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Hoy he aprendido lo difícil que es entregarse a Dios y que la gente no te tome por un completo chiflado. He comprendido que el que un joven de dieciséis años exprese su idea de servicio a Dios y al resto del mundo resulta algo demencial. Y es que la sociedad en la que vivimos está cegada por el dinero, el consumismo, la facilidad y el amor propio. La gente de la calle está demasiado preocupada por sus vidas para pensar en el sufrimiento de otros. Es raro que alguien se de cuenta de que Cristo está pidiendo a gritos una dosis de amor desmedido (“La medida del amor es amar sin medida” San Agustín) y desinteresado (“Si no vives para servir, no sirves para vivir”San Agustín) y por ello hoy te escribo a ti. Te escribo a ti, un joven como yo, que ha oído el grito del de Nazaret y ha decidido escucharle. Lo único que quiero comunicarte es mi admiración hacia ti, ya que no es fácil construir una vocación y mucho menos cuidarla en los tiempos en que vivimos. Por eso te animo a que proclames a los siete vientos tu deseo por vivir, tus ansias por ayudar a todo el que lo necesite, tu amor por Dios. Te animo a ti también, que callas este sentimiento de servicio y entrega, que no es más que un camino hacia la felicidad personal, colectiva y de Dios; personal ya que la verdadera felicidad se obtiene ayudando en todo lo posible a la gente, colectiva porque tus muestras de amor alegran la vida de los distintos necesitados (o no) que encuentres en el camino de tu vida y de Dios porque cuando te entregas al débil o al que realmente necesita ayuda te estas entregando a Dios hecho hombre. Te invito a que grites
ese deseo y que no te de vergüenza expresarlo, ya que, es lo que
te gustaría hacer y no debes avergonzarte de tus ilusiones y esperanzas. Compruébalo por ti mismo y verás como se llena tu corazón al compartir tu tiempo con aquel que sufre, con aquel que se siente peor que los demás, con aquel que piensa que su vida no tiene sentido, con aquel que, en definitiva, no tuvo la misma suerte que tu simplemente por motivos de la vida que ni tú ni yo conocemos. No intento convencerte
de nada, ni mucho menos quiero que te sientas culpable por algo de lo
que no eres culpable, pero lo que si espero es que admitas que por muy
lejos que hayamos llegado, el ideal siempre esta aún más
lejos y que, por ejemplo, nos mostramos pasivos ante la muerte de un niño
en África ya que ese suceso se ha convertido en algo común
o que el hecho de que haya ancianos que viven en la más triste
soledad sin tener a nadie que le haga compañía. Admitirás
que es algo lamentable ¿verdad? Haz tú lo mismo,
grita junto a Cristo, sé tu mismo y que no te importe lo que piensen
de ti por ello. Te animo a dar a conocer tu deseo de servir a Jesús
(si es que lo tienes) y si no fuera el caso te doy ánimos para
plantearte la búsqueda del Amor incondicional que es el Señor.
Te agradezco que hayas gastado parte de tu tiempo en leer esto y rezo
a Dios por que su mensaje se grave en tu corazón. Sólo me
queda decirte que si necesitas mi ayuda o mi apoyo en tu búsqueda
hacia Dios (como en algún momento la necesitaré yo también)
aquí me tienes. No te desanimes cuando te digan que aún
eres muy joven para pensar en esas cosas, ni hagas caso a la típica
frase de “la vida da muchas vueltas”. Persigue con ilusión
y esfuerzo aquello que desees, y te aseguro que se cumplirán todos
tus deseos. Un fuerte abrazo y que Jesús te proteja y acompañe
en tu caminar, amigo. Santiago Ruiz Galacho |