todos los días del año, practicando la oración,
los sacramentos, la caridad.
Semana Santa, es la gran oportunidad para detenernos un poco.
Para pensar en serio. Para preguntarse en qué se está
gastando nuestra vida. Para darle un rumbo nuevo al trabajo y
a la vida de cada día. Para abrirle el corazón a
Dios, que sigue esperando. Para abrirle el corazón a los
hermanos, especialmente a los más necesitados.
Semana Santa, es la gran oportunidad para morir con Cristo y resucitar
con Cristo, para morir a nuestro egoísmo y resucitar al
amor.
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Nexo
entre las lecturas
En
este domingo se tiene la procesión simple o solemne que
conmemora el ingreso de Jesús en Jerusalén. El evangelio
que se proclama al inicio de la procesión pone de relieve
que Jesús es el “Hijo de David”, importante
título mesiánico, y subraya que éste es un
Rey humilde, justo y victorioso que restaurará la ciudad
de Jerusalén. El clima de la procesión es festivo
y es una anticipación profética del triunfo definitivo
de Cristo sobre el pecado y la muerte en su misterio pascual.
Las
lecturas de la Misa, en cambio, nos exponen las condiciones que
serán necesarias para que Cristo alcance este triunfo.
La primera lectura nos presenta al Siervo doliente con sus sufrimientos
y su admirable disponibilidad ante el sacrificio (1L). El himno
cristológico de la carta a los Filipenses hace hincapié
en la humildad y en la obediencia filial, hasta la muerte en Cruz,
de Jesús (2L). Finalmente el relato de la pasión
según san Mateo muestra a un Cristo lleno de majestad que
reina, pero que ha sido rechazado por el pueblo y sus dirigentes
y es conducido a la muerte. Sin embargo, a pesar de ser rechazado,
Él es la piedra angular sobre la que se levanta el edificio
de la Iglesia naciente (EV). Obediencia filial hasta la muerte
por amor es aquello que unifica y sobresale en la liturgia de
este día.
Mensaje doctrinal
1.
La procesión. La cuaresma ha sido un camino de conversión
que la Iglesia ha realizado con Cristo-cabeza en su ascensión
hacia la ciudad de Jerusalén. Ahora llega el momento de
hacer el ingreso solemne en la ciudad santa. Cristo mismo está
presente en la procesión por medio de la cruz que precede
el caminar de los fieles; está presente en el evangelio
que se proclama al inicio mismo de la procesión; está
presente, finalmente, en quien preside la liturgia procesional.
Esta procesión es un símbolo hermoso de cómo
Cristo camina con cada uno de los hombres en su peregrinar hacia
la patria definitiva. La promesa bíblica encuentra también
aquí un hermoso significado: “Yo estaré con
vosotros”.
Al
mismo tiempo, la procesión de los fieles se dirige hacia
Cristo que se inmolará en el altar. La proclamación
de la pasión según san Mateo nos hará ver
el camino de afrentas que Jesús tuvo que soportar por amor
de nosotros, hombres pecadores. La mirada de los fieles, por lo
tanto, se dirige con amor a Cristo, amigo de nuestras almas, cordero
inmolado que ha dado su vida en rescate nuestro. San Bernardo
comenta que en la procesión se representa la gloria celeste,
mientras que en la Misa se hace claro cuál es el camino
para llegar a ella. Si en la procesión vemos con claridad
la meta hacia la que debemos llegar, es decir, la patria del cielo,
la pasión nos hace ver el camino y las condiciones que
son necesarias: la persecución, la obediencia humilde,
la pasión dolorosa. El ideal sería descubrir ambas
realidades: patria celesta y camino para llegar a ella, en su
dimensión cristológica. Cristo que camina con nosotros,
Cristo que camina delante de nosotros abriéndonos la puerta
de los cielos, Cristo que camina y sufre y padece en nosotros
que somos su cuerpo.
2.
La fe en Cristo en la pasión de San Mateo. En Mateo descubrimos
una perspectiva cristológica. Jesús afirma claramente
ante el Sumo Sacerdote que Él es el Mesías, el Señor
y que en él se cumplen las promesas del Reino y se instaura
una nueva alianza. (26,64) Él se muestra dueño de
su acciones y se ofrece libremente al sacrificio por amor. En
Getsemaní podría llamar una legión de ángeles
(26, 53), pero no lo hace, va libremente a cumplir la voluntad
del Padre. La corona de espinas, el manto de púrpura, el
bastón puesto en su mano pondrán de relieve, paradójicamente,
su majestad y realeza. En su pasión Cristo es rey y reina.
A través de sus sufrimientos es Rey y salva a los hombres.
¡Cristo Rey nuestro!
Sólo
Mateo presenta los eventos de la pasión en términos
escatológicos: el temblor de tierra, la obscuridad, los
sepulcros abiertos... La cortina del templo se rasga simbolizando
que los sacrificios de la antigua alianza han sido superados por
un sacrificio excelente y que ha sido constituida la nueva alianza
entre Dios y los hombres por la sangre de Cristo. Esa cruz que
está en el centro de la historia es al mismo tiempo el
fin de la historia.
Sugerencias pastorales
1.
La vida humana es un camino en el que descubrimos el valor de
la cruz. El ingreso festivo de Jesús en Jerusalén
sugiere a nuestra reflexión muchos momentos de la existencia
humana. Momentos de alegría, de plenitud, de amistad sincera,
de realización personal. Momentos en los que se experimenta
más vivamente el amor de Dios, la cercanía y cariño
de los seres queridos, la belleza de la vida. Sin embargo, en
este caminar de la existencia humana advertimos también
momentos de tristeza, de pérdida, de dolor, de fracaso.
Una enfermedad, la muerte de un ser querido, una pena moral, una
incomprensión...
Todo
ello nos indica que nuestra patria definitiva no se encuentra
aquí, sino que esta vida, que es en sí misma bella
y digna de ser vivida, no es sino el inicio de una vida que ya
no conocerá el dolor. Todo esto nos recuerda que somos
peregrinos hacia la posesión eterna de Dios y que debemos
siempre seguir caminando sin rendirnos ante el cansancio, la fatiga,
las penas o los pecados de esta vida. Caminar siempre, avanzar
siempre para alcanzar la felicidad eterna que, de algún
modo, ha ya iniciado en esta tierra por la fe en Cristo Jesús.
No rendirnos ante el tedio de la vida, sino asumir con paz que
el camino de la felicidad pasa por la cruz; pero no por cualquier
cruz, sino aquella que se vive por Cristo, con Cristo y en Cristo.
Se trata de saber descubrir en nuestra vida los “ingresos
festivos” en Jerusalén para ensanchar nuestro corazón
y caminar por las vías del Señor. Pero al mismo
tiempo, disponer el alma para vivir la cruz de cada día,
los dolores domésticos, las penas cotidianas con amor,
con serenidad, unidos a Cristo.
2.
La educación de la infancia. Una segunda reflexión
se sugiere al ver a los “niños hebreos” que
agitan los ramos al paso de Jesús. Se trata de considerar
la importancia de educar en la fe y en los valores cristianos
a nuestra niñez. Quizá las generaciones jóvenes
están hoy más expuestas que en otras épocas,
al influjo negativo de los medios de comunicación. Vivimos
en una cultura de la imagen que imprime sellos indelebles en el
alma de los pequeños: imágenes de violencia, de
injusticias, de lucha entre los hombres, de terror... van dejando
sin duda una huella.
Cada
cristiano debe sentirse responsable ante esta situación,
debe sentir el anhelo de imprimir en el corazón de los
que vienen detrás, no sólo imágenes positivas
que les ayuden a vivir y esperar, sino también contenidos
de fe, de esperanza de amor que los sostengan cuando lleguen a
la edad madura. Esta tarea es responsabilidad principalísima
de los padres de familia, que forman su hogar como una iglesia
doméstica donde se aprende la fe. Cada niño es como
un tesoro que pertenece a Dios y que el mismo Dios ha puesto bajo
el cuidado y protección de sus padres. Sin embargo, se
trata de una responsabilidad en la que participan también
todos los que intervienen en el proceso educativo: los profesores,
los catequistas, los párrocos...
Dediquemos,
como lo hacía el Cura de Ars, una parte no indiferente
de nuestro tiempo a la catequesis infantil porque ésos,
que hoy son los niños que agitan los ramos de olivo en
el atrio de nuestras iglesias, serán los que mañana
predicarán el evangelio, formarán comunidades cristianas,
entregarán su vida en consagración a Dios, educarán
hijos y transmitirán la fe y los valores. Arte de las artes
es educar un niño. Eduquemos a los niños como lo
hacía Jesús: dirijámoslos por las sendas
de la virtud, por el amor a la verdad superando toda mentira,
por el camino del desprendimiento personal para que sepan darse
a los demás.
Un
peligro no pequeño de nuestra sociedad es un excesivo individualismo
y egocentrismo que recluye a la persona en sí y le impide
ser feliz y realizarse en la vida. Aprendamos a valorar los recursos
infantiles: ellos, los pequeños, constituyen un ejército
de apóstoles por su sencillez, por su amistad íntima
y espontánea con Jesús, por su capacidad de lanzarse
a grandes empresas sin temor. Los mayores también tenemos
que aprender grandes cosas de esos pequeños que agitan
traviesos sus ramos en medio de nuestras parroquias y son la preocupación,
pero también la felicidad, de sus padres.
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