|
paró en la
estación metropolitana de Bucarest. De uno de los vagones descendió
un niño muy flaco y muy sucio. Iba pidiendo limosna con una bolsa
de plástico en una mano y una naranja en la otra. Un muchacho se
le acercó después de observarle atentamente durante largo
rato. Le miró fijamente y sacó de su mochila dos manzanas.
Después se puso una nariz de payaso y empezó a hacer malabarismos
con las manzanas. El chaval le miraba asombrado: jamás había
visto nada parecido.
-Hola, me llamo Miloud -dijo el improvisado payaso-. ¿Te ha gustado?
-Mucho.
-Podría necesitar un ayudante.
-Yo no sé hacer esas cosas tan difíciles.
-No te preocupes. Te enseñaré.
Acordaron encontrarse al día siguiente en el parque junto a la
estación de ferrocarriles. El niño se fue con una sonrisa
en los labios. Ésa era la misión que Miloud llevaba en su
mente: llevar con sus actuaciones sonrisas y consuelos a las gentes que
sufrían. En diciembre de 1989, Rumanía vivía una
de sus peores crisis y Miloud, en su pequeñez no cesaba de cuestionarse
de qué modo podría librar a sus gentes de tanto sufrimiento.
Constantemente ideaba y trazaba nuevos planes, pero no tenía dinero
ni siquiera hablaba bien el rumano. ¿Qué podía hacer
él? Al ver a ese niño triste y solo, sin nada que llevarse
a la boca, sucio y pobre, se encendió una luz en su corazón.
Al día siguiente, los dos llegaron puntuales al parque de la estación.
Miloud, sin perder tiempo, empezó a enseñar a Marian los
primeros juegos malabares con dos bolas. Y aunque Marian se mostraba torpe
al principio, no tardó en hacer bailar las dos bolas sobre sus
manos.
-Por favor, ¿puedo intentarlo yo también?
Ninguno de los dos se había dado cuenta de que una niña
de once años les observaba con curiosidad.
-Claro, ¿cómo te llamas?
-Lucica.
-Toma, Lucica. Aquí tengo otras dos bolas para ti. Y a ti, Marian,
te voy a dar la tercera ahora que ya sabes manejar dos. Es un poco más
difícil, pero no imposible. Mira: dos bolas van en la mano derecha
y la tercera en la izquierda. La secuencia es: derecha, izquierda, derecha...
1,2, 3... Sí, ya sé que al principio cuesta mucho, porque
las bolas van más deprisa que el cerebro, pero sucede que, de repente,
lo imposible se hace posible. Es cuestión de paciencia y de mucha
práctica. Vamos a ver: inténtalo.
Pero Miloud no se contentaba únicamente con enseñarles a
ser malabaristas. Pretendía hacer de ellos unos hombres y dialogaba
con los muchachos. Muchas tardes se les hacía de noche y Miloud
encendía una hoguera en torno a la cual hablaban. Los niños
contaban sus tristes vidas mientras su profesor les escuchaba. El padre
de Marian bebía mucho y le pegaba continuamente. Un día,
mientras huía de él, se juntó con otros golfillos
para malvivir. Aprendió a sacar dinero de las cabinas de teléfono
y esnifaba para soportar el frío intenso del invierno. Lucica se
fue a vivir con su padre cuando su madre rompió el matrimonio.
Pero éste la pegaba continuamente porque decía que ella
era la causa de que su madre se hubiera ido. Lucica decidió huir
a Bucarest y allí vivía pidiendo limosna, o cantando por
las esquinas, o haciendo recados a los tenderos. Como Lucica y Marian
tenían amigos, los traían junto a Miloud, porque les daba
cariño.
Miloud los entendía
perfectamente porque él mismo había vivido una situación
parecida. De padre argelino y madre francesa, era despreciado por uno
y por otro, pues ambos querían educarlo según sus culturas.
De manera que cuando trataba a su padre según lo que le enseñaba
su madre, éste le pegaba y al contrario. Pero descubrió
que tenía un arma secreta que paliaba muchos golpes tanto de su
padre como de su madre. Le resultaba fácil hacer reír y
con sus habilidades disipaba los malos humores. Los domingos iba al circo
con su madre y allí decidió dedicarse a hacer reír
a la gente. Cuando salió del instituto, con su perfil de guerrero
y una melena hasta los hombros, Miloud trabajó como modelo por
lo que cobraba bastante dinero. Pero aquel mundo no le gustaba y lo abandonó
para ingresar en la escuela parisina de artistas de circo. Pronto comenzó
a actuar por las calles de París. Con su risa hacía olvidar
muchas penas.
Con el tiempo, aquellos jóvenes con Miloud comenzaron a actuar
por las calles de Bucarest y lograban atraer las miradas de las gentes.
Así empezaron a cambiar de vida. Un día captaron la atención
de un médico que trabajaba para la delegación suiza de Terre
des Hommes, organización humanitaria que estaba poniendo en marcha
un centro de acogida. Le pidió a Miloud que le ayudase. Invitaron
a los niños a que se quedasen en el centro, en donde podían
comer y realizar una serie de deportes, distintas actividades educativas
y artísticas, y, cómo no, desarrollar sus actividades circenses.
Con el corazón
limpio y lleno de Dios
Pero la noche seguía siendo cruel para aquellos niños, porque
continuaban vagabundeando por las calles de la ciudad. Era noviembre y
hacía mucho frío. Una de aquellas tardes en que Miloud había
encendido una hoguera en el parque y hablaban, una muchacha de 14 años
que tenía un hijo en un orfanato le preguntó que cuándo
se iba a ir, porque muchos habían intentado lo que él, pero
pronto se marchaban y los volvían a dejar solos frente a la vida.
Miloud le prometió que, de momento, no pensaba irse. Aquella muchacha
le tomó de la mano y le llevó a la boca de una alcantarilla
cercana. -Aquí es donde vivimos -le dijo-, y le invitaron a pasar.
Era la primera vez que le permitieron ver el lugar donde moraban. Miloud
bajó por unas escaleras de mano y entró en una habitación
de hormigón cavernosa, iluminada por unos candelabros que habían
cogido de una iglesia. El suelo estaba cubierto con viejos harapos que
recogían de las basuras y usaban como colchones y mantas. Aquella
noche Miloud aceptó la invitación, aunque no pudo dormir
por los malos olores que allí se respiraban.
En el centro, el número de alumnos aumentó a más
de 30. Mejoraban conforme iban pasando los meses y fueron invitados a
participar en Bucarest en el Día Internacional del Niño,
en 1994.
La actuación gustó mucho y empezaron a llover ofertas para
actuar. Miloud dividió a los muchachos en tres tropas, al frente
de las cuales puso a Lucica y a Marian. El éxito fue completo.
¡Cuánto habían cambiado aquellos chiquillos! Lucica
era tan rápida y ágil que podía combinar tres compañeros
que le lanzaban mazas y pelotas a toda velocidad y devolvérselas
sin fallar una sola vez. Todavía mejor: sabía qué
cara poner para hacer que el público llorase de risa con ella.
Lo mismo le pasaba a Marian: se había convertido en un acróbata.
Como los muchachos funcionaban bien, Miloud empezó a llamar a las
puertas de sus amigos, de empresas, de la comunidad diplomática.
Él y los niños actuaban en la calle y pasaban la gorra.
Afloraron las contribuciones.
En febrero de 1996, Miloud organizó su propia fundación
para los niños de la calle de Bucarest. La llamó Parada.
Cogía a los niños desahuciados, los inscribía en
colegios y en cursos de formación profesional, según su
valía, y alquiló cinco apartamentos para algunos de ellos.
Los que ganaban dinero con sus espectáculos contribuían
con sus ayudas. Parada formó un equipo de 13 administradores y
educadores. La embajada francesa, entusiasmada con la labor de Miloud,
hizo un donativo equivalente a 3,3 millones de pesetas, con lo que Miloud
compró un camión que recorría la ciudad cuatro noches
por semana, proporcionando sopa a los moradores de las calles y tratamiento
médico a más de 60 niños por noche.
A la vez, Miloud y sus payasos pusieron en marcha un espectáculo
dos veces por semana en beneficio de los niños que estaban ingresados
en los hospitales de la ciudad. También se personaban en orfanatos
y asilos.
Hoy siguen trabajando con un presupuesto anual de 9 millones de pesetas,
un tercio de los cuales procede de los espectáculos que realizan
por las calles. La fundación Miloud Oukili ha ayudado a 600 niños
de la calle de Bucarest. De éstos, 120 han sido formados en las
artes circenses y se ha encontrado trabajo a 50. Muchos han vuelto con
sus familias.
Hoy Marian es uno de los instructores circenses de la Fundación.
Lucica va a ingresar en la universidad; quiere hacerse trabajadora social
para ocuparse de los niños de la calle de África. Mia, aquella
niña que enseñó a Miloud su dormitorio en una alcantarilla,
sueña con un apartamento donde poder educar a su hijo querido que
acaba de cumplir siete años. Y Miloud sigue al pie del cañón,
sacando a los niños de sus miserias, divirtiéndoles con
sus ocurrencias y llenando su corazón de multitud de obras buenas.
Dice que no se cansa de hacer el bien, que la receta para ser bueno es
tener el corazón limpio y lleno de Dios. Eso es lo único
que hace feliz a los hombres. Y ayuda mucho a hacer reír.
P.
Javier Andrés Ferrer, MCR
|