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Lectura
del libro de Isaías 11, 1-10
Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé,
y de su raíz florecerá un vástago. Sobre
él se posará el espíritu del Señor:
espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu
de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor
del Señor. Le inspirará el temor del Señor.
No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo
de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con
rectitud a los desamparados. Herirá al violento con la
vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La
justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad,
cinturón de sus caderas. Habitará el lobo con el
cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo
y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño
los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías
se tumbarán juntas; el león comerá paja con
el buey. El niño jugará con la hura del áspid,
la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente.
No harán daño ni estrago por todo mi monte santo:
porque está lleno el país de ciencia del Señor,
como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz
de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos:
la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.
SALMO
Sal 71
R.:
Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente.
Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R.:
Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra. R.:
El librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres. R.:
Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol:
que él sea la bendición de todos los pueblos
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. R.:
Lectura de la carta del apóstol
san Pablo a los romanos 15, 4-9
Hermanos: Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza
nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que
dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Que Dios, fuente
de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre
vosotros, según Jesucristo, para que unánimes, a
una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo. En una palabra, acogeos mutuamente como Cristo os
acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo
se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad
de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas; y, por
otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su
misericordia. Así dice la Escritura: «Te alabaré
en medio de los gentiles, cantaré a tu nombre».
+ Lectura del santo Evangelio según
san Mateo 3, 1-12
Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto
de Judea predicando: «Convertíos, porque está
cerca el Reino de los cielos». Este es el que anunció
el profeta Isaías diciendo: «Una voz grita en el
desierto: “preparad el camino del Señor, allanad
sus senderos”». Juan llevaba un vestido de piel de
camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba
de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda
la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán;
confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los
bautizara, les dijo: «¡Camada de víboras!,
¿quién os ha enseñado a escapar del castigo
inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os
hagáis ilusiones pensando “Abrahán es nuestro
padre”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de
Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los
árboles, y el árbol que no da buen fruto será
talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis;
pero el que viene detrás de mí puede más
que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. El os bautizará
con Espíritu Santo y fuego. El tiene el bieldo en la mano:
aventará su parva, reunirá su trigo en el granero
y quemará la paja en una hoguera que no se apaga».
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DAR
LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU. ¿QUÉ FRUTOS? NECESITAMOS
BUENOS GUÍAS. HOY TENEMOS A ISAÍAS Y A SAN PABLO.
EL EVANGELIO NOS OFRECE A SAN JUAN BAUTISTA. TIEMPO DE PALABRA
MAS ABUNDANTE.
1. Se puede comenzar la homilía de este segundo domingo
de Adviento con las primeras palabras de la carta de San Pablo
a los Romanos de la segunda lectura porque son muy importantes:
"Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza
nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que
dan las Escrituras, mantengamos la esperanza". La realidad
es que necesitamos más Escritura, quiero decir, consumir
más Palabra de Dios, penetrarla más, contemplarla
más, orarla más. Esa es la razón de mi intento
de sacar el jugo mayor posible a todos los textos litúrgicos
del día. Son todos revelados y valen, por lo tanto, muchísimo
más que todos los comentarios ajenos a los mismos, con
que queramos envolverlos. Y relacionarlos entre sí, porque
unos a otros se explican y se va descubriendo mejor a través
de ellos, el pensamiento de Dios. Dicen que San Juan de la Cruz,
siempre estaba con la Biblia en las manos, y se la sabía
de memoria. Los españoles de este siglo, también
de los tres anteriores, pero me refiero más a éste
en el que inmediatamente nos hemos formado, hemos padecido una
carencia de Escritura muy grande. Era la consecuencia aún,
de la Reforma Protestante, pero no olvidemos que Lutero fue el
primer traductor de la Biblia a la lengua vulgar, en su caso al
alemán. En España no hemos podido ver este progreso
hasta el año 1945, con la traducción de la Biblia
al castellano, por los padres. Bover-Cantera. Los autores que
lo intentaron hacer anteriormente, como Fray Luís de León,
lo pagaron en la cárcel. Para conseguir en 1940 una biblia
¡en latín!, había que ir o encargarla a Roma.
Es un déficit notable, que todavía arrastramos y
que no se pone el debido interés en saldar. Ordinariamente
se comenta la tercera lectura, la más conocida, por lo
tanto, y se omiten las otras y los demás textos litúrgicos
porque, se dice, los fieles no los comprenden. Nunca los comprenderán,
si alguna vez no se comienza con seriedad a iniciarles en ellos.
Si Lutero hubiera sido más humilde y el papa más
comprensivo, ¡qué servicio habría prestado
a la Iglesia su clarividencia sobre el valor de la Escritura!.
Y esto lo comparto con el Cardenal Mercier, quien dijo, que si
Lutero y Calvino se hubieran enfrentado a un papa como Pío
X, no habrían arrancado a la Iglesia un tercio de Europa.
Dejando la Escritura, o profundizando poco en ella, no sólo
no se conoce a Cristo, como dijo San Jerónimo, sino que
perdemos su consuelo, motor de la esperanza, que es lo que hoy
afirma San Pablo.
2. El Adviento nos invita a reflexionar más intensamente
en el misterio de Cristo, misterio siempre nuevo que el tiempo
no puede agotar. Cristo es el alfa y la omega, el principio y
el fin. Con Él, la historia de la humanidad avanza como
una peregrinación hacia el cumplimiento del Reino, que
él mismo inauguró con su encarnación y su
victoria sobre el pecado y la muerte. Por eso el Adviento es sinónimo
de esperanza: no es la espera vana de un dios sin rostro, sino
la confianza concreta y cierta del regreso de Aquél que
ya nos ha visitado, del «Esposo» que con su sangre
ha sellado con la humanidad pacto de eterna alianza. Es una esperanza
que estimula la vigilancia, virtud característica de este
tiempo litúrgico. Vigilancia en la oración, alentada
por una expectativa amorosa; y en el dinamismo de la caridad,
consciente de que el Reino de Dios se acerca allí donde
los hombres aprenden a vivir como hermanos.
3. En
Adviento, hemos de mantener vigilante el espíritu para
recibir mejor el mensaje de la Palabra de Dios. Nos decía
el domingo anterior el profeta Isaías, el oráculo
pronunciado en un momento de crisis en la historia de Israel:
«Al final de los tiempos -dice el Señor- el monte
de la Casa del Señor será asentado en la cima de
los montes y se alzará por encima de las colinas. Confluirán
a él todas las naciones... Forjarán de sus espadas
arados, y de sus lanzas podaderas. No levantará espada
nación contra nación, ni se ejercitarán más
en la guerra» (Isaías 2, 1). Estas palabras de paz
nos son muy necesarias a la humanidad entera y, especialmente
al Próximo Oriente, tan sometido al dolor. Ayer
hemos celebrado la solemnidad de la Inmaculada Concepción
de María, la Virgen vigilante y Madre de la esperanza.
Que ella nos guíe en este camino, ayudando a cada hombre
y cada nación a dirigir la mirada hacia «el monte
del Señor», imagen del triunfo definitivo de Cristo
y de la venida de su Reino de paz.
4.
Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando:
"Convertíos, porque está cerca el Reino de
los Cielos" Mateo 3,1. "Metanóiete", significa:
reflexionad, cambiad de opinión, arrepentíos, cambiad
de vida. ¿En qué dirección hay que cambiar?
Cuando
hemos viajado por una carretera desconocida nos hemos fijado muy
bien en las direcciones; hemos remirado los mapas, pero no ha
sido suficiente. Cuando nos hemos visto desorientados, hemos detenido
la marcha y hemos preguntado a una persona. Y entonces,
aquel chófer, o viandante, nos ha orientado. Eso es lo
que hace la Palabra: orientarnos. Pero, no pocas veces entendemos
mal la Palabra. O, acostumbrados ya a la rutina, sufrimos el espejismo
de creer que vemos agua, cuando es asfalto abrasado; o nos parecen
lagos inmensos, lo que son arenas del desierto, caldeadas por
el sol ardiente. El calor de las pasiones nos produce espejismo,
y creemos realidad, lo que es producto del aire caliente de la
pasión. Creemos estar en la verdad, pero no es verdad.
Aportamos razones, aunque con tantas razones no tengamos razón.
Creemos que siempre tenemos razón. "De buenas razones
nos libre Dios" ha escrito Santa Teresa. El terrorista sufre
espejismo. Y el tirano, también. Y el dictador, a quien
nadie controla. Y el jefe o superior con ideas fijas o apasionadas,
carente de consejeros leales, independientes y justos, desprendidos
de ambiciones y fama, buscadores del bien común y no de
su propia imagen porque no quiso rodearse de consultores sabios,
sin ansias de comercialismo, ni afán de poder o de revanchas.
El jefe que no reconoce en la práctica ningún derecho,
ni siquiera el de ser tratados con discreción y respeto
de los derechos humanos, a los subordinados. Cuando hay exámenes,
oposiciones, concursos, por lo menos se mantiene el espíritu
alerta para estudiar y prepararse, y excluir los procedimientos
endogámicos para facilitar la justicia y la excelencia.
Es cierto que siempre se pueden adulterar estos mecanismos humanos,
¡que somos hombres, y no ángeles, todos!; pero, al
menos, esos medios representan un estímulo y un control.
Si se está a merced de una sola voluntad y lo único
que se busca son hombres prácticos, y no hombres sabios;
funcionarios sin iniciativa, más que hombres de carácter,
con capacidad, creatividad y clarividencia demostradas, el hundimiento
de las empresas está cantado. Los analistas futuros de
la historia, señalarán las causas de la desertización
y de la pobreza de la formación y la cultura, como siempre,
cuando será tarde. "Los ensayos, con gaseosa",
decía Ortega.
5.
Juan Bautista, para nada quiso presentarse como "vedette":
"¿Eres tú el Mesías?" "No
lo soy". "Es necesario que yo mengüe para que El
crezca". El nazismo, en busca obsesionada del superhombre,
extinguía las razas que creía inferiores. La dictadura
del "yo" camina hacia la degeneración de la raza
condenando al ostracismo a las personalidades superiores, y rodeándose
de las que brillen menos y sean más manejables.
"Es necesario que ellos mengüen para que Yo crezca",
no lo dicen, pero así obran los ególatras. Sabido
es que Hitler, que era más bien bajito, había ordenado
construir en su coche blindado un suplemento de asiento, que pusiera
de relieve su figura. ¡Qué necesario es un guía,
un conductor sabio que nos señale el camino, mejor que
con su indicación de palabra, con el ejemplo de su vida!
Ahí le tenemos. Es un guía creíble, un director
que nos puede. Nos dice con su vida cómo y de qué
hay que arrepentirse, y por qué hay que cambiar de camino:
"Porque está cerca el reino de los cielos". Viene
Jesús, es decir: Volveos a Dios, porque Dios viene buscando
a los hombres. "Este que viene, es el que anunció
Isaías: preparad el camino del Señor, allanad sus
senderos". Preparamos el camino del Señor reconociendo
nuestros pecados, poniéndonos de acuerdo entre nosotros,
acogiéndonos con paciencia y alegría, como Cristo
nos ha acogido.
4.
Pero Isaías 11,1 había dicho mucho más: "Sobre
el vástago del tronco, casi muerto, de Jesé, padre
de David, se posará el Espíritu del Señor,
de ciencia y discernimiento, de consejo y valentía, de
piedad y temor del Señor. No juzgará por apariencias",
que tantas veces engañan, defenderá con justicia
al desamparado. Herirá al violento, al que provoca la guerra,
con el látigo de su Palabra. Su palabra, su predicación
es la que cortará los vicios. A la gente no le gusta que
le digan las verdades. Ya San Pablo le decía a Timoteo,
que buscarán quien les regale los oídos, aceptarán
las fábulas, pero no la verdad (2 Tim 4,4). El que viene
será justo y fiel. Y llenará de paz al pueblo: paz.
Los que estaban en guerra harán en su reino las paces.
Lobos y cabritos, panteras y corderos, novillos y leones, vacas
y osos juntos. Niños que juegan con las serpientes, y meten
las manos en sus madrigueras y no les morderán. Y llenará
el país de la ciencia del Señor, como las aguas
colman el mar". Imaginemos lo que ocurriría si un
dichoso día comenzáramos todos, no ya digo los seis
mil millones de hombres que poblamos la tierra, sino los mil millones
de cristianos bautizados, a vivir en serio el evangelio: la ciencia
del Señor, el amor y la paz serían una avenida gloriosa
en esta tierra desolada y maltrecha.
6.
Pero, ocurre, desgraciadamente lo que un maestro hindú
quiso enseñar a sus discípulos: Un día los
llevó a la orilla de un río. Extrajo de la corriente
una piedra. La partió. Estaba seca por dentro. Y dijo:
Así son los cristianos: sumergidos dos milenios en la corriente
viva del evangelio, tienen el corazón seco. La avaricia
y la tacañería no les dejan absorber el amor de
Cristo. Les impiden su egoísmo y su vanidad practicar la
caridad que predican.
7.
La consecuencia de este reino de paz y de justicia es la armonía
total de toda la creación. Isaías ve este paraíso
nuevo en el tiempo en que reine Jesús, como resultado de
la acción dinámica del Espíritu. Otros sitúan
la felicidad en una sociedad de consumo manejada por el espíritu
contrario al de Dios. Nosotros sabemos que sólo está
en Cristo, Alfa y Omega, Principio y Fin (Ap 1,8).
8.
La gente iba buscando a Juan. Estaban desorientados y buscaban
guía. Hay mucha gente desnortada, pero no encuentran pastor.
¿Funcionarios? Muchos. Pastores, pocos. Y necesitan, tienen
hambre, y le dan piedras, en vez de pan (Lm 4,4). No se satisface
la sed de trascendencia, y proliferan las sectas. Por eso, cuando
encontraron a Juan, le acapararon. Pero fue en el desierto donde
le encontraron. Y allá se fueron. Al desierto. El desierto,
lo necesitamos tanto, es el lugar donde con más facilidad
nos encontramos con Dios. Ahí en el desierto, que debemos
hacer donde podamos, aunque sea breve cada día, sobre todo
en Adviento, es donde, apagadas las voces de fuera, atendemos
a la Voz que nos habla dentro, oímos nuestra conciencia
que, rectamente formada, es la voz de Dios. Ella nos dirá
lo que hemos de rectificar. No dejemos el orgullo fuera del campo
de la conversión. No se ventila una conversión de
cosillas, de distracciones en la oración, o de mentiras
sin hacer daño. No se trata de un cambio de "look",
de imagen sino de un cambio profundo interior: lo que hay que
hacer es una conversión total a Dios, al amor, sostenidos
por la esperanza de la Resurrección, "con nuestra
paciencia y el consuelo que dan las Escrituras".
9.
La gente, como en una celebración penitencial general,
confesaba sus pecados y se bautizaba, incluso fariseos y saduceos,
a quienes Juan les dice: "Raza de víboras, (así
les llamará Jesús después), ¿quién
os ha enseñado a escapar de la ira inminente?" ¿Es
que Dios tiene ira? La ira de Dios tiene por objeto el pecado,
pero el hombre pecador es mirado por Dios con misericordia infinita,
por eso le llama a la conversión. Dios no puede amar el
mal, tiene que odiarlo, porque por su propia naturaleza está
en contradicción con su misma esencia. El pecado es lo
contrario del Amor de Dios. Sin odio, que es la otra cara del
amor, no hay amor verdadero. Dios no podría amar el bien,
si admitiera el pecado. Si Dios fuera permisivo con el pecado,
sería como ignorar el mal, o tomarlo a la ligera, reconociéndole
el derecho a existir.
10.
Si ya nos hemos convertido, demos frutos, obras, de conversión.
No os hagáis ilusiones con que sois hijos de Abraham: "Mirad
que el hacha está puesta en la raíz del árbol.
Porque todo árbol que no produce frutos buenos, será
cortado y echado al fuego".
11.
Juan pide la conversión del pecado grave. Pero no hemos
de quedar tranquilos con esa conversión, si ya la hemos
hecho, por la gracia de Dios. Los que hemos recibido el don de
la revelación, no nos podemos conformar con evitar el pecado
grave. Ya es gran merced de Dios ésta. Santa Teresa considera
que el alma ha llegado con ello a las segundas moradas. Pero estamos
llamados a pasar más adelante. Debemos ganar más
terreno al enemigo. El trabajo rudo del derribo, desescombro y
la brocha gorda son necesarios. Pero la tarea delicada del pincel
fino es más elegante. Se trata de ser educados con Dios,
que, aunque no es "muy delicado" en expresión
teresiana referida a los escrúpulos, sí que es muy
fino con sus criaturas, sus hijos, en quienes tiene sus delicias.
Propio de los hijos agradecidos es recordar los regalos recibidos
en toda la vida, en cada día. Dar gracias por la vida,
por nuestros padres, por la vocación cristiana, por los
sacramentos, por la Iglesia. Podíamos componer una letanía
para rezarla con frecuencia, recordando y gozándonos en
todo lo bueno que hemos recibido y recibiremos. Esta sería
una conversión de pincelillo, pero muy positiva y grata
a Dios, e incluso saludable para la estabilidad psicológica
y emocional.
12.
Dejemos paso a Jesús para que nos bautice con Espíritu
Santo, como le dejó María que, porque ofreció
la tierra limpia para que El viniera, vino a ella y se quedó
en sus entrañas maternales. Esta tierra limpia fue preparada
con fe, virginidad, humildad y sabiduría. "El tiene
la pala en la mano para aventar el trigo. El trigo lo depositará
en el granero del cielo, la paja en una hoguera que no se apaga".
13.
Envíanos tu Espíritu y conviértenos a Ti,
por la Sangre de tu Cruz y el poder de tu Resurrección,
con la intercesión de María, tu Madre y Madre nuestra.
"Para que en tus días florezca la justicia, en nuestras
personas, en nuestras familias, en la sociedad humana entera;
para que la paz abunde eternamente. Para que escuches nuestra
oración, la oración de los afligidos que están
sufriendo porque no tienen padrino ni protector, para que te apiades
de los pobres e indigentes" Salmo 71. Preparémonos
en este Adviento con nuestra conversión al Evangelio y
con el manjar para el camino: la eucaristía.
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Hacía
quinientos años que no surgía un profeta en Israel.
Parecía como si Dios hubiera vuelto a olvidarse de su
pueblo. Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, “la
cercanía del reino de Dios” –que dice Juan-,
vuelve a aparecer el espíritu profético con más
fuerza que nunca: Zacarías, Isabel, Simeón, Ana,
Juan Bautista.
Mensaje
de la persona
Antes que
lo que dice, impresiona la persona que lo dice. Tanto, que los
evangelistas se muestran muy solícitos al hablarnos de
su importancia y grandeza, señalando que Juan no es Jesús,
sino sólo su heraldo.
Juan tiene
autoridad ante el pueblo, tiene escuela, tiene discípulos,
tiene prestigio, todo el mundo le admira. Pero, en ningún
momento perdió los papeles atribuyéndose lo que
correspondía sólo a Jesús. Su rectitud,
su honradez y su humildad son proverbiales. Nunca se predicó
a sí mismo, sino al que venía a anunciar, “al
que está entre vosotros, al que viene detrás de
mí, puede más que yo y no merezco ni llevarle
las sandalias”.
“Por
aquellos días, Juan se presentó en el desierto
de Judea predicando”. Sólo predicando y mostrando
“la Palabra”. Él no es la Palabra, sólo
la voz que señala, que anuncia. Señalará
el camino, porque él no es el camino sino “sólo
el que lo allana y prepara”. Por más prestigio
que tenga, él no es el que ha de venir sino el que lo
muestra, indicando a sus mismos discípulos que le abandonen
para que sigan a Jesús.
Se puede
estar de acuerdo o no con Juan y su mensaje, pero lo que no
se puede es dudar de su autenticidad. Expresamente evita las
ambigüedades y los dobles sentidos para ceñirse
con claridad meridiana a lo que, como profeta, tiene que mostrar.
Y, para sobreabundar en el fondo, da importancia a las formas:
vestido con piel de camello, viviendo en el desierto, alimentado
con saltamontes y miel silvestre. Integridad de vida y mensaje
claro para todos. Esto bastaría para saber nosotros qué
tendríamos que hacer, decir y vivir en adviento. Pero,
hay más.
"Convertíos"
Este es
el mensaje central del Bautista: “Convertíos porque
está cerca el reino de Dios”. Éstas, sus
primeras palabras, son exactamente las palabras de Jesús
al iniciar su misión apostólica. Y esas mismas
palabras serán las que llevan pronunciado los discípulos
de Jesús desde entonces.
Bien es
cierto que en seguida surge la diferencia entre Juan y Jesús.
El mensaje de Juan es de un tono más bien apocalíptico,
insistiendo más en la justicia de Dios, que en forma
de “hacha” “toca ya la base de los árboles
talando y echando al fuego a cuantos no den fruto”; Jesús,
luego, insistirá más en mostrarnos a un Dios que,
sin dejar de ser justo, brilla más por el amor salvador
y siempre perdonador. Surge también la diferencia en
cuanto a la conducta, cuando los fariseos echan en cara a Jesús
que los discípulos de Juan ayunaban pero los suyos no.
Y cuando acusan al mismo Jesús de comedor y bebedor,
en contraste con la forma de alimentarse Juan. Y, más
en profundidad, en la prisa que parece tener Juan en que Dios
aplique su juicio cuando habla de “talar” y “echar
al fuego” a cuantos no den fruto, y la paciencia y la
confianza de Jesús con todos, hasta con la higuera que
tampoco produce frutos.
Pero, tanto
Juan, como Jesús y los discípulos de ambos, coinciden
en la llamada a la conversión: “Convertíos”.
O sea, cambiad de dirección. Y, al hacerlo, volved continuamente
la mirada hacia atrás, no perdáis nunca las raíces,
los orígenes, no olvidéis que, si camináis,
es porque habéis sido liberados y comprados a un alto
precio. Y, al caminar, no lo hagáis mirando al suelo,
sino mirad también hacia delante, hacia vuestro fin.
Y el deseo y la esperanza de lo que buscáis os dará
fuerzas para seguir el camino.
La tentación
está servida. Lo efímero y lo superficial tratan
de imponerse a lo profundo y eterno. Y, sin despreciar aquello,
hoy se nos pide que nos volquemos sobre esto. La clave siempre
será la misma: mirar dónde y en qué ponemos
nuestro tesoro para saber por dónde va nuestro corazón.
El buen fruto de la conversión
Hay frutos
comunes para todos y los hay particulares, porque así
son las relaciones humanas con el Dios cuya venida oteamos y
preparamos. Una palabra sobre uno que, si bien comienza siendo
personal y particular, deseamos y pedimos acabe siendo de todos.
Me refiero al fruto de la justicia y de la paz a tenor del momento
que nos toca vivir.
Para empezar,
la justicia y la paz son bienes, frutos, inseparables. Desconfiad
de quien, insistiendo en uno, olvide el otro. Y, en segundo
lugar, tanto una como la otra hay que buscarlas dentro de nosotros,
de cada uno, para que, luego, puedan tener una proyección
social.
La justicia
y la paz o, lo que es lo mismo, un clima de respeto auténtico,
de búsqueda de la verdad, de libertad, de reconocimiento
de mis derechos y obligaciones y los de los demás, o
nacen dentro de nosotros o no podremos imponerlas por decreto.
Cada vez es más importante crear espacios de reflexión,
de formación de conciencias rectas y, para nosotros,
de hacer posible oír la voz de Dios.
Y, además,
hay que orar, en particular en tiempos como el que litúrgicamente
vivimos. Lo nuestro es importante, sobre todo la base de una
conciencia recta, pero lo de Dios, decisivo. Sin él y
sin su ayuda eficaz poco podremos lograr. Pero, si a la sabiduría
y prudencia humanas, unimos las sobrenaturales, los frutos de
los que hablaba Juan estarán garantizados.
Enlace
a otras 23 HOMILIAS más para este domingo II de Adviento
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