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Lectura del libro del Exodo 17, 3-7
El pueblo, torturado por la sed, protestó contra Moisés diciendo:
«¿Para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Sólo para hacernos morir
de sed, junto con nuestros hijos y nuestro ganado?»
Moisés pidió auxilio al Señor, diciendo: «¿Cómo
tengo que comportarme con este pueblo, si falta poco para que
me maten a pedradas?»
El Señor respondió a Moisés: «Pasa delante del pueblo,
acompañado de algunos ancianos de Israel, y lleva en tu mano el
bastón con que golpeaste las aguas del Nilo. Ve, porque yo estaré
delante de ti, allá sobre la roca, en Horeb. Tú golpearás la roca,
y de ella brotará agua para que beba el pueblo.»
Así lo hizo Moisés, a la vista de los ancianos de
Israel.
Aquel lugar recibió el nombre de Masá -que significa «Provocación»-
y de Meribá -que significa «Querella»- a causa de la acusación
de los israelitas, y porque ellos provocaron al Señor, diciendo:
«¿El Señor está realmente entre nosotros, o no?»
Palabra de Dios.
SALMO Sal
94, 1-2. 6-7d-9 (R.: 7d-8a)
R. Ojalá hoy escuchen la
voz del Señor:
«No endurezcan su corazón.»
íVengan, cantemos con júbilo al Señor,
aclamemos a la Roca que nos salva!
íLleguemos hasta él dándole gracias,
aclamemos con música al Señor! R.
íEntren, inclinémonos para adorarlo!
íDoblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros, el pueblo que él apacienta,
las ovejas conducidas por su mano. R.
Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón como en Meribá,
como en el día de Masá, en el desierto,
cuando sus padres me tentaron y provocaron,
aunque habían visto mis obras.» R.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 5,
1-2. 5-8
Hermanos:
Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con
Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la
que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza
de la gloria de Dios.
Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de
Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo,
que nos ha sido dado.
En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el
tiempo señalado, murió por los pecadores.
Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un
hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor.
Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió
por nosotros cuando todavía éramos pecadores.
Palabra de Dios.
X
Lectura del santo Evangelio según san Juan 4, 5-15. 19b-26.
39a. 40-42
Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las
tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra
el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado
junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo:
«Dame de beber.»
Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: «íCómo! ¿Tú, que eres judío,
me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Los judíos, en efecto,
no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién
es el que te dice: "Dame de beber", tú misma se lo hubieras
pedido, y él te habría dado agua viva.»
«Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua
y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso
más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo,
donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?»
Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá
nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca
más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá
en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna.»
«Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para
que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla.»
«Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta
montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar.»
Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora
en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre.
Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos,
porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca,
y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al
Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores
que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben
hacerlo en espíritu y en verdad.»
La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado
Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo.»
Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo.»
Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído
en él. Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le
rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días.
Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la
mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos
lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del
mundo.»
Palabra del Señor.
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En el tercer domingo del Tiempo de Cuaresma,
las lecturas de la misa de hoy nos hablan de la vida divina que
la Dios dona a los que creen en El. Esta vida está representada
por el agua viva, que es Jesucristo.
El tema del agua, elemento imprescindible para
la vida y símbolo del bautismo, recorre toda la liturgia
En la primera lectura, Dios hace brotar agua
de la roca para que beba el pueblo sediento en el desierto. A
partir de allí, el Señor es llamado en el Antiguo Testamento Roca,
como lo vemos en el Salmo que dice: Vengan, cantemos con júbilo
al Señor. Aclamemos la Roca que nos salva!.
El agua viva que en los cristianos bautizados
se convierte en un manantial que brota hasta la vida eterna, es
Jesucristo, don gratuito del amor de Dios. Este amor gratuito
nos lo recuerda San Pablo en la segunda lectura “el amor de Dios
se va derramando en nuestros corazones”.
El Evangelio nos presenta la escena del encuentro
del Señor con la samaritana. Los judíos odiaban a los samaritanos.
Por otra parte, en ese tiempo era muy mal visto entablar conversación
con una mujer en un lugar público. Jesús, sin embargo, supera
los prejuicios de raza y las conveniencias sociales y empieza
a conversar con la samaritana. En la persona de esta mujer el
Señor acoge a la gente común de Palestina. Es verdad que no era
judía, sino samaritana, es decir, que era de una provincia diferente,
con una religión rival de la de los judíos. Pero tanto samaritanos
como judíos creían en las promesas de Dios y esperaban un Salvador.
Cuando se entabla el dialogo con el Señor, la
primera inquietud que muestra la samaritana es la de calmar su
sed. Los antepasados del pueblo judío andaban errantes con sus
rebaños de una fuente a otra. Los más famosos (como Jacob) habían
cavado pozos, en torno a los cuales el desierto empezaba a revivir.
Así somos los hombres: buscamos por todas partes
algo para calmar la sed y estamos condenados a no encontrar más
que aguas dormidas o estanques agrietados, como lo dice el libro
del Génesis. Jesús, en cambio, trae el agua viva, que es el don
de Dios, a sus hijos e hijas y que significa el Espíritu Santo
(7,37).
Cuando hay agua en el desierto, aunque no aflore
en la superficie, se nota por la vegetación más tupida. Lo mismo
pasa con nosotros: nuestros actos se hacen mejores, nuestras decisiones
más libres, nuestros pensamientos más ordenados hacia lo esencial.
Pero no se ve el agua viva de la que proceden estos frutos; ésa
es la vida eterna contra la cual la muerte no puede nada.
La
mujer samaritana tenía una segunda inquietud: conocer ¿Dónde
está la verdad? Jesús le dice: Has tenido cinco maridos... En
esto expresa el destino común de la gran mayoría de la humanidad,
que ha vivido sirviendo a muchos dueños o maridos y, finalmente,
no tienen a quien poder reconocer por su Señor.
Visto desde un ángulo diferente, este encuentro
en el pozo de Jacob es la historia de nuestro propio encuentro
con Jesús; los caminos por los que Jesús lleva a esa mujer a reconocerlo
y a amarlo son los caminos por los que lleva a cabo nuestra conversión
paso a paso. Al final la mujer se hace discípula de Jesús, y por
su propia experiencia se hace también su apóstol (39). El conocimiento
de Jesús es la fuente del apostolado. Evangelizar es compartir
nuestra experiencia con otros.
Vamos a pedir hoy al Señor, en este tiempo de
Cuaresma, que es tiempo de conversión interior, que nos dispongamos
a recibir el Agua Viva que Jesús nos ofrece, como lo hizo con
la samaritana, sin reparar en su vida anterior. Da tu agua viva,
Señor, a todos los sedientos de verdad, para que su sed quede
eternamente saciada.
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1.
El libro del Éxodo nos anuncia el agua viva por contraste.
Rafidim, en plena estepa del Sinaí, es un sequedal donde
no hay ni pizca de agua, y como el agua es elemento de primera
necesidad, es natural que el pueblo de Israel, después
de su liberación de Egipto y devorado por la sed, acuda
a Moisés protestando, como casi siempre, por las carencias
del desierto: "¿Nos has hecho salir de Egipto
para matarnos de sed?" Éxodo 17,3. Los hombres
normalmente queremos ver satisfechas nuestras necesidades en cuanto
aparecen. Aquella necesidad era de “primera”, pero
la confianza en el Señor debe prevalecer sobre ella. Vemos
lo de la tierra como prioritario y único. El Señor
y sus planes quedan lejos, y nos dejamos ganar por la inmediatez.
Basta hacer un recuento de nuestras vicisitudes vitales para que
nos demos cuenta de que a todas ha subvenido el Señor,
no siempre a nuestro gusto, pero siempre ajustado a su línea
programática, que nosotros desconocemos y por eso nos rebelamos,
a menos que estemos superdotados de fe y de espíritu de
sacrificio. Aquellos caminos sinuosos que considerábamos
absurdos e injustos, tenían sentido y, aunque aún
no los sepamos descifrar, no habrán quedado al margen de
la providencia de Dios. Tienen sed los israelitas en el desierto
y es natural. Tienen sed de trascendencia sobrenatural, ellos
y todos los hombres, que sólo Dios puede saciar, porque
El nos ha hecho para El. Preguntaba el pueblo: "Está
o no está con nosotros el Señor?".
Llegó Moisés, y ante la expectación de todo
el pueblo, golpeó la roca, y brotó un chorro grande
de agua. Y San Pablo dice "y la roca era Cristo"
(1 Cor 10,4). El agua de la roca era la respuesta al pueblo que
dudaba desconfiado y POR eso preguntaba por la presencia de Dios
en el desierto con ellos: El chorro generoso de agua era la respuesta
a su interrogación: Sí que está, y sigue
estando y estará Dios con el pueblo, saciando su sed, de
una manera total e integral, individual y social. Jesús
es la fuente de agua viva, que va a ofrecer a la samaritana.
2. "He sido enviado a las ovejas perdidas de la casa
de Israel” (Mt 15,24). Galilea es evangelizada.
Lo es también Judea. ¿Qué pasa con Samaría?
¿No recibirá la Buena Noticia?. Sabemos que una
vez quisieron apedrear a Jesús y a sus discípulos,
por lo que Juan y Santiago pidieron a Jesús que hiciera
bajar fuego del cielo (Lc 9,54). Nos es conocido que por cismáticos,
siendo parte de Israel, odian ferozmente a los judíos.
¿No habrá manera de que puedan recibir el influjo
de la Palabra de Jesús?. Para Galilea y Judea Jesús
ha elegido hombres. Para Samaría va a elegir a una mujer.
Por tanto, Jesús en la samaritana no va a convertir a una
pecadora, va a elegir una evangelizadora. Jesús va de Judea
a Galilea. Pudo haber hecho el viaje por el valle del Jordán,
aunque esta ruta, sobre todo en mayo, era más incómoda
por el calor sofocante y agotador de la orilla del río,
que discurre bajo el nivel del mar. Por eso, como la mayoría
de los que hacían este recorrido, Jesús con su grupo,
se decidió por la montaña, y porque esperaba manifestarse
a una persona, que sería la semilla de la predicación
para toda una comarca, de otro modo inaccesible.
3. Nos conviene, ante la nueva evangelización, observar
el procedimiento de Jesús en el trato con las personas
y en su apertura a la buena noticia. ¿Cómo va a
abordar a esa persona? Jesús está cansado por la
fatiga del camino y se ha sentado junto al pozo de Jacob, no sólo
pozo, sino manantial, en Siquem (Nablus), cerca de la tumba de
José, por donde Abraham hizo su entrada en la tierra prometida,
en la región palestinense de Samaría. Es mediodía
y llega una mujer a sacar agua. Los judíos son enemigos
de los samaritanos. Se detestan brutalmente. Pero Jesús,
no sólo no es enemigo de nadie, sino que está sediento
del amor de todos. “Que soy Dios y no hombre, enemigo
a la puerta”. Jesús abre el diálogo.
Comienza humillándose. ¡Que me pida él a mí!.
Yo me mantego en mi sitio! ¡Que me busquen ellos!. Sin embargo,
pedir algo, es un resorte psicológico para simpatizar con
cualquiera y romper la barrera de la distancia: "Mujer,
dame de beber". Hoy diríamos: “dame
fuego”. La mujer se extraña y lo manifiesta: "¿Como
siendo judío?"... -"Si tú
conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de
beber, le pedirías tu y él te daría agua
viva". La samaritana entiende las palabras en sentido
literal, ¡cómo va a entenderlas!. Jesús, que
es maestro en el arte de subir de lo terreno a lo celestial, ofrece
un agua de otra naturaleza, trascendente. Agua que puede satisfacer
las necesidades más profundas del corazón humano.
4.
"Señor, dame esa agua". Sólo
quien ha experimentado la sed del desierto, como los israelitas
en Rafidim, está capacitado para entender el valor del
agua, que se convierte en el símbolo de lo único
que puede satisfacer profunda y plenamente al hombre. Sólo
quien ha experimentado la sed ardiente de Dios, sabe valorar el
precio del Agua Viva de la gracia.
5.
Un fariseo ni siquiera hubiera dirigido la palabra a una mujer,
ni menos la hubiera estado esperando, ni hubiera recorrido tan
largo camino, hasta cansarse, pues ni los rabinos ni ningún
hombre podía hablar en la calle con una mujer. El escándalo
pues, estaba servido. Como sucede a menudo, en un primer encuentro
después de haber hablado de cosas triviales e intrascendentes,
aflora el problema verdadero. No perdamos de vista que esta mujer
es elegida para evangelizar aquella comarca. Por otra parte, conviene
saber que Cristo no podía acceder a Samaría, como
lo hacía. sin dificultad en las sinagogas de Galilea y
en Judea, y en Jerusalén en el templo. De ahí que
tenga que hacer su catequesis a campo libre, junto a un pozo.
Está en Israel y ha sido enviado a predicar en Israel.
Samaría es una región cismática. Tienen su
templo, rival del de Jerusalén, en el monte Garizim, y
de los libros revelados, sólo aceptan el Pentateuco. ¿Dónde
predicará Cristo? A la intemperie. Se pone de manifiesto
el sentido de adaptación de Jesús para cumplir “la
obra” que le ha encomendado el Padre. ¿Quién
proclamará la buena noticia en Samaría? Los judíos
son mal recibidos. Se lo encargará a una mujer samaritana
Pero no se puede recibir tal encargo sin haber sido antes curada.
La samaritana tiene un problema personal, que le preocupa poco,
dado el ambiente social sincretista del país en el que
vive. Por eso Jesús le va a ofrecer la vida, sin que ella
ni se arrepienta, ni él le ofrezca el perdón, como
hará con la adúltera. En Judea se tiene una conciencia
más estricta que en Samaría. Sobre todo los que
la acusaban y acosaban. ¡Cuántas mujeres viven aquí
tan campantes en situación semejante o peor que la samaritana!
"Bien dices: no tengo marido; porque cinco tuviste,
y el que ahora tienes no es tu marido". El sexto
marido no es obstáculo para que Jesús le ofrezca
la vida y ella pueda recibir esa agua. Jesús le va a dar
el agua de su revelación de Mesías, aún sin
romper con ese marido. ¿Acaso le preguntó a Simón
Pedro, o a Andrés o a los otros apóstoles por su
vida privada? La va a evangelizar y la dejará con su responsabilidad
y su conciencia, al igual que al recaudador y a Zaqueo. La buena
noticia es por sí misma vivificante y exigente. Anunciada
por Cristo, debió de ser irresistible, atrayente, positiva,
luminosa y deslumbrante, con sabor a Dios y a felicidad. La felicidad
que ella andaba buscando inútilmente. Entonces, ¿por
qué Jesús le desvela su situación personal?
Para darle a la mujer una prueba de que él no es uno de
tantos, para que acepte el evangelio. De hecho ella decidirá
que es un profeta, porque “me ha dicho todo lo que he hecho”:
"Anda, trae a tu marido". "No tengo marido".
6.
Ni un reproche, ni las preguntas de dónde y de cuándo
y cuántas veces. Nada de hurgar la herida, que es ignorancia
y un poco de rencor o una especie de resentimiento. Se remonta
y en vez de ponderarle el mal que ella ha hecho le habla de la
riqueza que él le quiere dar. Basta que la desee. El que
ha visto a Dios, o sabe ver y decir a qué sabe Dios, no
necesita magnificar el pecado, que es contraproducente e indica
falta de sensibilidad y delicadeza. ¡Bastante humillado
está ya el pecador! Así obra Jesús también
con la adúltera, con Zaqueo, con Leví el publicano
y con el hijo pródigo. Su padre no le pregunta: ¿De
dónde vienes? ¿Dónde has gastado el dinero?
Jesús mira al pecador para que se entregue. "Mirar
Dios es amar" (San Juan de la Cruz). Lo otro es mirarse a
sí. A Dios no le duele el mal que le hacemos al pecar,
sino el que nos hacemos nosotros por ignorancia: "Perdónalos,
no saben lo que hacen". Nos quiere felices y ve
que nos hacemos desgraciados cuando nos alejamos.
7.
Ella intenta escabullirse con preguntas curiosas que desvíen
la conversación, echa balones fuera. Es igual, ya está
cazada. Y, como ha hecho oración: "dame esa
agua", aunque ha sido de manera interesada, "para
no tener que venir aquí a sacarla", Jesús
que ha dicho: "Pedid y recibiréis",
se la da, y se revela, por primera vez, como Mesías: "Yo
soy el Mesías: el que habla contigo". La
samaritana al contacto con Jesús, ha ido descubriendo gradualmente
primero a un judío, después a un señor. Si
se le notaba la clase de lejos y al instante, ¿qué
sería de cerca y oyéndole hablar, y, sobre todo
una mujer, que tienen una intuición singular?. Reconoce
también en él a un profeta. Por fin, al Mesías.
Y los samaritanos, han terminado conociendo: "al
Salvador del mundo" Juan 4,5. Es la única
vez que en el Evangelio se le llama así.
8.
Cuando se tiene un conflicto interior, queda bloqueada la Palabra.
La samaritana comienza a entender. Los cinco maridos que ha tenido
no han llenado su sed de infinito. Cada uno de ellos comenzó
gustándole y terminó encontrándole fallos
y aburriéndole, hastiándole. Ahora vive con el sexto.
¿Cuánto le durará? Durante la decadencia
del Imperio romano, había llegado la corrupción
a tal extremo, que las matronas no contaban los años por
los cónsules, sino por sus maridos sucesivos. En nuestra
sociedad los divorcios han dejado de ser mal vistos. ¿Están
satisfechos? El epicureísmo de antes de Cristo, el hedonismo,
el materialismo, domina entre gran parte de nuestros conciudadanos.
Comenzamos a zapear en la televisión y en todas las cadenas
nos sirven lo mismo, pues por lo visto hay demanda, porque la
publicidad mide el índice de audiencia. Como si los 2000
años de cristianismo se hubieran esfumado.
9.
"Señor, veo que tú eres un profeta".
El profeta ha desnudado su vida. Ella se siente desnuda, como
Eva en el paraíso, experimenta su debilidad, se siente
criatura. Comienza a darse cuenta de sus pecados. Ante Jesús
ya no valen las caretas. Todos andamos por el mundo disfrazados
e infelices por dentro. Ante Dios no valen ni palabras, ni excusas,
ni disimulos. Sólo cuenta la verdad ante él y la
humildad y la confianza en su misericordia. La confesión
nos humilla y por eso la dejamos, y cada día somos más
infelices, aunque tengamos todos los cargos, honores y prestigio
que hayamos buscado o cultivado. Los ataques a la Religión
y concretamente al cristianismo, son como una protesta interior
de no querer ver en espejo nuestra pobreza, miseria y debilidad.
Y, como niños, rompemos el espejo. Si conociéramos
el Don de Dios y quién es el que nos está pidiendo
de beber y ofreciéndonos agua viva, caeríamos en
sus brazos como pequeños desamparados y pobres.
9.
A nosotros, y a todos, como a la samaritana, Cristo nos dice que
el que bebe de esa agua vuelve a tener sed. ¿Qué
remedio, pues? "El que beba del agua que yo le daré,
nunca más tendrá sed: porque esa agua se le convertirá
dentro de él en un manantial que salta dando una vida sin
término". La mujer, evangelizada por Jesús,
comienza a pedir: "Señor, dame de esa agua
para que no tenga que venir a sacarla de aquí".
Quiere traducir las palabras de Jesús en eficacia material.
Como pidieron los judíos cuando multiplicó los panes:
"Danos siempre de este pan".
10.
Cuando se escucha la palabra pensando en su utilidad, no se aprecia
el don de la Palabra y sus exigencias, sino que se vive para poder
hablar o para conseguir salir airosos en nuestro cometido; se
intenta hacer que todo converja en el éxito apostólico
y ascético, pastoral y personal: se cifra el objetivo en
adquirir claridad de ideas, que nos broten intuiciones nuevas,
ideas originales para sí y para los demás, pero
afecta poco o nada nuestra vida, no se obra nuestra conversión,
que es el objetivo principal a estas alturas de la Cuaresma.
11.
"Dame de esa agua". A Santa Teresa
le encantaba esta oración y tenía pintada en su
celda la escena de la samaritana. Para ella esa agua viva era
la contemplación infusa, el don de Dios, todos los bienes
mesiánicos, la paz, la alegría, la plenitud.
12.
Pero conviene no polarizar el mensaje de esta lectura en el personaje
de la Samaritana, tan insinuante y atractiva, en perjuicio de
otras dimensiones de la perícopa. Pretende toda ella valorizar
el Don de Dios, simbolizado en el agua, que es Cristo, su amistad,
su seguimiento, nuestra divinización y plenitud. Es la
perla preciosa el tesoro escondido en el campo (Mt 13,44). El
que lo encuentra se hace rico. Es lo mejor que le puede pasar.
El testimonio de la mujer samaritana fue convincente. Hablaba
de su propia vida y contagiaba la sed que el Maestro le había
puesto en el corazón. La había sembrado Cristo,
y la cosecharán después los discípulos, cuando
ya resucitado y subido al cielo, tengan que venir, anunciada a
Jerusalén la cosecha por el diácono Felipe, Pedro
y Juan (He 8,14) para imponerles las manos y confirmarlos. “Vosotros
recogéis lo que otros han sembrado”. “Uno es
el que siembra y otro el que recoge”. La seguridad de la
cosecha es estímulo para seguir sembrando, aunque no la
veamos, ni la cosechemos nosotros. El encuentro vivo con Cristo,
como el de la samaritana, es el que hace al cristiano convincente
y persuasivo, y ese encuentro sólo lo conseguiremos en
la oración. Sin oración, los sembradores siembran
granos vacíos, sin germen de vida, consiguientemente estériles.
“Qué piensas tú que es predicar? ¿Estar
hablando una hora de Dios? No. Que venga a ti un demonio y salga
hecho un ángel”, escribió San Juan de Ávila.
13.
Hagamos nuestro acto de fe como los samaritanos, y prometamos
con el salmo, que enlaza la primera con la tercera lectura: "Escucharemos
tu voz, Señor. Demos vítores a la Roca que nos salva;
démosle gracias al son de instrumentos. Que somos su pueblo
y el rebaño que él guía. No endurezcamos
el corazón, como nuestros padres en Masá y Meribá"
Salmo 94. Ablandemos el corazón roto por la contrición,
rechazando las tentaciones actuales de nuestro actual desierto,
contra la actitud de nuestros padres en el suyo, donde rechazaron
a Dios y rompieron su Alianza, para recibir con fruto la sagrada
eucaristía, Agua Viva, Sacramento Nupcial de la Nueva Alianza
en la Sangre de Cristo, Viviente y gloriosa.
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